Capítulo 9: La charla

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Paulo y Osvaldo volvían de la charla con Robert, completamente en silencio. La charla no había sido buena y Paulo temía que si la cosa seguía así de tensa, habría más enfrentamientos y tiros que nunca.

-Tendré que tomar otras medidas con respecto a Martinez -habló Osvaldo al fin.

-Tranquilo, señor -lo calmó -Todo va a estar bien. Solo tenemos que aprender a manejar un poco más la situación.

-No puedes prohibirle a Lautaro ver a Viqui...

-No tenía pensado hacer eso. Ellos dos son libres de hacer lo que quieran y si necesitan apoyo...no estarán solos. Pero me preocupa lo que Martinez pueda llegar a hacer.

-Robert lo va a entender tarde o temprano, hijo.

-Eso espero -susurró el castaño.

Cabalgaron hasta detenerse frente a la casa grande. Osvaldo se bajó con cuidado y se giró a verlo.

-Quiero que hoy cenes con nosotros -le dijo.

Paulo frunció el ceño. Seguro que se estaba refiriendo a él y a la pareja.

- ¿Le parece, señor? -inquirió.

-Si...quizás te lleves una gran sorpresa.

-Está bien -asintió.

Osvaldo entró a la casa. Paulo soltó un lento suspiro y miró hacia el cielo. La noche estaba completamente despejada. Aquel manto de estrellas era un espectáculo. ¿Cuántas veces se había tirado a intentar contarlas? Miles... ¿Lo había conseguido? Nunca. Infinito el universo sobre su cabeza, lo llenaba de una cierta alegría.Jamás llegaba a conocerse del todo.

No puedo evitar pensar en la nota que había encontrado casualmente en el pequeño valle. Sonrió levemente y cerró los ojos para recordarla. Jamás había conocido otra niña con una sonrisa tan bonita como la de ella. Jamás le había gustado, siendo un niño, tomar de la mano tanto a una niña como a ella. Y de repente aquel día en el que ella se marchó entró a su cabeza. Aquel sentimiento que lo había invadido jamás volvió a sentirlo. Y recordó sus lágrimas, recordó el dolor en su mirada chocolate...ella no quería irse.

Entonces, ¿Por qué no volvió? Un año después de su partida él la había estado esperando...pero jamás llegó. Tampoco le escribió como lo había prometido, tampoco lo llamó. Quizás ella si se olvidó de él. Sonrió con amargura, era completamente ilógico que él todavía pensara en ella...lo más ilógico era que todo el día había estado así. Jamás se le había ocurrido preguntarle a Osvaldo que había sido de la vida de Oriana Sabatini. Lo poco que sabía era gracias a su madre y tampoco era demasiado. En los últimos años ella ni se le había asomado por la cabeza, pero al parecer hoy estaba completamente incrustada en su mente.

Se bajó del caballo y se quitó el sombrero. Se secó el sudor de la frente y se observó a sí mismo. Estaba hecho un desastre. Tendría que ir a arreglarse si se jefe quería que cenara con él esta noche y tendría que fijarse que ropa adecuada para una cena iba a ponerse. Lo único que él solía utilizar eran camisas que terminaron como musculosa, vaqueros buenos para cabalgar y sus siempre cómodos borcegos. Tal vez iba ir así vestido a cenar...no iba a hacerse mucho problema. Entró a la cocina sobresaltando un poco a su madre. Está se giró a verlo rápidamente con la mano sobre el pecho.

-Me asustaste -le dijo exaltada.

-Lo siento -sonrió él -No fue mi intención.

Ella respiró con más tranquilidad y se acercó a él.

- ¿Cómo les fue con Martinez? -quiso saber.

Paulo dejó el sombrero sobre la mesa y se sentó en una de las sillas.

-No muy bien -se lamentó -Está demasiado cabreado con Lautaro y Viqui no ayuda mucho escapándose a cada rato.

-Pobre niña, Paulo -dijo ella -Hay que entenderla. A nadie le gustaría estar presa en su propia casa. Creo que Martinez necesita unas buenas clases de actualidad.

-Yo también lo creo, má -dijo divertido - ¿Cómo está Lauti?

-Bien -sonrió ella -Gracias a dios solo fue un simple raspón...ahora está durmiendo.

-Ese chiquillo un día va a darnos un gran susto -aseguró y se rascó la nuca.

Pero entonces percibió algo...la cadenita no estaba allí. Apresurado se puso de pie y se alejó la musculosa del pecho para cerciorarse. Y si, no estaba. Maldijo por lo bajo.

- ¿Qué pasó? -preguntó Alicia.

-Tengo...tengo que ir a guardar a los caballos -dijo lo primero que se le vino a la mente.

No podía decirle a su madre que había perdido de nuevo la cadenita.

-¿No vas a cenar? -inquirió.

Él caminó hacia la puerta y la miró.

-El señor Osvalado me invitó a cenar con él...así que voy a guardar los caballos, vengo a ducharme y ceno con él -le dijo.

Paulo abrió la puerta.

-Hijo, espera...-él, de nuevo, pareció no escucharla - ¡La hija del señor Sabatini está aquí, en el campo! -gritó para ver si él regresaba.

Pero no, no volvió...Había algo que no quería que Paulo se enterara de que ella estaba de nuevo allí. Era la segunda vez que quiso decírselo, pero siempre pasaba algo...Se encogió de hombros y volvió a prestarle atención a la cena. Tal vez era mejor que se encontraran ellos mismos...Paulo caminaba a paso rápido sin saber bien a donde. No sabía bien en dónde comenzar a buscar su cadenita. Hoy había estado en todos lados. ¿Y si se le había caído en el pequeño valle? ¿Y si se le había caído en la casa de los Martinez? Mierda, si la encontraba iba a pegársela al cuello para que no se le cayera nunca más. Entonces se dirigió hacia las caballerizas...tal vez tenía suerte y la encontraba allí. Dios quiera que sí.

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