Capítulo 17: Sentimientos que reviven

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- ¿Cómo está tu brazo? -le preguntó luego de unos segundos.

Lautaro frunció el ceño. Paulo estaba raro...muy raro.

-Mejor -se limitó a contestar -Oye... no es que sea extraño en ti, ni nada por el estilo. Pero ¿Por qué estás sonriendo como imbécil?

Paulo giró la cabeza para observarlo y entonces comenzó a reír. Lautaro arqueó una ceja.

-No lo sé -siguió riendo -Dime, tú ¿Por qué tienes esa cara de idiota?

El castaño se tensó. ¿Tanto se le notaba? Pero no podía agarrar y decirla a Paulo que Viqui había ido a verlo y que casi la besa. Sería como estar a punto de cavar su propia tumba. Ya que el azulino le había dejado claro que no quería que ellos se vieran hasta que las cosas estuvieran arregladas con los Martinez.

-No...nada, nada -miró al techo tratando de pensar en otra cosa para cambiar de tema y que Paulo no lo descubriera y de repente sonrió -Ya sé por qué estas así.

-Ah, ¿sí? ¿Por qué? -inquirió el castaño.

-Porque vino la hija del jefe -sonrió con picardía.

Paulo lo miró algo sorprendido. No esperaba que Lautaro dijera eso

-La chica de la foto que tenías escondida...

-Claro que no -aseguró.

-Oh, vamos, primo, ambos sabemos que sí.

-Que no, idiota.

-Paulo está enamorado, Paulo está enamorado -comenzó a cantar.

Paulo tomó una almohada y se la arrojó, golpeándolo en la cabeza. Lautaro carcajeó y se apretó el brazo fingiendo que le había pegado allí.

-Pareces un niño, Lautaro -lo retó - ¿Qué va a pensar Viqui?

Lautaro sonrió con soberbia.

-Ella me ama de cualquier forma.

-Sí, sí, seguro -ironizó Paulo.

Se quedaron en silencio. Paulo miró fijo al techo y una tonta sonrisa se curvó en su rostro. ¿Por qué se sentía tan idiota? Todavía tenía en sus oídos el retumbe de su risa. No había cambiado nada...era igual de contagiosa que siempre y se sentía extraño por lo que había pasado en la caballeriza. Si el amigo de ella no hubiese entrado, quizás él hubiese hecho una estupidez. ¿Sería solo un amigo? Había algo muy raro en ese amigo. Más bien daba la vista de ser una...amiga. Sacudió la cabeza y se levantó.

- ¿Quieres que le diga a mamá que te traiga algo para desayunar? -le preguntó.

-Mmm -pensó él mientras se tapaba hasta el cuello -Puede que quiera unos waffles con mucha miel, un tazón de cereales, un poco de jugo de naranja y... ¡Tocino! Sí que quiero eso. También sería muy agradable un par de tostadas con mantequilla y un café con leche, con mucha canela...

- ¿Y si mejor te traigo el refrigerador completo? -le preguntó Paulo con sarcasmo.

-Disculpe usted, señor Campo comedor de carne compulsivo. Pero necesito reponer fuerzas comiendo cosas saludables.

-El tocino no es saludable -dijo Paulo.

-Claro que lo es. Sino mírate...te la pasas comiendo porquerías y eres el hombre por las que todas las muchachas del pueblo suspiran -hizo ojitos.

Paulo no pudo evitar reír.

-Eres un idiota.

-Ya, vete...tráeme el desayuno.

Paulo salió de allí y se dirigió a la cocina. Se detuvo al escuchar una voz allí.

- ¿Por qué me hablas así? -preguntó ella.

Paulo se asomó un poco y la divisó hablando desde un celular. Frunció el ceño

-Ya te dije por qué acepté acompañar a papá...era importante para él que yo viniera

Paulo se acercó un poco más para escuchar mejor

-No me interesa nada de lo que hay en este campo, maldita sea

Sintió una presión en medio del pecho al escuchar aquellas palabras

- ¡Tú no quisiste acompañarme!

Ella comenzó a llorar

- ¡Tuve que pedirle a Agus que lo hiciera! ¡Tú nunca estás disponible!

No le gustaba verla llorar, jamás le había gustado

- ¿Por qué me haces estás cosas, Francisco?

Se tomó la frente con una mano mientras apretaba los labios

- ¿Sabes qué? Haz lo que quieras. ¿Quieres dejarme? Hazlo. ¿Quieres engañarme? Hazlo. ¿Quieres...irte al demonio? Hazlo. Al final Agus siempre tiene la razón...no vales la pena

Aquel infeliz que la estaba haciendo derramar lágrimas debía ser su pareja. Eso lo llenó de una extraña angustia

- ¡No, no me pidas perdón ahora, idiota! Siempre haces lo mismo...Aaargh, no quiero seguir hablando contigo.

Cortó y se sentó en una de las sillas con la cabeza gacha. Paulo quiso entrar allí y acercarse a ella para abrazarla. Cuando eran niños siempre era él el que la consolaba y cuidaba de todo lo que pudiera hacerle mal. Tal vez ahora también podía hacerlo. Iba a entrar pero alguien se le adelantó. Agus ingresó a la cocina y se arrodilló frente a ella. Oriana lo abrazó por el cuello rápidamente y se echó a llorar con más fuerza. Paulo sonrió con amargura.

Él ya no era su mejor amigo. Ya no era el que secaba sus lágrimas, ni el que la hacía reír para hacerla sentir mejor. Alguien más ya había ocupado ese puesto y al parecer no era el único puesto que le habían usurpado. Su corazón también estaba ocupado por otro. Soltó un suspiro. Aquello no tendría que importarle. Pero... ¡diablos! le importaba. Sacudió la cabeza y salió de allí antes de que alguno de los dos lo viera. Era hora de entender que las cosas habían cambiado. Él ya no tenía 13, ella ya no tenía 12 y sus corazones estaban en distintos caminos.

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