Todos asintieron. Pero Oriana y Paulo se quedaron parados en sus lugares, mientras que el resto ingresaba a la casa. La castaña le sonrió levemente, él también lo hizo. Parecían dos tontos.
— ¿Qué pasó con White? —preguntó ella luego de unos segundos.
— ¿Quieres ir a ver? —dijo él.
—Si —asintió emocionada.
—Bien, vamos.
Se acercó a ella y tomó su mano para conducirla hasta su caballo. Se subió el primero y luego la subió delante de él. Oriana se puso algo nerviosa. Estaban demasiado cerca el uno del otro. Su corazón comenzó a palpitar con más fuerza. Paulo tenía aún el pelo húmedo por su tonto juego en las caballerizas, pero su ropa estaba seca. Oriana se percató de que él se tensaba. ¿Sería por el mismo motivo que ella? Sin importar cuanto quisiera mirarlo a la cara, mantuvo la vista al frente. Paulo comenzó a andar. El suave viento de la noche les golpeó el rostro y no se dijeron nada en todo el camino, era como si no pudieran hablarse. El galope del caballo comenzó a disminuir.Oriana vio que entraban como a un viejo establo. Paulo giró a la derecha y se detuvo. La bajó a ella y luego se bajó él.
— ¿En dónde estamos? —preguntó ella.
—Ya verás —dijo él.
La volvió a tomar de la mano. Un tonto cosquilleó se formó en el estómago de ella. Era tan lindo que él la tomara de la mano como cuando eran niños. Era para darle SEGURIDAD. Caminaron entre la oscuridad hasta detenerse en la nada. Oriana frunció el ceño y de repente Paulo la soltó. Sintió miedo.
— ¿Paulo? —lo llamó.
—Espérame un segundo que voy a buscar un poco de luz.
Ella solo asintió, aunque sabía que él no podía verla. Los segundos comenzaron a pasar lentamente para Oriana. Ella podía escuchar perfectamente a Paulo buscando algo, pero estaba nerviosa. Quería que él volviera a tomar su mano. Entonces una luz se prendió. Ella entrecerró un poco los ojos, para poder mirar bien y allí estaba su caballo blanco, parado al lado de una yegua de color negro.
— ¿White? —lo llamó.
El caballo la miró y relinchó un poquito. Paulo volvió a acercarse a ella y se puso a su lado, mirando a la linda pareja frente a ellos.
—Espera a ver lo que hay entre ellos —le dijo por lo bajo.
Ella frunció un poco el ceño y de repente algo pequeño y blanco salió debajo de la yegua. Los ojos de Oriana se abrieron bien a causa de la sorpresa.
—Me muero —musitó anonadada.
—Sí, eres abuela —dijo Paulo sonriendo.
El pequeño potrillo caminó unos pasos torpes hacia ellos, pero luego volvió hacia atrás. Oriana lo miró realmente enternecida. Era la cosa más bonita que ella había visto en su vida. Tenía hasta los ojos claros de White, pero la diferencia la hacía la mancha color negro en su ojo derecho.
—Es tan hermoso —dijo ella emocionada.
—Si —murmuró Paulo—Cómo tú...
Oriana siguió con la mirada fija en el potrillo, pero había escuchado perfectamente esas palabras. Aunque estaba segura de que él no había querido decirlas en voz alta, ya que apenas las había susurrado. Lo miró de reojo, él miraba fijamente al frente y ella pudo distinguir un pequeño sonrojo en su rostro. Se aguantó las ganas de reír.
— ¿Cómo se llama? —preguntó para cambiar de tema.
Paulo se acomodó la garganta.
—No lo sé...no le puse ningún nombre ¿Cómo quieres llamarlo? —le dijo.
—No soy buena para los nombres. Le puse White a mi caballo blanco, es un poco obvio que es blanco, ¿verdad?
Paulo rio por lo bajo y la miró. Sus miradas conectaron y sus rostros de diversión desaparecieron, para pasar a rostros de concentración. Más bien a rostros de tontos. Lo único que haría que dejaran de mirarse así sería que Agus o alguien los viniera a buscar, interrumpir o lo que fuera. Paulo quiso que eso pasara. Porque por alguna estúpida razón quería acercarse más a ella, juntar sus frentes y luego sus labios.
—Que se llame Apolo —dijo Paulo precipitadamente.
Tenía que pensar en otra cosa.
—Si, estoy muy de acuerdo —asintió ella, también tenía que pensar en otra cosa que no fuera agarrar y besarlo.
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Mi Salvaje
Teen FictionQue nerviosa se sentía, le temblaban las piernas. No recordaba o eso creía, haber pasado un día tan emocionante como ese. Su cumpleaños numero doce. No podía dejar sus manos quietas y se mordía el labio, nerviosa... Si estaba nerviosa. Su padre le h...
