10, Laica

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En el resto del camino el joven se encargó de hablar sin parar de su pueblo, así como de la fauna y flora que lo rodeaba, o simplemente me contaba cosas sin sentido sobre su querida abuela.

Cuando llegamos a nuestro destino le pedí que me esperara afuera en lo que llamaba a mi tía. Abrí la cerca para atravesar el jardín buscándola con la mirada. Afortunadamente, no parecía estar afuera.

—¡Jazmín! —grité entrando a la casa.

Avancé a paso lento por la sala.

Estaba a punto de entrar al pasillo cuando un sonido me sobresaltó dándome una desagradable bienvenida.

Mi mente captó todo de una manera veloz.

Las cuatro patas del animal corrieron en mi dirección.

Me topé de cara con un enorme perro negro.

Terminé por convertirme en una pequeña presa asustada ante el depredador que tenía en frente.

Su actitud era agresiva.

Primero lanzó en mi dirección un par de potentes y gruesos ladridos, para enseguida ponerse a gruñir mientras arrugaba el hocico mostrándome sus fieros colmillos en un intento por intimidarme.

Mis ojos casi se salieron de sus cuencas en cuanto comencé a hiperventilar.

La adrenalina me recorrió el cuerpo en un segundo.

Retrocedí llena de miedo y a paso veloz. Tropecé un par de veces, pero no llegué a caer.

Mi huida se vio interrumpida cuando choqué contra la puerta principal. Me dañé en la espalda gracias al impacto con la madera. En ese momento no me importó el dolor, me interesaba más que mis extremidades no fueran arrancadas por los dientes de aquel animal.

Mis bruscos movimientos no le hicieron nada de gracia al can, quien continuó acercándose y aumentando la bravura en su expresión.

Sin lugar a dudas, se disponía a atacar.

Ya me podía imaginar echada en el suelo llenando todo de sangre y retorciéndome ante el dolor ardiente que me causarían sus mordidas.

Jazmín apareció saliendo de la cocina.

De reojo, pude ver que se quedó congelada al apreciar tal escena.

La mujer traía un cuchillo grande y afilado en la mano derecha, como los que se utilizan para cortar carne; al parecer había estado ocupada preparando algo de comer.

—¡Laica! —gritó. Su expresión casi llegaba al horror.

El perro se calmó al momento de escucharla y detuvo su ataque. Giró su gran cuerpo peludo hacia mi tía y comenzó a menear la cola de lado a lado.

—Laica, ¡ven aquí! —le continuó llamando con cierto tono de reprimenda.

Enseguida el animal cambió su actitud rabiosa por una alegre y corrió hacia mi tía, a quien saludó dando pequeños brinquitos hasta lograr treparse a dos patas sobre su estómago.

—Ámbar, lo lamento —me dijo al ver que aún continuaba inerte—. Ella no suele ser agresiva —acarició la cabeza de la perra.

¿Cómo diablos puede estar tan calmada? ¡Su maldita perra casi me mata! Torcí el gesto.

Mi temor había sido suplantado por una gran ira hacia el animal y hacia Jazmín.

—Será mejor que encadene a esa porquería en lo que estoy aquí —le pedí indignada.

Cuidado con Las Voces [TERMINADA] Libro #1Donde viven las historias. Descúbrelo ahora