44, El despertar

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          Mi mente intentó captar el entorno de manera rápida.

Estaba en una cama y dentro de un cuarto de paredes blancas.

Unas luces frías y rectangulares se encontraban pegadas al techo.

Hacía un frío de mierda.

Había una mujer frente a mí, quien me miró completamente sorprendida.

—Tranquila. Recuéstate —traía puesto un uniforme de enfermera—. Enseguida llamaré al doctor.

Se marchó corriendo del cuarto.

Estaba en un hospital.

Apretaba con fuerza la mascarilla de oxígeno que me había quitado de un jalón rompiéndola de los elásticos azules.

En mi brazo había una aguja clavada, supe que se trataba de suero. Unas gotas de mi sangre se acumulaban en el trozo de plástico sobre la lanceta.

Mi dedo índice estaba aprisionado por una pinza gruesa, el artefacto me medía las pulsaciones y las expresaba con un ligero pitido.

Una sensación incómoda de confusión me llenaba la cabeza.

La puerta se abrió con un movimiento desesperado.

Me sorprendí cuando vi la figura de mi madre entrar de manera apresurada.

Mis ojos se clavaron sobre el cabestrillo que traía en el brazo que le cubría desde la muñeca hasta el hombro, el cual le mantenía su extremidad en una posición de triángulo.

—¡Mamá! —exclamé—. ¿Te hiciste daño?

Ella ignoró mis palabras y continuó corriendo hacia mí para abrazarme.

Lancé un jadeo, pues fue algo brusca con sus movimientos. Me apretujaba de manera desesperada con su brazo libre mientras lloraba.

—Señora, por favor. Dele un poco de espacio —el sonido de voz masculina ingresó a la habitación.

Alcé el rostro para ver sobre el hombro de mamá. Detrás de ella había un hombre maduro con canas en su cabello que vestía una bata blanca.

Mamá obedeció de mala gana asintiendo y sollozando.

—¿Qué nos pasó? —le pregunté en voz bajita

Una extraña sensación me oprimía el pecho. Me encontraba tan alterada como si hubiese despertado de una tétrica pesadilla.

En mi mente corrían imágenes difusas y obscuras de velas, fantasmas, un bosque, un perro negro gruñendo y un ave chillona, pero no era capaz de retenerlas por más de un segundo. Creí que se trataban de invenciones de mi atolondrada imaginación.

—Tuvieron un accidente en la carretera con un tráiler —habló el doctor.

Me quedé boquiabierta y con la mirada vacilante.

¿Accidente en carretera? —comencé a pensar—. ¿Viajamos? ¡Sí, Viajamos! Fuimos a la casa de mis tías locas y extrañas. Mi mamá discutió con ellas y salimos huyendo. Después fue el accidente y... Finalmente quedamos aquí, repasé todos los sucesos en mi cabeza.

—El tráiler no les golpeó directo, sólo les rozó, sin embargo tu madre se llevó la peor parte. Tú llevas un día entero inconsciente a pesar de no tener ningún daño grave, dedujimos que era por el estado de shock causado por todas tus situaciones mentales y de los nervios.

La voz neutra de las explicaciones del doctor me tranquilizó.

—Te haré unos chequeos, ¿de acuerdo?

Asentí.

El doctor comenzó colocándome el estetoscopio frío sobre el pecho. No pude evitar estremecerme, pues también me lo puso sobre el estómago, me sentí avergonzada cuando este rugió adolorido por el hambre. Al parecer me había estado nutriendo solamente por intravenosa.

Mandaron pedir un vaso de agua. Comencé a darle traguitos para ver qué tal me caía al estómago, acción que solo me aumentó mi agonía hambrienta.

Continuó revisando mis oídos y colocando una lámpara sobre mis ojos.

Odiaba ese tipo de procedimientos. No me gustaba que me tocaran aunque fuera con un fin médico, lo aborrecía, era como una tortura para mí. A algo en mi interior le enfurecía que otros tuvieran contacto conmigo.

Pero esa vez no ocurrió. Cuando todo terminó nada malo había pasado.

—Pues yo creo que todo está perfecto —me sonrió el doctor—. Solo pasarás estas últimas horas en observación y si todo sigue bien ya mañana podrás irte a casa —se encaminó hacia la puerta para retirarse—. Con permiso, señora Cecilia.

—Propio —le respondió mi madre, quien había permanecido callada, pero alerta, observando todo a una distancia segura.

Una vez que el médico se marchó Cecilia se acercó hasta mi lugar y se sentó al borde de la cama.

—¿Todo bien? —me preguntó mientras acomodaba mis cabellos de forma tierna.

—Todo bien —repetí asintiendo—. ¿Te fracturaste?

—Afortunadamente no, solo me zafé el hombro —me explicó.

Escuchar eso me llevó a pensar en el accidente: Recordaba a la perfección al hombre que atravesó la calle corriendo. Mamá evitó arrollarlo y enseguida apareció el tráiler impactándonos por el costado... Esa parte era confusa.

La siguiente imagen en mi cabeza era yo vomitada y mareada. Mamá lloraba, mas no parecía herida, incluso había alzado los brazos para sostenerme cuando me desmayé.

Supe que algo andaba mal, debía decírselo.

—Mamá, yo no creo que...

Mis palabras se vieron interrumpidas cuando se abrió la puerta. Se trataba de otra enfermera.

—Buenas tardes —nos saludó—. La hora de visitas está por comenzar.

—Gracias —le dijo Cecilia con una ligera sonrisa.

La mujer le correspondió el gesto y se marchó.

—Qué bueno que nosotras no tenemos ese problema —comenté.

—Sobre eso... Tal vez si tengas visitas —me informó.

La miré de manera sorprendida y desagradada, debido a que ni siquiera tenía amigos que quisieran venir a verme al hospital.

—Las locas hermanas de tu padre me marcaron ayer, deseaban hacer las paces y que regresáramos. Les conté lo que nos pasó, pero solo se preocuparon y dijeron que querían vernos. Ya vienen en camino.

Cuidado con Las Voces [TERMINADA] Libro #1Donde viven las historias. Descúbrelo ahora