CAPÍTULO 3

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El director vino a por mí cuando acabaron las clases y me indicó que fuera al comedor. Los alumnos entrarían enseguida y allí me presentarían.

En el internado, los profesores comían juntos en una mesa larga sobre una tarima, y los niños en varias mesas distribuidas a lo largo de la habitación. Fueron entrando por cursos, y se quedaban de pie frente a sus sillas a medida que llegaban. Me sorprendió el orden con el que lo hacían: uno imaginaría que al reunir a más de cien chicos en un comedor, aquello sería un caos.

Varias miradas se centraron en mí y Damián me saludó alegremente con la mano y le dijo algo a su compañero de al lado. Sonreí un poco al notarlo.

- Silencio, alumnos. Antes de empezar a comer, tengo varios anuncios que haceros – dijo el director. Esperó hasta que reinó un silencio absoluto. – En primer lugar, quiero recordar que está prohibido correr por los pasillos. Para eso está el patio y los jardines. Y como el alumnado en general parece ser incapaz de respetar esta norma, todo aquél que la incumpla fregará los pasillos durante una semana.

Se escucharon algunos susurros de protesta, pero el director los silenció dando una palmada al aire.

- No he terminado. Como se puede observar, tenemos una nueva incorporación en la mesa de los profesores. Es el señor Medel, profesor de historia de los cursos superiores y guardián de los de primer año.

El director me miró invitándome a decir algo, así que me puse de pie y me aclaré la garganta.

- Podéis llamarme Víctor. Será un placer conoceros a todos. Los alumnos de mi dormitorio, por favor, que me esperen a la salida. Me gustaría hablar con vosotros

- Bienvenido, señor Medel – respondieron al unísono, en una fórmula que debían de haberles enseñado. ¿Qué parte de "llamadme Víctor" no habían entendido?.

El director hizo un gesto con las manos y todos se sentaron. Los profesores lo hicimos justo después. Enseguida se elevó un pequeño murmullo de voces juveniles que conversaban.

En mi mesa, varios de los profesores me dijeron su nombre con una sonrisa amigable. Todos eran hombres, con excepción de la profesora de música y la de dibujo. El internado parecía tener un problema con la igualdad de género o quizás era que pocas mujeres estaban interesadas en conseguir un puesto allí, porque implicaba pasar mucho tiempo sin las familias, rodeados de muchos chicos. Si yo trabajara en un colegio solo con niñas, seguramente enloquecería.

- Víctor, ¿en qué colegio trabajaste antes? – me preguntó otro de los profesores. Recordé su nombre: Enrique.

- En Los Molinos. No era un internado, era un centro solo de día.

- ¿Y qué te hizo querer pasar la noche con los mismos monstruitos que ves durante las clases?

- El dinero – respondí con sinceridad – Y la urgencia de encontrar un trabajo, cuando se me acabó el contrato con el otro colegio. Me gusta lo que hago, me gusta enseñar, y pensé ¿por qué no?

- Yo podría darte un par de razones – respondió otro de los profesores y todos se rieron. Bueno, al menos parecían agradables.

Estuve respondiendo algunas preguntas más, y hablando con el tal Enrique, que parecía tener más o menos mi edad y mi carácter. Pero de pronto su expresión cambió por completo, y noté que ya no me estaba mirando a mí. Seguí la dirección de sus ojos y me fijé en dos alumnos que se habían levantado de la mesa y parecían estar discutiendo.

- Marco, Julián. Sentaos ahora mismo – ordenó, alzando un poco la voz para que le oyeran.

- ¡Ha empezado él! – protestó uno de los chicos.

El ángel entre las rejasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora