CAPÍTULO 14

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Fui al gimnasio lo más deprisa que pude, para ver qué estaba haciendo Enrique con Lucas. Aún no sabía si Enrique era una persona en la que pudiera confiar al cien por cien. Parecía menos estúpido que Iván o que el director, pero todavía había un par de cosas de él que no me convencían. Sin embargo, cuando llegué, vi que mis temores eran infundados. Lucas estaba tumbado sobre unas colchonetas y Enrique fingía un bostezo en una silla cercana.

- ¿Eso es lo máximo que aguantas? – se burlaba Enrique, pero no dejaba de ser un tono amistoso. – Debilucho.

Observé a Lucas y enseguida entendí que estaba haciendo abdominales.

- ¡Llevo ochenta! – jadeó Lucas, como diciendo que eso no lo haría un debilucho.

- ¡Más quisieras! Yo he contado setenta y cinco y te dije que hicieras cien. Y veinte flexiones.

- Grrr. Es el castigo más estúpido que me han puesto nunca – protestó el chico.

- Para que no se te ocurra hacer más excursiones a la cocina –replicó Enrique. - No te quejes, que te vendrá bien para ponerte en forma.

Cuando entendí que no había nada preocupante en aquella situación, me acerqué a Enrique y me puse a su lado.

- ¿Ejercicio? – le pregunté, sin poder ocultar mi incredulidad.

- Lo he hecho antes un par de veces. Cuando venga el director tiene que parecer que le he castigado, y él estará todo sudado y jadeante, así que dará el pego – me respondió, en voz baja, para que Lucas no nos oyera. - Y por otro lado, a lo mejor si bombea un poco de sangre a ese cerebro adolescente que tiene, aprenda a ser más discreto y a no dejarse pillar tan fácilmente.

Así que no era el único que hacía "trampas" con el director. Era bueno saberlo. El sistema de Enrique no me parecía del todo malo: Lucas podía hacer cien abdominales perfectamente, era un ejercicio que hacían a veces en clase. No era nada excesivo para él puesto que a simple vista se notaba que estaba en forma y al mismo tiempo Enrique lo utilizaba como regaño. Igual se lo copiaba alguna vez.

- He hablado con su padre. Nunca he visto menos interés por un hijo, pero me ha dado permiso para actuar en su nombre. Así que le diré al director que la familia se opone. ¿Crees que bastará? – le pregunté a Enrique, puesto que él llevaba allí varios años.

- Tendría que valer. Pero si hay algo que es ese hombre, es cabezota. Tanto si se le mete en la cabeza que un chico no será castigado, como si se le mete que lo será.

- ¿Sí? Bueno, pues yo lo soy más – le aseguré. – Y no tengo nada que perder.

- Excepto tu empleo – me recordó.

- Sí, pero no me servirá de nada si trabajo en un lugar que odio y que me hace odiarme a mí mismo. Ya acepté trabajos de mierda para mantener a mis hijos. Me niego a hacer lo mismo para mantener a mi esposa y su estratosférica y desproporcionada pensión.

- ¿Eres divorciado, no? Me pareció entender eso por un par de comentarios...

- Sí, sí lo soy. Algún día te contaré esa historia, tal vez con un café – respondí, amablemente, pero indicando que tampoco me apetecía dar detalles.

- ¡Oye, no me estás mirando! – se quejó Lucas. - ¡Ya hice los cien!

- Ya, claro, y mil también ¿no? No te dio tiempo a hacer más de diez – replicó Enrique. Lucas resopló y continuó con el ejercicio.

- ¿Por qué le torturas? – pregunté, aguantando la risa por lo graciosa que era la cara de indignación de Lucas.

- Tengo que hacerme un poco el malo. Además, así se entretiene. Cuando vinimos aquí estaba muy nervioso. No quiero que piense en lo que puede pasar cuando venga el director. El deporte le mantiene la mente ocupada.

El ángel entre las rejasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora