Al parecer, los helados eran algo excepcional y muy raro en aquel internado. Como muchos de los chocos eran deportistas de alto rendimiento, se cuidaba bastante de su alimentación. Los domingos tenían algún extra, pero nada de azúcar: el cocinero nos ofreció cerezas. Me pareció una alternativa muy triste, pero, sorprendentemente, no hubo gran oposición. Los mayores ya estaban acostumbrados y los chicos de primer año parecían capaces de comerse cualquier cosa después del partido de fútbol.
Mientras los chicos disfrutaban de su dulce saludable, yo me quedé pensando en lo que Damián me había compartido. Era algo terrible y tenía que hacer algo al respecto, pero no sabía con quién podía contar. El niño no tenía buena relación con su padre. ¿Y si había sido él el que….? ¿Podía ser tan desalmado?
“Rayos, y pensar que yo le voté en las elecciones”.
- ¿Tú no quieres? – me preguntó Lucas. Tenía el borde de labios teñidos de rojo por los jugos de la fruta y reprimí el impulso de limpiarle con una servilleta. Uno no hacía eso con un muchacho de dieciséis años.
- No tengo hambre – respondí. Miré a Damián y me alivió ver qué él sí estaba comiendo.
- ¿Qué le pasó al enano? Aún no sé por qué te pegó….
- No es mi historia para contarla – respondí, calmadamente. – Pensó que iba a lastimarle y se defendió, no puedo decirte nada más.
- Yo solo empeoré las cosas, ¿verdad? – murmuró. – Lo siento….
- Eso ya está olvidado. Te hablé tan brusco porque necesitaba que pasaras para poder ocuparme de Damián, pero no estoy enfadado contigo, Lucas. Me estabas defendiendo.
Me miró atentamente para comprobar que le estaba diciendo la verdad y luego esbozó una pequeña sonrisa.
- Si no te defiendo a ti, ¿a quién? Ningún profesor había dedicado su domingo entero a un grupo de críos necesitados. Por momentos el día de hoy se ha sentido como….
- Como una gran familia – terminé yo por él, cuando se detuvo. – Yo también lo he sentido así – le confesé.
- Como toda familia, tiene sus miembros disfuncionales – comentó, cuando Gabriel y Oliver se pusieron a hacer el tonto escupiendo huesos de cereza, para ver quién acertaba a encestar en un vaso. Rodé los ojos.
- No quiero ver un solo hueso por el suelo – les dije.
- ¿O qué? – replicó Gabriel.
Los preadolescentes a menudo sienten la necesidad de probar los límites, especialmente con los nuevos adultos a su cargo. Años de experiencia me ayudaban a saber qué responder en esos casos: la verdad, en el tono más natural y neutral posible.
- O pasaréis el resto del domingo limpiando el comedor y la cocina – le informé.
- ¡Y una mierda! – protestó el chico.
- ¡Gabriel! – le regañó Oliver. – Ya lo recogemos, Víctor…
Siguieron comiendo sin más incidentes y al acabar fueron a dejar los cuencos en los carritos que el cocinero había dispuesto para ese fin.
- Gabriel – le llamé, cuando se levantó.
El muchacho dudó unos segundos antes de hacerme caso, como si estuviese evaluando si tenía otra opción.
- Sabes que no decir groserías es una de las normas del centro y a mí tampoco me gustan particularmente. Tienes que controlar ese genio.
- ¿O si no qué? – me volvió a retar.
- Creo que ya lo sabes.
- Y a mí qué – bufó, entre avergonzado y molesto. Su berrinche tenía un punto cómico, pero debía cortarlo.
- No seas respondón. No se dicen groserías, ¿estamos?
- ¿Por qué solo me regañas a mí? – protestó, descolocándome por un par de segundos.
- Te regaño a ti porque eres el que me ha respondido mal. Cuando los demás lo hagan también se lo diré a ellos.
- Sí, claro – replicó con sarcasmo.
- Solo tú dijiste una palabrota ahora, Gabriel. Difícilmente puedes acusarme de injusto…
- ¡Pues te acuso! ¡Te acuso de lo que me da la gana!
Parpadeé, sorprendido.
- ¿Necesitas una siesta o algo así? – planteé, porque aquello se parecía demasiado a un niño pequeño llevando la contraria.
- Duérmete la siesta tú, que ya estás viejo.
En ese momento no pude contenerme más y solté una pequeña risita. Después, le tomé de los hombros y le saqué del comedor.
- Vais a ir a la habitación a descansar un rato. Y antes de que me preguntes “¿O si no qué?” te informo de que si te veo por el pasillo te pondré sobre mis rodillas ahí mismo y te daré unos azotes.
Gabriel se ruborizó visiblemente y se le notó mucho dada la palidez de su piel.
- A la habitación. Antes de que lleves la pataleta demasiado lejos – le impulsé con una pequeña palmada.
PLAS
- Ay.
Me obedeció y subió hacia los cuartos. Iría a buscarle después de un rato.
Me volví hacia los demás y vi como Oliver se escondía muy poco sutilmente detrás de Lucas.
- No estás en problemas, chico. No regañé a Gabi por jugar con los huesos, sino por la forma en que me habló.
- ¿Seguro?
- Seguro. Gracias por recogerlo.
- Gracias por no enfadarte – respondió.
Me acerqué a él y le revolví el pelo, aprovechando que lo tenía bastante largo.
- Tienes que hacer algo con estas greñas, ¿eh?
- A mí me gusta – se quejó.
- Solo te chinchaba. No te queda mal. Escuchad, tengo que ocuparme de algo, pero no voy a tardar mucho. ¿Nos vemos en un rato?
Tenía que hablar con la familia de Damián. El director no estaría hasta el lunes, pero también debía hablarlo con él. Si el niño había sufrido abusos sexuales en la institución debía saberlo.
- No te vayas – protestó Benja.
- No voy a ningún lado, solo tengo que hacer una llamada. Volveré enseguida – prometí.
Noté en su expresión – y no solo en la suya- que la idea no le gustaba. Esos niños habían formado un vínculo conmigo en muy poco tiempo, con un apego no del todo sano, pero a mí no me desagradaba. Al contrario, despertaba mis instintos protectores. Ya que no podía cuidar de mis propios hijos, estaba dispuesto a cuidar en aquellas niños como me gustaría que alguien hiciera por los míos.
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El ángel entre las rejas
Ficção GeralVíctor no ha tenido mucha suerte en la vida. Tras aceptar que su familia está rota, tiene una segunda oportunidad en el lugar menos pensado: un internado lleno de normas y falto de cariño. Esta historia está ambientada en una realidad paralela o en...
