Víctor no ha tenido mucha suerte en la vida. Tras aceptar que su familia está rota, tiene una segunda oportunidad en el lugar menos pensado: un internado lleno de normas y falto de cariño.
Esta historia está ambientada en una realidad paralela o en...
Sábado por la mañana. Los chicos que estaban en un régimen semi interno se habían ido a sus casas, así que el edificio estaba medio vacío. Los que se habían quedado estaban repartidos por todo el colegio. Los nueve alumnos de los que era directamente responsable se habían ido a la biblioteca nada más acabar el desayuno. Me daba pena que se perdieran un sábado tan magnífico. El sol arropaba los terrenos del internado haciendo que el jardín fuera más atractivo que nunca, pero ellos insistían en que tenían mucho que estudiar.
- A veces bromeo diciendo que a estos niños no hay que ponerles horas para que hagan los deberes, sino para que dejen de hacerlos – me dijo Enrique, cuando nos encontramos en la biblioteca. – No olvides que son de alto rendimiento. La competencia aquí es muy alta. Y algunos guardianes la incentivan. A finales de mes, el mejor de cada grupo recibe un premio y el peor una penalización.
- ¿Qué clase de penalización?
Enrique alzó una ceja, como diciendo "ya te lo imaginas". Le miré con incredulidad.
- ¿Y el director lo permite? – me indigné. Enrique se encogió de hombros. – Yo jamás haré tal cosa. Me parece algo propio de un sádico insensible, la verdad.
- Desde que instauraron el castigo físico, cada vez hay más de esos. Solo han pasado cincuenta años. Espera cincuenta más y verás cosas propias de la Edad Media.
- Ya las estoy viendo – gruñí. – Desde que llegué aquí.
- ¿Qué te escandaliza tanto? Has estado en muchos colegios, ¿no? Has tenido que ver cosas peores – me tanteó.
Estuve a punto de responder que no, pero entonces recordé un episodio, cuando recién empezaba a ser profesor.
- Nunca había estado en un internado. En los otros colegios, muchas veces nos limitábamos a llamar a los padres – respondí, evasivo. – A veces castigábamos a alguien, pero casi siempre eran los jefes de estudio los que se encargaban de eso.
- ¿Pero? – insistió Enrique, sabiendo que me estaba callando algo.
- Una vez tenía esta alumna... una niña estupenda, muy inteligente y responsable. De la noche a la mañana, empezó a comportarse de forma rebelde. Llegaba tarde a mis clases, sin los deberes, me contestaba mal. Hablé con ella, le envié notas a casa... incluso la castigué, en una ocasión, sintiéndome terriblemente mal al hacerlo, porque sentía que me estaba perdiendo de algo.
Mi mente viajó varios años al pasado.
Era mi primer colegio, llevaba ya dos años ahí. Sentía que me había integrado, conocía las instalaciones, al personal, a los alumnos. Era un buen barrio y los chicos no eran problemáticos. En los veinte meses que llevaba allí, solo había tenido que recurrir al castigo físico con cuatro alumnos. Los cuatro varones, quizá por eso me tembló tanto la voz al pedirle a Fabiola que se quedara después de la clase.
Cuando sonó el timbre, ella se acercó a mi mesa, pero fue incapaz de sostener mi mirada. Eso me hizo pensar que seguramente ya sabía por qué la había llamado.
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