La tensión se podía cortar con un cuchillo. Gabriel y Óliver respiraban con agitación, recuperándose del esfuerzo físico, y no dejaban de mirarme como esperando una explosión atómica. Los otros dos chicos me miraban de la misma manera. Yo no había logrado distinguir quién me había dado la patada, pero ellos debían de pensar que iba a matarlos a todos. En verdad, que me dieran a mí había sido lo de menos, porque sabía que no había sido su intención. Era la pelea en sí lo que me hacía fruncir el ceño y taladrarles con los ojos.
Iván parecía aún más cabreado que yo. Me sorprendió un poco que no empezara a gritar, porque se veía que tenía ganas. En lugar de eso resopló y comenzó a caminar nerviosamente alrededor de los cuatro chicos. El resto de los alumnos habían ido despejando el comedor, instigados por los profesores.
- Pelearse en el comedor, ignorar a vuestro guardián... ¡golpear a un guardián cuando os está separando! Si queríais ganárosla, enhorabuena, porque lo habéis conseguido. Oh, pero os aseguro que de esto os vais a acordar. Os vais a acordar toda la vida, porque me vais a hacer quedarme aquí esta tarde ocupándome de vosotros cuando yo ya tenía planes – barbotó Iván.
- Lo siento mucho, señor... - respondió uno de sus chicos. ¿Les hacía llamarle señor? ¿Siendo su guardián? Qué frío.
- ¡Me toca un pie que lo sientas, Darío! Te voy a quitar las ganas de pelear. Y a los otros tres también.
- Perdón, señor López... - murmuró Óliver.
Cada vez que escuchaba "señor López" no podía evitar pensar que el nombre era de personaje de cómic. Se volvía muy difícil tomarle en serio. Debería decir que le llamaran Iván, a secas.
- ¡Agh! ¿Cómo lo hacemos? – preguntó Iván, mirándome a mí.
Medité mis opciones cuidadosamente. Algo me decía que tenía que evitar a toda costa que fuera Iván quien lidiara con aquello. Por la forma en la que les estaba hablando, su enfado era considerable y ya había oído demasiadas cosas de Iván como para pensar que pudiera ser capaz de controlarse.
- ¿Tenías planes? – pregunté, en el tono más amistoso que pude.
- Se supone que a las siete acaba nuestro horario. Podemos salir del centro hasta las diez. Y mi mujer no tiene por qué aguantar que encima de tener una jornada laboral tan excesiva me quede tiempo extra.
Oh. Así que estaba casado. Me fijé por primera vez en el anillo de su mano. Por eso se había quejado del horario con el director durante la comida. Desde luego, aquel trabajo no era el más adecuado para un hombre casado. Prácticamente te exigía vivir en el internado. Pocas parejas se conformarían con verte apenas tres horas al día, y dormir contigo solo un día a la semana. Era casi como una relación a distancia.
- No te preocupes, yo me encargaré de esto – le propuse. – Hablaré con tus chicos también. Tú ve con tu mujer.
Iván me miró con asombro y luego con gratitud.
- Lo aprecio mucho, Víctor, de verdad – me dijo, con voz suave, y luego endureció el tono para hablar con sus alumnos. – Bien, sabandijas. Ya lo habéis oído. Os vais con Víctor y pobres de vosotros si después tiene alguna queja.
Los dos chicos tragaron saliva fuertemente. No me gustó mucho eso de "sabandijas", porque no sonó como un apodo amistoso que les hubiera puesto. Esperé a que Iván saliera del comedor, y entonces relajé un poco mi postura.
- Vale... ¿tú eres Darío, no? ¿Y tú? – le pregunté al otro chico.
- Nando... Fernando, señor.
- No hace falta que me llames señor. ¿Alguno de los cuatro me va a decir a qué vino esta pelea?
Se miraron entre sí, poco dispuestos a decir nada. Me puse frente a Gabriel y Óliver.
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El ángel entre las rejas
Fiksi UmumVíctor no ha tenido mucha suerte en la vida. Tras aceptar que su familia está rota, tiene una segunda oportunidad en el lugar menos pensado: un internado lleno de normas y falto de cariño. Esta historia está ambientada en una realidad paralela o en...
