CAPÍTULO 12

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Quedaban cinco minutos para que me sonara el despertador. Fuera de mi cuarto, en la habitación grande, los chicos hacían algo de ruido, pero yo me estaba haciendo el tonto. No me apetecía salir de la cama todavía.

Aquel era mi segundo día en el internado y mi primer día dando clase. Aunque suene estúpido, estaba nervioso. Pero eso era algo bueno: si a mis cuarenta y dos años seguía poniéndome nervioso antes de una clase, quería decir que me importaba mi trabajo, y que me lo tomaba en serio. En esos minutos previos a que sonara el despertador, repasé mentalmente lo que iba a decir en el aula, y cómo iba a introducir el tema 1 del libro. Normalmente no hubiera empezado el primer día dando temario, pero los chicos ya habían perdido una semana, mientras se ajustaba el personal.

Finalmente, me obligué a mí mismo a levantarme y, aún en pijama, abrí la cortina de mi cuarto. Algunos chicos todavía estaban dormidos, mientras los demás se lanzaban almohadas y reían, pero sin armar demasiado escándalo. Lo normal, cuando juntabas veinte niños de la misma edad en un cuarto. La imagen me hizo sonreír. Estaba acostumbrado a despertar y estar solo en casa. Aquello era un agradable cambio.

Al verme, todos se sentaron sobre la cama como si no hubieran estado haciendo bulla, pero no pudieron ocultar sus sonrisas pícaras. Damián me saludó con la mano, y le devolví el saludo. La noche anterior me había costado que se durmiera. Por lo visto, solían enfadarse con él porque no quería irse a la cama a su hora, pero enseguida descubrí que le daba miedo dormir a oscuras. Acordé con él que yo dejaría mi luz encendida, y así la habitación se iluminaría a través de mi cortina, dejando dormir a quienes estaban acostumbrados a la oscuridad. Damián me lo agradeció con un abrazo. Quien opinara que ese niño era difícil, era porque no estaba acostumbrado a sentarse un momento y escuchar a las personas, para ver qué les preocupa.

Salí de mi cuarto y les di los buenos días.

- ¿Cómo habéis dormido? Veo que sois madrugadores... casi todos – añadí, mirando a Benjamín, que seguía durmiendo. ¿Cómo podía dormir con los demás haciendo ruido a su alrededor?

- ¿No te ha molestado la luz? - me preguntó Damián, con algo de timidez.

- Qué va, yo duermo con un antifaz.

- ¡Ala! ¿Cómo las señoras mayores? – preguntó Borja, riéndose. Los demás le miraron mal, temiendo que me fuera a tomar mal la broma.

- Serás atrevido. A ver si te parezco una señora mayor ahora – repliqué y le levanté con un solo brazo para tirarlo sobre la cama, haciéndole cosquillas en el proceso. Borja se empezó a reír cada vez más alto y enseguida tuve cola de los demás chicos, que me pedían que les hiciera lo mismo.

Aquel juego tendría que haber terminado por despertar a Benjamín, al igual que había despertado a los otros dos remolones que seguían durmiendo, pero él seguía tumbado. Incluso me llegué a preocupar, y me acerqué a él, porque además ya tenía que levantarse, para comenzar el día. Lo que pasaba era que dormía con tapones. Chico listo. Le moví un poco para despertarle.

- Mmffg....

- Mmffgggg a ti también, Benja – me reí. – Buenos días.

Benjamín se envolvió en las mantas, tapándose hasta la cabeza. Qué mono era. Le hice cosquillas en los pies y pataleó, riendo. Salió de las mantas y se quitó los tapones. Me dedicó una sonrisa mientras ponía los pies a buen recaudo.

- No vayas a tener malas ideas de nuevo – me dijo, tapándoselos con la manta.

- No prometo nada – respondí, y me fui a ver a los otros dos chicos que, aunque ya despiertos, aún estaban sentados en la cama, bostezando con mucho sueño. Eran Wilson y José Antonio, con los que aún no había tenido mucho trato. Dormían en camas contiguas.

El ángel entre las rejasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora