Damián no planeaba separarse de mí lo que quedaba de día. Al ver que yo no estaba enfadado y que todo estaba bien después de regañarlo, creo que se permitió dejar salir su lado mimoso. Era evidente para mí que ese niño estaba falto de cariño, y como yo no me mostré reacio a dárselo, había decidido inconscientemente tomar todo lo que pudiera. Cuando volvimos con los demás al jardín no quiso volver a jugar. Se disculpó con Benja y se quedó a mi lado. Tuve constantes ganas de abrazarle pero no sabía si eso le avergonzaría, así que me limité a darle conversación y resultó ser un muchachito muy hablador. Me estuvo contando sobre sus películas favoritas, las comidas que me gustaban y su afición por tocar el piano. Le prometí que me enteraría de si el internado permitía que los estudiantes estuviesen en la sala de música fuera de las horas de clase y sino haría algo para que pudiera tocar de vez en cuando.
- Me gustó que me llamaras Dami – dijo, de pronto, cuando ya parecía que se había quedado sin temas de los que hablar.
- ¿Qué? – pregunté, confundido.
- Antes, cuando me castigaste. Me llamaste Dami. Me gusta. Pero solo tú puedes llamarme así.
No entendía qué tenía ese pequeño que me provocaba tantas ganas de comérmelo.
- ¿Vaya, así que tengo privilegios? – bromeé.
Fue entonces cuando toda su fragilidad cobró sentido. Esa sencilla palabra que yo había pronunciado provocó que se envarase. Un instinto que nunca había tenido que sacar porque jamás me había enfrentado a ese tipo de situaciones puso mi mente a trabajar.
- N-no – musitó, y se apartó un poquito. – No tienes privilegios…
Empalidecí. ¿No había entendido lo que yo creía que había entendido, verdad?
- Dami…
- ¡No me llames eso! - revocó el permiso que me acababa de conceder totalmente asqueado - ¿Por eso me pegaste con la mano? ¿Para tocarme el culo?
- Claro que no – le aseguré. Habíamos comenzado a llamar la atención de los demás chicos. Algunos ya no estaban pendientes del partido, sino que nos miraban. – Tranquilo, Dami…. Damián. No quería decir nada. Jamás te haría daño, ningún tipo de daño.
Me miró fijamente, tratando de ver si decía la verdad. Entonces cometí un error, porque di un paso hacia él para salvar la distancia que él había puesto entre nosotros y eso le asustó, y le llevó a un estado de histeria desmedida.
- ¡No te acerques, no me toques! – gritó, y me dio una patada.
Me dolió mucho, pero eso en aquel momento no tenía importancia. Esa reacción era la confirmación de lo que llevaba varios segundos sospechando: alguien había abusado de ese chico. Sexualmente.
“Físicamente también” me recordó una voz en mi cabeza. “Muchos de estos chicos han sido abusados con castigos excesivos”.
- Damián, ¿pero qué haces? - chilló Lucas y se acercó a nosotros. - ¡Le has dado una patada a un profesor! ¡Rayos, le has dado una patada a Víctor, que es de los pocos que valen la pena aquí dentro!
Damián se encogió como un ratón asustado, creo que esperando que en cualquier momento un rayo cayera sobre él o algo parecido.
- Te van a zurrar y te lo mereces – le dijo Bosco.
- Dejadnos solos – les pedí. Todos se alejaron, excepto Lucas. - No pasa nada, solo está confundido. Yo le asusté. Deja que hable con él, Lucas.
- ¿Confundido? ¡Es un mocoso malcriado! ¡Es lo que todos dicen y tienen razón!
- Basta. No te metas, por favor.
- ¿Pero por qué le defiendes? ¡Te ha pegado!
- Lucas, gracias por preocuparte, pero deja que yo lo maneje – decreté, en un tono más firme. – Ve con tu hermano.
- ¡No, Víctor! ¡Una cosa es que seas blando, pero no puedes permitir que te trate así!
Para ese punto, Damián había empezado a hiperventilar pero yo no me atrevía a acercarme más, dado que eso parecía asustarle.
- Lucas. Ve. Con. Tú hermano. Estás empeorando las cosas.
- ¿Yo? – se indignó el muchacho. – Es increíble. ¡Te golpeó! ¡Me importa un rábano que llore! ¡Está así porque sabe que se quedó sin culo!
Tenía que parar aquello. Debía encontrar la forma de ayudar a Damián, no podía seguir perdiendo el tiempo peleando con Lucas. Me acerqué a él y le agarré del brazo.
- O te marchas de una vez o será a ti a quien le dé un castigo aquí mismo – susurré.
Los ojos de Lucas se abrieron con una expresión de sorpresa y dolor.
- Si, señor – murmuró.
- Deja que yo me encargue, ¿bueno? Sé lo que hago.
- Como usted diga, profesor.
Suspiré. Ahora Lucas se mostraba frío y distante, herido por lo que consideraba un regaño injusto de mi parte.
- Hay una explicación para lo que hizo Damián. Necesito que confíes en mí. Ve con Benja, ¿vale?
- Está bien.
Cuando Lucas se marchó, respiré hondo y me centre en Damián.
- Estás a salvo, pequeño. No tengas miedo.
- Snif … snif… perdón.
- No, perdóname tú. Te he asustado y no era mi intención. ¿Recuerdas los ejercicios de respiración que hicimos el otro día? Vamos a hacerlos otra vez. Coge aire. Eso es, buen chico.
Le ayudé a calmarse y conseguí que controlara su respiración, pero sus ojos seguían brillando con miedo contenido.
- ¿Me quieres contar? – le pregunté, con voz suave.
- ¿El qué?
- Alguien… te hizo daño. Y pensaste que yo también te lo iba a hacer.
- No quiero hablar de eso – murmuró.
No sabía cuál era el mejor curso de acción en esas situaciones, pero forzarle no parecía lo ideal. Aunque tal vez pudiera sacarle algún detalle. …
- ¿Fue aquí? – pregunté.
- No.
Eso no me alivió demasiado, pero por lo menos no tenía que temer por su seguridad inmediata.
- ¿En casa? – continué, pero no obtuve respuesta.
Bueno. Había llegado la hora de llamar al presidente de la nación. Esperaba que solo tuviera que informarle de algo horrible en lugar de acusarle de cometerlo, porque entonces iba a ir a la cárcel por intento de homicidio del jefe del estado.
- Yo nunca trataré de lastimarte, Damián. Jamás te tocaré de esa manera. El único privilegio que quiero es el de cuidar de ti, y que te sientas seguro conmigo.
Me miró durante unos segundos y después me tomó de la mano, como para demostrarme que sí se sentía seguro.
- Siento haberte pegado….
- La única situación en la que tienes permitido dar patadas es cuando creas que alguien pretende hacerte daño. Tienes derecho a defenderte.
- ¿Podemos hablar de otra cosa? – me pidió.
- Está bien - no obtendría nada bueno al presionarle. Debía contactar con su familia, informar al director y hablar con la policía, no estaba seguro de en qué orden.
- ¿Podemos comer un helado? – siguió preguntando. Eso consiguió sacarme una sonrisa.
- Le preguntaré al cocinero. Me dijeron que los domingos a veces hay cosas especiales.
- ¡Bien!
Damián tiró de mi mano para entrar en el edificio y yo llamé a los demás que se habían ido a otro rincón del jardín.
- Víctor va a preguntar si podemos comer helado ,- les informó Damián. Estaba fingiendo más entusiasmo del que en verdad sentía. Conocía esa técnica porque yo mismo lo había empleado en alguna ocasión.
- Increíble. Encima le vas a dar helado – gruñó Lucas. Resoplé.
- Ya basta.
- ¡No! ¡Primero se pelea con mi hermano, luego te golpea a ti! ¡Y tú le dejas irse de rositas!
- Por lo de Benja sí me castigó – murmuró Damián, mirando al suelo. – Pero no debí darte una patada. ¿Se lo vas a decir al director?
- No, Damián. Ya hablamos de lo que pasó y está todo bien. No es asunto de nadie y el próximo que haga comentarios se queda sin helado y se va a su habitación. ¿Queda claro?
Lucas soltó un bufidito.
- Pregunté si queda claro – insistí y todos asintieron, o respondieron que sí, salvo Lucas. Ese muchachito era muy cabezota. – Lucas. ¿Está claro?
- ¿Por qué tengo que hacerte caso? Ni siquiera eres mi guardián y te dejas tratar como la mierda así que no sé por qué debería mostrarte algún respeto.
Benjamín dejó escapar el aire con asombro.
- ¡Lucas!
- Porque sigo siendo tu profesor. Y porque solo estás siendo testarudo. Al principio tenías buena intención, pero ahora solo estás enfadado porque te contrarié y estás a punto de ganarte un castigo que no quiero darte.
- Tío, déjalo ya – le aconsejó Jacobo.
Lucas me retó con la mirada durante varios segundos. Era un chico bastante maduro, así que creo que solo estaba pasando por un brote de rebeldía adolescente mal dirigido. Sostuve su mirada hasta que al final apartó los ojos y agachó la cabeza.
- Lo siento – murmuró. Siguiendo un impulso, estiré el brazo y le atraje hacia mí.
- No pasa nada – respondí , frotando su espalda. - Pero la próxima vez, en lugar de un abrazo, será un azote, ¿eh?
Aunque no le podía ver la cara, supe que se había ruborizado.
- No volveré a hablarte así.
- ¿Podemos ir ya a tomar helado? – se quejó Damián. Lucas soltó una risita.
- Sí, enano. Siento haber dicho esas cosas sobre ti. En realidad no quería que Víctor te castigara, pero no me gusta ver que le tratan mal.
Lucas sería un buen hermano mayor para Damián como ya lo era para Benja. Aquellos niños iban a vivir en el mismo lugar durante un año, así que les iba a enseñar a ser una familia.
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El ángel entre las rejas
Ficção GeralVíctor no ha tenido mucha suerte en la vida. Tras aceptar que su familia está rota, tiene una segunda oportunidad en el lugar menos pensado: un internado lleno de normas y falto de cariño. Esta historia está ambientada en una realidad paralela o en...
