Me senté en la cama contigua a la de Damián, para estar frente a frente con él. Había dejado de llorar por el susto que se había llevado al verme, pero aún tenía los ojos húmedos.
- Hola – saludé, mostrando mi sonrisa más amable. El chico seguía sin moverse y, de no haberle visto correr hacia la cama, habría pensado que era una escultura muy realista en lugar de un ser humano.
- Bue...buenos días – saludó, muy formalito.
- Eres Damián ¿verdad? – le pregunté.
Asintió lentamente. Siempre me provocaban cierta ternura los niños que se expresaban mediante gestos en vez de verbalmente. En clase solía instarles a utilizar su voz, porque quería que aprendieran a mostrar seguridad a la hora de transmitir ideas o conocimientos académicos, pero en otros contextos me encantaba esa tímida vulnerabilidad infantil.
- ¿Qué haces aquí en horario de clase? – inquirí.
Me esforcé para que no sonara como un regaño, porque no era lo que pretendía. Aún así, tal vez por ser consciente de que no debería estar ahí, Damián agachó la cabeza y se miró los zapatos. Llevaba puesto el uniforme del internado, que consistía en unos pantalones grises, un polo blanco y un jersey de un tono gris algo más oscuro que los pantalones. Los zapatos eran negros y los llevaba desatados. Sin poder contenerme me agaché para atárselos, sin reparar en que podía molestarle que lo hiciera puesto que ya no era un niño pequeño. De todas formas, no puso ninguna objeción y se limitó a mirarme con curiosidad mientras lo hacía.
- El... el señor López me ha echado de clase – respondió, tras dejar pasar unos segundos.
- ¿El guardián de los de segundo? – pregunté, algo confundido. Aún no conocía el nombre de mis compañeros docentes.
- Sí, y el profesor de matemáticas.
- Ah. ¿Y por qué te ha echado? – indagué, en un tono casual, como restándole importancia.
Damián no sabía quién era yo y quizá le extrañaran mis preguntas, pero parecía haber deducido que trabajaba en la escuela. Solo llevaba una semana en aquél internado, era su primer año, así que no debía ser extraño para él encontrarse con gente nueva, sobre todo teniendo en cuenta que la plantilla de profesores estaba sufriendo cambios.
- Estaba enviando notas en clase – contestó, con algo de pena, como diciendo "sí, ya sé que fue estúpido".
Pensé que de haber sabido que yo era su nuevo guardián, quizá no habría sido tan sincero conmigo, pero algo me dijo que de ese chico siempre podía esperar la verdad. Tal vez fueron sus ojos verdes, brillantes y limpios, que en ese momento no demostraban malicia alguna.
- ¿Por eso llorabas? – pregunté, en el mismo tono ligero. – ¿Porque te han echado?
Volvió a asentir, esta vez con algo de vergüenza. Se pasó de nuevo la manga por la cara, como para terminar de borrar las huellas de su llanto.
- No tienes que llorar por algo así. No pasa nada. ¿Te digo algo? Los profesores se creen que eso es un castigo, pero muchas veces te están haciendo un favor. Y se lo están haciendo a sí mismos. Te dejan salir un rato antes de clase, en lugar de esforzarse por lograr que atiendas y aprendas algo, que es lo que deberían hacer. Y algunas clases son tan aburridas, que salir un poco antes es lo mejor que te podría pasar – le aseguré.
Sabía que no debía decirle cosas como aquella, pero oficialmente aún no era su guardián y pensé que podía utilizar aquello para empezar a ganarme su confianza, en lugar de mostrarme autoritario y hacer que me considerara su enemigo. Además, nada de lo que había dicho era mentira: me crispaban esos profesores que recurrían enseguida a expulsar a los alumnos de la clase. Sobre todo por tonterías como enviar mensajitos a los compañeros. En esos casos yo interceptaba la nota, la rompía, y les regañaba un poco, pero no les echaba del aula.
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El ángel entre las rejas
Fiction GénéraleVíctor no ha tenido mucha suerte en la vida. Tras aceptar que su familia está rota, tiene una segunda oportunidad en el lugar menos pensado: un internado lleno de normas y falto de cariño. Esta historia está ambientada en una realidad paralela o en...
