Capítulo 19: Familia

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"Cuánto cuesta tu alegría, si al pie de la letra compro lo que pidas. Yo vivo a tus pies, y tú no lo ves. Y sigues así"

(Luis Fonsi)


Connie hizo una mueca de asco cuando vio a Giovanni vomitar al lado de la camioneta, se tapó la nariz porque el olor a vómito le revolvía el estómago y tomando control sobre su cuerpo, se acercó a él, acariciándole la espalda, mientras él se doblegaba por dejar la vida allí en la calle. ¿En qué momento se había puesto ebrio? Se suponía que era un cóctel de total seriedad, no una descontrolada fiesta para que terminara de ese modo. Lo había perdido una hora y, al verlo de nuevo, supo que estaba totalmente ebrio porque caminaba agarrándose de las paredes prácticamente y reía por cualquier estupidez. ¿Alguien se habría dado cuenta? Lo último que le faltaba era una noticia que dijera que el futuro presidente español era un borracho.

—¿Ya estás mejor? ¿Quieres que busque agua?

—Quiero que nos vayamos de una maldita vez de aquí —bramó, gruñendo, mientras se apoyaba de espaldas contra el Porsche, se le daba vuelta el mundo—. Dame las llaves.

—Ni pienses que vas a conducir tú, estás ebrio, muy ebrio.

—Tú conduces mal y lento, Constanza.

—Pero no estoy borracha como quinceañera.

—Ya, haz lo que quieras, no voy a discutir si todas las mujeres son iguales.

—¿Huelo a "estoy peleado con Melina y trataré mal a todas las mujeres"?

—Huelo a que "Melina me tiene cansado".

—¿A qué se debe?

—Si te digo se te va a caer la imagen de la chica buena y enamorada que tienes de ella.

—¿Ah?

—Olvidalo, vámonos, me siento como la mismísima mierda.

Giovanni se subió al asiento del acompañante del Porsche una vez que Constanza sacó la alarma, cerró la puerta con fuerza y abrió la ventana. Se sentía como el mismísimo diablo, el estómago exigía expulsar los litros de alcohol que había ingerido y su mente le daba vueltas. ¿Hacía cuánto no se ponía de ese modo? ¡Años! No recordaba en qué momento había perdido la conciencia, quizás, después de la cuarta medida de Whisky.

Escuchó a Connie encender el coche y la miró de reojo.

—¿Se puede saber qué me miras tanto?

—Gracias —susurró, sonriéndole con sinceridad—. Gracias por nunca dejarme solo.

—Eres mi única familia, Gio —La tomó de la mano y se la besó con cariño—. Te debo mucho.

—No me debes nada, yo haría lo que fuera por verte feliz, Connie.

—Soy feliz, Gio. Estar cerca de Gus me hace muy feliz.

—Lo sé —respondió él, suspirando—. Yo soy feliz con Sisy, es la luz de mis ojos, mi hija. Es mi hija, ¿entiendes? Mi hija y de Melina... Melina... maldita.

—Oh espera, ya, ahora entiendo tu borrachera —musitó ella, poniendo los ojos en blanco—. Es porque estaba con Andrés en la fiesta. ¡Claro! Como no me había dado cuenta.

—Con un idiota estaba.

—Ella merece ser feliz.

—¿Por qué la defiendes tanto, maldita sea? Yo soy tu amigo.

—Eres mi amigo y ella también lo es. No la defiendo, solo digo la verdad, ella merece ser feliz como tú también lo mereces.

—Ojalá nunca la hubiera conocido.

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