Capítulo 24: Cuando la tormenta se desata

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"Cuando debí alejarme, más me enamoré, porque eso de olvidarte nunca lo aprendí. Si fuiste mía, si yo fui tuyo, ¿por qué? ¿Por qué te alejas? ¿Por qué el orgullo? No sé, dudo que el tiempo pueda borrar esta vez el sentimiento de lo que pudo y no fue"

(Beret)


Viernes 10 de Noviembre de 2017

—¿Y ese casco?

—¿Quieres dar un paseo en moto?

—¿Con este frío? ¿Quieres que me muera de una neumonía?

—No seas tan abuela, Melina.

—Bien, de acuerdo —Melina aceptó el casco que Giovanni le tendía y sonrío, aunque no muy conforme de andar en motocicleta con el clima que hacía—. ¿A dónde vamos?

—A donde nos lleve el destino.

—¿Pues quieres que te diga a dónde nos lleva el destino?

—No, porque no quiero pesimismos esta noche.

Melina puso los ojos en blanco, cerró la puerta de su departamento con llave y bajó por las escaleras con Giovanni. Era normal que la gente que vivía en el edificio lo viera, de hecho, muchos aprovechaban para hablar con él sobre las problemáticas que aquejan al país. Ya todo el mundo sabía la relación que los unía, aunque en el fondo, los más cercanos conocían que Sisy no era el único vínculo entre ambos. A Mey ya le daba igual, porque de todos modos, siempre hablarán, bien o mal, siempre tendrán algo que decir.

Esa noche, Eneas se haría cargo tanto de Sisy como de sus otros dos sobrinos, lo que Melina interpretó como que Cat estaría a solas con Camilo, aunque ella lo negara y se hiciera la tonta justificando que lo de ellos solo se resumía a sexo y malo, segun sus palabras, que solo era una pérdida de tiempo y una diversión absurda para ambos. Melina era consciente de lo mal que mentía su amiga. Sabía que Catalina estaba enamorada de Camilo, solo que entre ambos se complicaba de más la relación. No podía culparla, había vivido por años en una relación tan tóxica, que quizás no quería volverse a sentir presa de alguien y Camilo también tendría sus motivos.

—Debo admitir que extrañaba andar en tu moto.

—Lo sé, levanta suspiros.

—Que idiota.

Melina subió a la moto de Giovanni y se aferró a él, sonriendo, recordando los viejos tiempos donde solían pasear de noche por Madrid. Parecían tan lejos aquellos tiempos, parecía tan lejano el día que conoció a Giovanni y, sin embargo, el sentimiento por él seguía siendo el mismo o, quizás, era mucho más fuerte y poderoso. En esos tiempos nunca hubiera imaginado que terminarían juntos y mucho menos con una hija que los uniría para siempre, les gustara o no. A veces el destino es muy hijo de puta cuando se lo propone, pero también da buenos merecidos, como era Alfonsina. Para Melina la mayor bendición de su vida sería esa niña.

Cuando empezaron a andar, supo que no había sido una buena idea, porque hacía un frío para morirse, pero también disfrutó la gélida briza golpearle el rostro, porque era como si volvieran a los viejos tiempos y, para ella que era una amante de aferrarse al pasado, no había nada mejor, aunque no estuviera bien, porque debía vivir el presente y no solo de recuerdos. «Los recuerdos a veces matan» le dijo su mente y estuvo absolutamente de acuerdo, porque hay recuerdos que duelen, que torturan, que lastiman.

—¿Estás bien?

—Sí, ¿por qué?

—Porque estás callada y eso es extraño.

Miradas eternasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora