Capítulo 21: El error

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"Sé que por dentro estás en guerra, aunque en las fotos no se ve. Si hay una manera de apagar todos tus miedos, voy a buscarla aunque me duela, borrando la tristeza"

(Sebastián Yatra ft. Camilo Echeverry)


Miércoles 25 de Octubre de 2017

—Soy Humberto Centori, el padre de Melina.

Giovanni lo sabía antes que él se lo dijera, porque simplemente podía reconocer las facciones de Melina en ese hombre, como en la boca, la nariz e incluso los ojos. Melina no era una fiel copia física de su padre, pero se le parecía mucho, tanto como para que él dedujera el parentesco al instante. Tosió, algo confundido por la situación, ese hombre se había puesto en medio de la calle frenando la camioneta. ¿Qué hacía en Madrid? ¿Desde cuándo frecuentaba de cerca a su hija? ¿Melina lo sabría? ¿Era ese hombre el motivo de que ella se hubiese ido del país? No, por supuesto que no, él mismo era el culpable de que ella se hubiera ido. Aún seguía cabreado al saberla lejos, sin haberle dicho nada, aunque su parte racional le decía que era lo mejor que podía hacer.

Era consciente del daño que le había hecho a Melina, pero también, había que ser sincero en que ella muchas veces lo había dañado a él. ¿Importaba? No, ya no, porque ella había decidido irse y él temía que fuese para siempre.

—Sí, lo sé. ¿Qué necesita? ¿En qué lo puedo ayudar?

—Puedo ayudarte con mi hija.

—Lo dudo, señor, ella ya no vive aquí en Madrid. Además... ¿qué tipo de ayuda? Tengo entendido que hace años no se ven.

—Sí, ha pasado mucho tiempo —Giovanni observó más detenidamente al hombre: tenía poco cabello, sus ojos estaban decaídos y llevaba la ropa algo sucia. ¿Qué demonios sucedía allí? Por un momento sintió pena por él, pero luego recordó que ese hombre había lastimado demasiado a Melina—. ¿Podemos hablar en un lugar más cómodo que no sea en medio de la calle?

—Sí, por supuesto. Suba a la camioneta —Humberto asintió, con vergüenza quizás, mientras se limpiaba el polvo que tenía en el pantalón. Giovanni dedujo que era la única ropa que tenía, porque se notaba sucia, algo rota y apenas emanaba un olor a suciedad. ¿Desde cuándo estaba en la ciudad? ¿Por qué lucía tan desaliñado?—. Humberto, él es Oscar, mi guardaespaldas —Ambos se saludaron con un asentimiento de cabezas—. Oscar, él es Humberto Centori, el padre de Melina.

—Un placer, señor.

—Llévanos a casa, Oscar —El guardaespaldas asintió y puso en marcha la camioneta. Giovanni agradeció que Oscar no pusiera objeciones de seguridad el respecto—. Me gustaría que aceptara almorzar en mi casa, Humberto.

—Gracias —susurró, con los ojos llenos de lágrimas, mientras miraba la ciudad de Madrid desde la ventanilla. Giovanni lo observaba con cautela y detenimiento, porque ese hombre parecía hasta conmovido por su ofrecimiento—. Nunca creí en mi vida que subiría a un Porche —Giovanni sonrío de lado, sin saber qué responder. ¿Qué tipo de respuesta se da ante aquella declaración? No lo sabía—, y mucho menos que conocería España.

—¿Por qué?

—No todos nacemos con el privilegio de venir de una familia con dinero —Giovanni asintió, porque efectivamente, el dinero para quién no lo poseía era apabullante. Él había crecido en el seno de una familia posicionada privilegiadamente en la sociedad, lo había tenido todo y más, no conocía otro modo de vida que no fuera ese. A veces renegaba del dinero, porque creía que la vida era más sencilla sin la parte monetaria, pero luego comprendía, que lamentablemente, en la vida todo era dinero—. Mi sueño siempre fue conocer otros países, otras culturas, Europa era mi cima a alcanzar por su rica historia, tanto antigua como moderna. Pero siempre por una cosa u otra, posponemos nuestros sueños y verdaderos deseos.

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