Un día miércoles, el sol estaba en su mejor punto para derretir mi piel, la profesora de gimnasia me tenía corriendo hace 5 vueltas como una condenada, nunca lleguen tarde a una clase por quedarse en la cafetería. Esta profesora, seguro era de las que se matan haciendo dietas, tiene un cuerpo muy delgado, con un abdomen bastante marcado de tan delgada que es, posee una sonrisa blanca y unos ojos esmeralda, demasiado claros y profundos. Me miraba desde las gradas divertida, nunca quitaba esa sonrisa estúpida, le gustaba ver cómo me moría lentamente en cada vuelta. Y luego de esa rubia estaba yo, una chica de tez pálida que evitaba el sol a toda costa, con un cuerpo promedio y muy pocas ganas de ejercitarse.
A la vuelta 7, ella bajó de las gradas se cansó de admirarme correr y comenzó correr conmigo.
―Espero que no llegue más tarde señorita Blacket.
―Le aseguro que no volverá a suceder profesora Bailón. ―musité con muy poco aliento, me tomó del brazo y me recostó sobre el suelo despacio y sin golpearme.
Me extendió su botella de agua, mientras mi cuerpo yacía inmóvil en el césped, la tomé débilmente y traté de recuperarme en la hierba. Tome un trago largo de agua, lo necesitaba.
―Voy a dejar que se retire, fue divertido verla correr
―Para mí no lo fue
―Entonces, espero que con la clase de hoy entienda que no se debe saltear mi horario
Me extendió su mano y caminamos juntas hacia las duchas. Su mano iba en mi hombro y santo dios, era incomodo, yo tenía todo el cuerpo sudado, y ese tacto por muy suave que sea, se sentía como 10 kilos en mi cuerpo.
―Te esperaré, así te alcanzo a tu casa, es tarde para que te vayas sola.
―Está bien, yo puedo ir en autobús.
―No, dúchate ―ordenó y salió del gimnasio dejándome sola.
Comencé a deslizar la ropa deportiva que cubría mis piernas, luego me quité la musculosa, solo quedé en bragas y sostén. Me acerqué descalza hacia las duchas y abrí la canilla, un chorro de esos que te arrancan la piel salió fuertísimo, el sonido del agua chocando con el suelo de mármol retumbaba en el pequeño cubículo del baño.
El agua se esparció por todo mi cuerpo, erizando mi piel desnuda, nunca me gustó bañarme en este lugar, tenía la sensación de que alguien me miraba cada vez que hacía uso de este lugar, pero deduzco que era mi misma conciencia con el miedo de que alguien entre, tomé el jabón en mis manos y planeé un recorrido desde mis hombros hasta la punta de mis pies. Traté de apresurarme, no quería hacer esperar a la profesora Bailón y ganarme 5 vueltas más.
Mi cabello cayó húmedo en mi espalda, mientras trataba de encontrar mi casillero con mi ropa, este maldito lugar tenía miles y el mío siempre estaba al final del pasillo, donde nadie se atreve a ir. Este escenario daba bastante miedo, la luz tenue haciendo un sonido de corriente, la gotera de la ducha recién cerrada, mis pies descalzos golpeando el cerámico del suelo y un temblor en la dentadura por la baja temperatura que había aquí. Tendría que hablar con mi madre al respecto, pero no me gustaba meter mucho mi nariz en estos asuntos, luego los idiotas de esta institución me trataban de niña rica y blanca.
Los zapatos de una mujer se acercaban lentamente y con calma, intenté apresurarme para dejar mi ropa sucia en la banqueta y abrir el maldito casillero. Estaba tan nerviosa, que la bolilla de la cerradura se resbalaba y me era imposible.
―Señorita Blacket ¿Qué hace aquí? ―oí decir a mis espaldas, giré sobre mis talones, aferrándome a la toalla blanca que cubría mi cuerpo desnudo y mojado.
―Acabo de salir de gimnasia miss Milani
Ella se cruzó de piernas y se apoyó en los casilleros, me miró de abajo hacia arriba y me giré tratando de abrir.
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Aroma a Café
Aktuelle Literatur¿Qué es el amor? No lo sé, dicen que es una sustancia que entra por tus ojos como una fuerte atracción. Que esta ahí, pero no lo ves hasta que empieza a picar y te saca ronchas enormes. Te lastimas, pero te gusta, es necesario ese pequeño dolor que...
