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Jordan insistió en que seis meses era el mínimo de tiempo que exigían la decencia y la imprescindible confección de un ajuar apropiado para la novia. Brenda se negó en redondo a esperar «esa enormidad de tiempo», según sus propias palabras.

Lord Ashford aceptó rebajarlo a cuatro meses, aunque realmente, visto lo visto en el río, él también consideraba que era demasiada espera. En realidad, lo consideraba ciertamente peligroso, como le confesó en privado a su esposa, que le exigió explicaciones.

—¿Sentada en su regazo? —preguntó Jordan tras la gráfica exposición de Max, que se había sentado en la cama, atrayéndola hasta tenerla exactamente en la posición descrita.

Él asintió, distraído, mientras aprovechaba para acariciar las piernas desnudas de su hermosa esposa, que lo envolvían, incitadoras.

—Pero ¿estaban vestidos?

—Eso parecía, sí —confirmó Max, inclinando la cabeza para depositar un beso en el cuello de Jordan.

—¿Lo parecía, o lo estaban? —insistió Jordan.

Max no contestó. Para que lo entendiera mejor, simplemente se desabrochó los botones de su pantalón al mismo tiempo que tiraba de la ropa interior de ella. Sus partes íntimas entraron en contacto, y Jordan dejó escapar un gemido.

—¿Entiendes ahora? —le preguntó Max, cuyas manos la sujetaban por las nalgas y la obligaban a moverse contra sus ingles. Jordan miró sus cuerpos como si fueran un extraño dentro de la habitación. Las faldas de su vestido los cubrían por completo, y a pesar de lo inapropiado de la postura, nadie realmente podría garantizar lo que ocurría bajo ellas.

—Creo que... tendrás que explicármelo con más detalle — suspiró Jordan.

Al fin, fue Thomas Wallace quien se negó rotundamente a celebrar una boda con su consiguiente fiesta, siendo aún reciente el entierro del coronel Stuart, un hombre que había sido tan cercano a ambas familias. Minho comprendía las razones que le exponía su hermano, pero la impaciencia lo corroía por dentro y le impedía aceptar la derrota.

—Puedo escribirte una carta para el gobernador —le dijo su padre cuando ya Thomas se había retirado tras la comida para ocuparse de los asuntos de la plantación—. En cierta ocasión le saqué de un apuro y, desde entonces, somos buenos amigos.

—¿Una carta? —preguntó Minho, no comprendiendo muy claramente lo que le ofrecía.

—Muchacho, para una boda no se necesitan cien invitados ni una gran fiesta; sólo los novios y una persona autorizada para realizar el casamiento —aclaró el viejo, dando una larga calada a su fragante puro—. Si tanta urgencia tienes...

Minho se puso en pie y mostró su mejor sonrisa.

—¿Cuándo cree que podrá recibirnos el gobernador?

Jordan insistió en que seis meses era el mínimo de tiempo que exigían la decencia y la imprescindible confección de un ajuar apropiado para la novia. Brenda se negó en redondo a esperar «esa enormidad de tiempo», según sus propias palabras.

Lord Ashford aceptó rebajarlo a cuatro meses, aunque realmente, visto lo visto en el río, él también consideraba que era demasiada espera. En realidad, lo consideraba ciertamente peligroso, como le confesó en privado a su esposa, que le exigió explicaciones.

—¿Sentada en su regazo? —preguntó Jordan tras la gráfica exposición de Max, que se había sentado en la cama, atrayéndola hasta tenerla exactamente en la posición descrita.

Él asintió, distraído, mientras aprovechaba para acariciar las piernas desnudas de su hermosa esposa, que lo envolvían, incitadoras.

—Pero ¿estaban vestidos?

—Eso parecía, sí —confirmó Max, inclinando la cabeza para depositar un beso en el cuello de Jordan.

—¿Lo parecía, o lo estaban? —insistió Jordan.

Max no contestó. Para que lo entendiera mejor, simplemente se desabrochó los botones de su pantalón al mismo tiempo que tiraba de la ropa interior de ella. Sus partes íntimas entraron en contacto, y Jordan dejó escapar un gemido.

—¿Entiendes ahora? —le preguntó Max, cuyas manos la sujetaban por las nalgas y la obligaban a moverse contra sus ingles. Jordan miró sus cuerpos como si fueran un extraño dentro de la habitación. Las faldas de su vestido los cubrían por completo, y a pesar de lo inapropiado de la postura, nadie realmente podría garantizar lo que ocurría bajo ellas.

—Creo que... tendrás que explicármelo con más detalle — suspiró Jordan.

Al fin, fue Thomas Wallace quien se negó rotundamente a celebrar una boda con su consiguiente fiesta, siendo aún reciente el entierro del coronel Stuart, un hombre que había sido tan cercano a ambas familias. Minho comprendía las razones que le exponía su hermano, pero la impaciencia lo corroía por dentro y le impedía aceptar la derrota.

—Puedo escribirte una carta para el gobernador —le dijo su padre cuando ya Thomas se había retirado tras la comida para ocuparse de los asuntos de la plantación—. En cierta ocasión le saqué de un apuro y, desde entonces, somos buenos amigos.

—¿Una carta? —preguntó Minho, no comprendiendo muy claramente lo que le ofrecía.

—Muchacho, para una boda no se necesitan cien invitados ni una gran fiesta; sólo los novios y una persona autorizada para realizar el casamiento —aclaró el viejo, dando una larga calada a su fragante puro—. Si tanta urgencia tienes...

Minho se puso en pie y mostró su mejor sonrisa.

—¿Cuándo cree que podrá recibirnos el gobernador?


Sólo yoWhere stories live. Discover now