PARTE VEINTIDOS

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Pasó un corto tiempo observando aquellas gotas caer de la llave. Una por una, cayendo al vacío y sin demoras. Lo único que interrumpía esa extraña paz en medio de todos los pasajeros, en medio de toda esa tranquilidad, que gota tras gota iba marcando el paso de los segundos.
Fue en un extraño flujo, que a su vez seguía a la par de ese meneo que el transporte tenía cada que cruzaban por alguna superficie desnivelada.

Era casi como si fuera arrullada, sintió el calor emanando del que fue su protector, y pronto sus brazos la rodearon. Es lo que necesitaba, lo que más anhelaba en esos momentos que se sentía desfallecer.

Por un momento no quiso, o más bien no pudo corresponder el gesto. Miró sus jeans, sucios, y entre la tela apretó sus manos con fuerza tratando de retener esas ganas de llorar. No hubo respuesta alguna por el contrario, sólo siguió ahí para ella hasta que sintió que no pudo más, y finalmente recargó su cabeza contra su pecho, sollozando levemente.

El mayor no se lo impidió, supuso que como parte de su conciencia recibiría palabras de apoyo de esa parte de sí que comprendía el suceso de las cosas.

Cuando abrió los ojos, observó sus manos, temerosa, por aquello que le pudiese decir y que no fuera algo que le sanara el alma debidamente, como otras veces que acudió a él en busca de consejo y ayuda. Una vez más, aparecía desesperada por una solución a la ola de desgracias que le surgían en su vida.

Sin embargo, no llegaba.

— ¿Dónde está tu gorra, dulzura? — Es lo primero que escuchó del mayor, su gruesa voz cargada de sabiduría que en sus momentos más difíciles logró guiarla. Ahora más que nunca la necesidad aumentaba pues no podía dejar de sentirse tan perdida.

Ella se separó, cruzando los brazos sobre su pecho y dijo entre pequeños gimoteos.— No lo sé, no sentí que merecía seguir usándola.

Escuchó al contrario negar, seguía sin poder mirarlo.— No digas eso, nadie más que tú merece usarla, es raro verte sin ella.

Esa familiaridad con la que hablaba le hizo sentirse cómoda, además de sentirse de vuelta a ese momento de su vida en que todo era tan desconocido e incierto, pero que la mantuvo viva el deseo de ver a sus padres, y gracias a la protección de ese extraño que se presentó ese día en su antiguo hogar. Además de que si miraba a los asientos delanteros, podía ver la silueta de esa mujer que cargaba a su amigo agonizante. Kenny estaba conduciendo, y en el fondo de la cabina estaba ese joven sumergido en su propio martirio. Todo estaba bien, no estaba preparada para nada, huían, como siempre. Todavía la situación no se iba al desastre a pesar de su inestabilidad.

Hubo más silencio, pues no encontraba las palabras para empezar, para admitir, para confesar y para lamentarse. El contrario sabía la razón, y dejó de lado esa incógnita que surgía por haber escogido ese sitio para hablar con él y no el usual

Suspiró, y abrió la boca después de observar atentamente a esa joven sobre su regazo.— Supongo que la vida allí afuera se volvió más dura desde que me fui. ¿Cierto?

— N-no tienes idea...— Siguió ella, en calma. Y por fin juntó la fuerza para encararlo, la valentía por fin hacia acto de presencia. Ahí estaba, justo como lo recuerda, no a cambiado nada, por supuesto. Muy a diferencia de ella, que cada vez que lo visita lo hace pero más grande. Esta vez, el fantasma de lo que era antes se había esfumado, ya no daba para más, por lo que no tardó en derrumbarse.
— Lo lamento tanto. Les he fallado, no pude hacerlo, Aj se ha ido...

Darling || CLOUIS || TWDGDonde viven las historias. Descúbrelo ahora