Capítulo 28

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Tres días después de haber despertado en el hospital y que me dieran el alta, porque de milagro no me había roto ningún hueso, estaba preparándome yo sola en mi habitación, mis doncellas tenían los ojos rojos e hinchados de tanto llorar y yo no estaba mejor.
-Estoy lista. - avise con voz ronca, mientras anudaba el último lazo del vestido negro que llevaba. La voz casi se me había arruinado por completo de tanto llorar y de gritar el nombre de Evan.
Mis doncellas estaban sentadas el pie de mi cama y me miraban a través del espejo, Jaida trató de sonreír pero le salió una mueca. Yo no traté de devolverle el gesto. Estaba demasiado devastada como para fingir lo contrario.
En silencio nos dirigimos y subimos a la limusina negra, saludé a Robert con un asentimiento de cabeza y nos colocamos en la parte de atrás. Los recuerdos que me inundaron de esta misma limusina casi hizo que arruinara el trabajo que con tanto esmero hizo Jane.
El velorio se va a llevar a cabo en una mansión enorme, y cuando llegamos suspire con cansancio. Estoy harta de mansiones.
La gente que estaba cerca de las grandes y anchas puertas de la gran cosa nos volteaban a ver con los ojos hinchados y el dolor filtrándose en sus poros.
Sabía el aspecto que deberíamos estar dando, tres chicas vestidas casi iguales, con la diferencia que yo tengo un sombrero que me cubre casi la mitad de la cara y mis doncellas en mis flancos. Todas vestidas de negro, representando el dolor y el luto.
(...)
-Ruega por nosotros. - repetí la oración que desde que comenzó la misa, estábamos diciendo.
Mi voz de vez en cuando se me iba y tenía que dejar que mis doncellas siguieran las oraciones por mí. Yo estaba devastada. El cuerpo me seguía doliendo, pero lo que más me dolía era el corazón. Hace tres días atrás, una parte de mí murió, una parte de la pura inocencia que llevaba.
Personas lloraban amargamente sobre el ataúd que estaba a metros de nosotros. Poco me faltó para desmoronarme allí mismo y hacer lo mismo, pero Jaida me aconsejó retirar todo sentimiento en mi interior. No me podía permitir ver débil, por más que me caía a pedazos.
Una hora y media después las personas empezaban a salir de la mansión, mientras que otros quedaban a hablar con el ataúd, dar sus últimas palabras y demás. Yo no iba a hacer eso, no iba a poder soportar ver de nuevo un cuerpo sin vida, me iba a romper allí mismo dando un enorme espectáculo, algunos estaban dando sus pésame y sus palabras de consolación. Odiaba los velorios, odiaba las palabras vacías que decían las personas y recordé como fue el velorio de mi abuelo. Su sonrisa tan cálida estaba sustituida por una línea sin expresión, sus ojos ya no estaba abiertos y sus manos ya no me sostendrían.
Mientras caminábamos hacia la salida y ya casi llegando a ella, un sollozo involuntario salió de mi garganta y ya no pude contener las lágrimas que lo siguieron. Sentí las manos de mis amigas en mis hombros, además de ser mis doncellas, me aceptaron como amiga y ahora están cumpliendo su rol, dándome consolación y mostrándome que no estoy sola.
La madre, una señora alta, de cabello oscuro recogido en una coleta mal hecha también estaba llorando en los brazos de un señor muy robusto y el cabello canoso. Cuando pasé a su lado, la mujer dejó de esconder su cara en el cuello del señor canoso y dirigió sus ojos color índigo sobre mí. Casi retrocedí ante la intensidad de su mirada, quise encogerme y pasar desapercibida pero era imposible. Reconocía muy bien una mirada herida, cargada de rabia, pena y dolor. Sus ojos me transmitían un mensaje muy claro: “Por tu culpa, por tu culpa, por tu maldita culpa ” era obvio que me culpaba del accidente y de la muerte que hubo.
-Lo siento mucho señora, yo.. - traté de acercarme pero la señora retrocedió y chocó contra el pecho de su marido. Como si la sola existencia de mi ser la repugnase.
-Vete. - susurró con voz ronca, mirando hacia otra dirección.
Fue tan débil que no estaba segura de haber escuchado correctamente.
-¡Te dije que te largues!. - gritó y se alzó en toda su estatura. Ésta vez fui yo la que retrocedió pero con culpa y dolor.
Su marido la agarró y la colocó de nuevo en su cuello, sus ojos también estaban rojos de tanto llorar, pero por encima de la cabeza de su esposa me lanzó una mirada muy dura.
Rápidamente salí de la mansión y las tres nos subimos a la limusina, en donde Robert sin mediar palabra nos estaba llevando a nuestra siguiente parada.
-¿Sabes que la muerte de ese hombre no fue tu culpa verdad?. - dijo Jane totalmente seria y agarrándome de las manos. Desvíe la mirada hacia la ventanilla.
-Conozco la culpa en unos ojos que no deberían tenerla. - dijo Jaida secundando la intención de su hermana menor. - Él fue quien venía en el convertible rojo a 180 km/h, no traía cinturón y tampoco estaba fijándose en la carretera. Su muerte sólo fue culpa suya y de nadie más.
Suspire y coloqué la cabeza en el asiento trasero, mientras cerraba los ojos. Por más que trataba de conciliar el sueño y caer en la inconsciencia, solo podía ver esa escena sangrienta una y otra vez, y ahora sumándole la mirada de reproche de la madre de ese conductor del coche rojo. Por tu culpa, por tu culpa, por tu maldita culpa.

(...)
A pesar del cansancio y que haya arruinado su trabajo espléndido, Jane estaba tratando de subirme el ánimo. Narraba experiencias buenas y alegres de su infancia, algunas cosas tontas que hacía y demás. Pero por más que la oía, la verdad que no la escuchaba. Podía ver sus labios moverse, podía oír las palabras saliendo de su boca pero no procesaba ninguna sola información. Quería disculparme con Jane por mi falta de atención cuando me di cuenta que ya no estaba hablando, Jaida tenia una de sus muñecas en su mano, con un agarre suave pero firme, y se estaban mirando directamente al rostro.
Suspire por millonésima vez en el día, están haciendo esa cosa de comunicación de gemelas telepáticas  (CGT), en realidad es sólo el nombre que le puse porque no tengo ni la mejor idea de como lo hacen ni como se llama. Estoy empezando a odiar su CGT. No puedo imaginar qué en la vida podrían decirse en este momento.
Jane abrió la boca pero una voz en el intercomunicador la cortó.
-Ya hemos llegado. - avisó Robert y la pequeña luz roja que se encendía cada vez que funcionaba, se apagó.
Salí con rapidez sin esperar a las gemelas y me adentré al hospital. El hospital olía exactamente a lo que era: a Hospital.
Otra cosa que odio es los hospitales, las personas sufriendo, las enfermedades respirandose en el aire, las lágrimas derramadas, las oraciones desesperadas. En fin, los hospitales.
Pasé por recepción y encontré a una enfermera anotando datos y demás con un teléfono en la oreja.
-Lo siento, soy Abbeville Howland y vengo..
-Señorita Howland, pasillo 3 habitación 8.- contestó la enfermera y siguió anotando lo que sea que estaba anotando.
Me encogí de hombros, parece que ya estaban esperando mi llegada.
Caminé por dos pasillos casi interminables y el olor a desinfectante me hizo marear. Justo cuando estaba por dar media vuelta y volver por donde vine porque estaba pensando que me perdí, divisé un cartel

Pasillo III

Solamente tuve que subir la vista y dos puertas más allá estaba la puerta 8
Ihnale y exhale. Pase mis manos por el vestido negro y tratando de que mis tacones hagan el menor ruido me adentré a ese dormitorio.
Las paredes blancas daban al interior mucha más iluminación que la que mis ojos pueden soportar. Parpadee unas cuantas veces hasta que mis pupilas pudieron adaptarse y recorrí con la mirada la estancia.
Todo era blanco, las máquinas, las paredes, el techo, el piso y hasta incluso la cama.
Jadee en cuanto vi al hermoso chico semirrecostado por la cama y la pared. Estaba con la mirada baja, leyendo un libro y solté una risa no sé si de alivio o de nerviosismo o de locura. Sólo sabía que Evan estaba a dos metros de mí, con una gasa en la frente y una venda en la cabeza y  con esa vieja costumbre suya de leer, y me alivió que estuviera bien, vivo y con sus viejas actitudes.
Sin que me diera cuenta mis piernas avanzaron por sí solas hasta Evan, que soltó su libro y yo lo rodeé con mis brazos lo más fuerte que podía permitirmelo. Él tenso todos sus músculos y retrocedí con disculpas en la punta de mi lengua. Está todavía en el hospital y a mi se me ocurre abrazarlo con fuerza. ¡Que tonta!
-¡Te extrañé tanto Evan!. - digo con una sonrisa en el rostro y la felicidad amenazando con hacerme saltar en mi lugar.
Evan ladeó la cabeza y me observó por un rato, sus ojos eran opacos.
-¿Quién eres tú y por qué te das el privilegio de tocarme?
Retrocedí como si me hubiera dado un golpe en el rostro, yo traté de verme en sus ojos como solía hacerlo pero solo encontré frialdad y recelo.
Yo ya no me reflejaba en los ojos de mi amado Evan y él no me recuerda.

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