Capítulo once

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—¿Si no te las tomas te mueres o qué?

—No, peor.

Me arrepiento mentalmente de no haber metido el frasco de pastillas en mi bolso al salir.

—¿Podrías ir más rápido por favor?— espeto molesta.

Noto como Ranger frunce el ceño y me dedica una mirada de pocos amigos.

—Si tal vez me dijeras qué es lo que tienes— dice con un tono aburrido, encogiéndose de hombros.

—¡No puedo!— trato de no sonar molesta, pero mis esfuerzos son en vano— ¿¡Es qué no lo entiendes!?—un suspiro fastidiado brota de mis labios— Si te lo digo, te vas a alejar de mi. O mucho peor, yo te voy a alejar—digo en un hilo de voz.

—Yo no me voy a...— trata de hablar pero lo interrumpo.

—No Ranger, no me digas que no te vas a alejar. Sabes que no confío en ti. Aún no conozco tus intenciones. Pero sé que no son relativamente buenas. Así que ahórratelo y no me digas que no te vas a alejar, porque cuándo cumplas tú misión te vas a alejar de igual forma. Así que por favor te pido, no trates de meterte en mi vida si luego te vas a ir.

Estaba tan sumergida en la conversación que no me percaté que estábamos estacionados al frente de mi casa.

—Gracias— me limito a decir y salgo del auto.

Sé que Ranger tenía cosas que decir pero no estaba de humor para escucharlo. Una oleada de frío me azota al salir del coche y me estremecí. Caminé con lentitud hacia la casa, sabiendo que al entrar por esa puerta, comenzará el caos.

La sensación familiar de estar siendo observada me azota rápidamente. Trato de mirar por el rabillo del ojo y verifico que el auto de Ranger ya no está ahí.

Me obligo a empujar la sensación fuera de mi cuerpo. Solo es la paranoia de saber que no he tomado el medicamento que hace que me sienta así.

Un hormigueo me recorre la parte trasera de el cuello y un escalofrío choca contra mi espalda. El sentimiento de estar siendo observada aumenta en cantidades industriales. Apuro mi paso y al estar frente a la puerta, saco mi celular para verificar la hora.

12:56 am

Mi corazón da un vuelco furioso mientras mi mano gira la perilla con cautela.

Cierro la puerta detrás de mi mientras le doy una vista panorámica a toda la estancia.

No me molesto en ser silenciosa ni mucho menos en moverme con cuidado, porque sé que mi madre está ahí.

—¿Cuál es tú excusa ahora?

Ruedo los ojos.

—No estaba pendiente de la hora— me encojo de hombros.

—¡Por dios Hazel! ¿¡Acaso sabes lo inconsciente que estás siendo!?

Bajo mi mirada hacia su mano y noto como menea el frasco de pastillas en un movimiento brusco.

—Sabes muy bien las consecuencias que provoca el no tomarte tu medicamento Hazel.

—Ya estoy acostumbrada.

—¡No me importa si estás acostumbrada, maldita sea!— cada palabra suena más molesta que la anterior —. Haz lo que quieras, ya me cansé de pelear contigo. Pero eso sí, cuando vayas en el avión hacia aquel internado, no te quejes.

Da la vuelta al compás que deja el frasco de pastillas caer al suelo.

Recostada en mi cama me percato de que aún llevo la ropa de Ranger y no me molesto en quitármela. Supongo que mi mamá estaba tan molesta por lo del medicamento, que no se dio cuenta el tipo de ropa que llevaba.

La sensación de estar siendo observada no tarda en aparecer. Trato de mantener mi mente ocupada para no pensar en eso.

¿Cómo Ranger sabía donde vivías?

Esa pregunta automáticamente apareció en mi mente y todo dejó de tener sentido.

Nunca le di mi dirección a Ranger, nunca le dije donde vivía. Las cosas cada vez se empezaban a poner más raras.

Decidí descansar algo e interrogar a Ranger después.

***

Me encuentro en un auto con tres personas que no logro identificar. Todos me parecen conocidos pero sus caras se ven borrosas.

Hay un hombre conduciendo. A su lado una mujer. Y en el asiento de atrás, a mi lado hay una niña como de unos diez años.

—¿Haz, tienes hambre?

Involuntariamente meneo mi cabeza en un gesto negativo. Pero no fui yo quién lo hizo. Es como si yo sólo estuviera flotando en mi cuerpo, solo observando lo qué pasa a mi alrededor.

Por más que trato identificar los rostros no puedo. Me parecen tan familiares y al mismo tiempo tan desconocidos. No sé porque. Pero la sensación de felicidad y tranquilidad me invade. Me siento en paz. Por primera vez en muchos años me siento en paz.

Pero el sentimiento de paz no dura mucho.

Lo único que puedo alcanzar a ver es un camión a una distancia mínima del automóvil en el que me encuentro. Un grito estrangulado sale de mi garganta.

Después todo es caos.

Solo puedo escuchar gritos desgarradores. El chirrido del metal contra el asfalto. Escucho a alguien pronunciar mi nombre en la lejanía. Un dolor punzante me recorre la espalda y grito en respuesta.
Me despierto con la respiración acelerada y el corazón dando volteretas en mi pecho.

El sudor que me invade es tan grande qué hay manchas en la sabana.

Mi espalda duele. Es el rastro de un dolor, pero aún así duele. Meto la mano por la parte trasera de mi camisa hasta tocar la cicatriz en mi espalda. Una cicatriz que según mi madre, es de nacimiento.

—Solo fue un sueño— digo con voz entrecortada para tratar de calmarme.

Mis pulmones arden por la aceleración de mi respiración.

Tengo un manojo de emociones en mi cabeza. El alivio es la que más me llena al saber que solo ha sido un sueño.

Pero hay algo que está mal. Hay algo incorrecto. Hay algo que no encaja. Hay algo que falta. Y todavía no lo entiendo.

¿Quiénes eran esas personas? ¿Qué fue lo qué pasó? ¿Por qué sentí el dolor como si hubiera sido real?

Es como si mi vida fuera un rompecabezas y la única pieza que falta se hubiera perdido.

StormDonde viven las historias. Descúbrelo ahora