Capítulo 9

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Hospital psiquiátrico Ville Lorent.

Solo la ventana le brindaba esperanzas de verlo llegar, de advertir el arribo de su ser más amado. Esto se repetía cada día, o al menos cada que Addison tenía la necesidad de hacerlo, ilusa por revivir lo que sus sueños permitían.

La basta noche, a través del empañado vidrio, le aseguraba de una breve calma. Ella, sentada en su silla, volvía a perder la batalla contra aquello que la seguía manteniendo aferrada a lo que alguna vez dijo aprender a evitar.

Hace casi cuarenta minutos que la llegada de Barret la sacó de un breve y plácido sueño, motivándola a frecuentar uno de los jardines del hospital, en donde los rosales le hacían sentir verdaderamente lo mismo que el detalle con que ese miserable hombre se había presentado.

La amable enfermera Grace se encargó de traer a su paciente de vuelta a la habitación 5-B en el tercer piso; y la dejó ante el conticinio filtrado por la ventana, hasta que llegara la hora de volver a dormir, labor de la que había de encargarse el cocinero, como cada tercer día.

—Muero por verte entrar por la puerta de mi habitación con un ramo de flores —susurró Addison—. Lograr tocarlas...

El rechinido de la puerta la alarmó y le hizo voltear. Era Heymanns, quien no tardó en ingresar.

—Buenas noches, Addy —saludó sonriente el cocinero, y luego se acercó a ella con un catéter, un pequeño tubo plástico y una jeringa.

La paciente se levantó nerviosa de la silla.

—¿Qué tal? Heymanns —respondió tímida.

—Oh no, belleza, no te levantes —dijo, volviéndola con fuerza a la silla y tomando uno de sus brazos.

—Creí que sería en la cama.

—No está vez —respondió, colocándole el catéter y conectándolo a aquel tubo—. Estás más nerviosa que en otras ocasiones.

Heymanns se apresuró a inyectar la dosis que haría caer dormida a la paciente, y con que se seguía el respectivo tratamiento.

Addison no mencionó palabra alguna luego de sentir el paso de la desconocida sustancia bajo su piel. El cocinero se acercó con rapidez hacia la puerta para asegurarse de la ausencia de personal en el pasillo. Habiendo dado cuenta de ello, la cerró y retornó.

—Tranquila Addy —dijo, acariciándole el cabello. Ella comenzaba a caer rendida—. Esto será rápido para ti. Yo no me apresuraré.

Incapaz de hacer frente a la incomodidad de la presencia de tal hombre, Addison esperaba a que el sedante le apartará de esas agobiantes sensaciones, y que en su inconsciente sus más profundos deseos tomarán las riendas. Así, se trasladaba a un escenario que no sería capaz de hacer realidad, uno en el que el hecho de empuñar un cuchillo con restos de la sangre de Heymanns, le apaciguaría hasta el amanecer.

Luego de haber realizado su cometido, sobrellevado por besos y caricias, el cocinero se retiró de ahí, de la habitación en que dejaba descansar a quien estuvo, desafortunadamente y como otras veces, a su intemperie.

Addison corría por los lisos y resbaladizos pasillos.

Pronto llegó a las escaleras para su descenso al último piso. Su perturbada respiración iba de la mano de lo que a su vista nublaba, y le impedía advertir los últimos destellos de las lámparas de techo que le guiaban. Escapar de un ansiado crimen le conducía hasta la entrada del hospital, con la prueba del delito en mano.

Las puertas de la salida yacían cerradas; parecían estar fundidas entre sí, estancas, encadenadas para apresar a la asesina sumida en la preocupación de ser atrapada.

LA RUE BELLEVILLEDonde viven las historias. Descúbrelo ahora