Capítulo 25

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Horas después. Al anochecer. Bajo la eterna lluvia.

La fuerte tormenta pudo haberse encargado de despertarla, de abrir sus marrones ojos a los que el fulgor de unas velas, en el interior de aquella habitación, la hacían salir de un corto sueño prolongado durante tiempo incierto; tiempo en que posibles eventos significativos le mantuvieron aislada.

—Addison —llamaba con debilidad, resintiendo la esponjosa y cómoda cualidad de la alfombra sobre la que yacía tendida, esa alfombra conocida e inolvidable.

Natalie progresivamente arribaba a la realidad, la realidad que le permitió advertir una vela frente a ella, y más allá, tal vez dos metros más adelante, una presencia.

Alarmada se sintió cuando cayó en cuenta de que esta última no era la de Addison. Ella no estaba ahí.

—Buenas noches —escuchó Natalie, decidida a levantarse y encontrarse en medio de un dormitorio imperado por esos objetos de peculiar luminiscencia, dejando ver un conjunto de pétalos de rosa formados en un muy significativo símbolo que le trasladó a los más amados y recónditos de sus recuerdos.

—¿En dónde está ella? —inquirió exasperada a la, hasta hace unos momentos, extraña presencia; la del hombre que, frente a las puertas abiertas del balcón, le daba la espalda, y que resaltaba su figura gracias a la luz filtrada del exterior.

—En la misma situación que tú —respondió aquel, sin voltear a verle.

Preocupada, Natalie comenzó a observar todo cuanto fuera posible a su alrededor. De no haber sido por el largo paso de los años, habría determinado definitivamente dónde se encontraba.

—¿De qué habla? ¿Qué lugar es este? Le suplico no me haga daño, no fue mi...

—Natalie, Natalie Bellerose, qué rápido lo olvidaste.

—¿Qué es lo que quiere? —cuestionó, regresando su atención a lo que los pétalos formaban.

—Terminar con esto de una vez por todas — respondió, retirándose su sombrero y volteándole a ver.

Natalie se vio ante un rostro conocido.

—¿Acaso eres...?

—Si no recuerdas el lugar, al menos esto te ayudará.

—Es tu habitación —respondió, mirándolo angustiada a los ojos—. Aquí es donde todo comenzó. Así es como me pediste ser tu novia... Richett Loewi.

Simultáneamente, Addison había de despertar casi de la misma manera, en Grasse, la calle en que vivió gran parte de sus desgracias, a manos del temido hombre que ya le susurraba con cariño al oído, acompañándola a un costado de la cama.

—Tu presencia me hace sentir tan afortunado.

—Natalie... —balbuceó, a punto de despertar.

La melancolía volvía a azotar en las alteradas emociones de una mujer en un peligroso y fortuito encuentro.

—Nunca te olvidé, Natalie, te he buscado por años, por lugares que conocieron a un hombre enamorado —dijo Richett, acariciándole intimidante una de las mejillas.

—¿Por qué lo hiciste, por qué ahora? Ya te he olvidado.

—No tenías que hacerlo.

—No debiste huir de esa manera. Pudimos haber superado juntos esa tragedia, pero...

—Sé que en algún momento volviste a recordarme. Aunque hayan pasado doce años, si hubieras hablado de mí, me habrías añorado como yo lo hice.

LA RUE BELLEVILLEDonde viven las historias. Descúbrelo ahora