Capítulo 3

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Cuando despierto, veo que aún sigue siendo de noche.

Giro sobre la cama. Y con ayuda de la luz de luna que entra por la ventana abierta, distingo que Peeta se encuentra sentado sobre el colchón, con las manos cubriéndole la cara, mientras respira de manera agitada.

Me siento casi al instante, y con cautela le pongo la mano sobre la espalda. Él se sobresalta con el contacto, sus músculos se tensan bajo la tela de la camiseta.

—¿Estás bien? —susurro con cautela.

Sacude la cabeza, aparta las manos. Pero no parece tranquilo.

—Es sólo una pesadilla —traga, noto que la mano le tiembla ligeramente mientras la pone en mi rodilla.

Me acerco otro poco. Le acaricio la espalda.

—¿Quieres hablar de ello?

Niega con la cabeza. Y, a pesar de la oscuridad, y de que no voltea a verme, distingo el terror y la aflicción en su mirada.

Recargo la mejilla en su hombro, le acaricio el brazo con suavidad.

—Hay veces en las que de verdad detesto que sea de noche —susurra, suena algo alterado—, siento que la oscuridad revive mis peores recuerdos.

Voltea a verme, sonríe débilmente.

—Pero te tengo conmigo —suspira con algo de alivio.

Le rodeo el cuerpo con los brazos, abrazándolo con fuerza, queriendo hacerlo sentir protegido. Así como él lo hace conmigo. Dejo un beso en su hombro.

—Todo está bien —susurro—. Estamos a salvo, ya nadie puede hacerte daño.

Asiente con la cabeza, buscando creerme.

—Ven —lo tomo del brazo, para que vuelva a acostarse—. Hay que dormir.

Me acuesto, y lo acerco a mí. Hago que recueste la cabeza sobre mi pecho. Se deja, y siento que desliza su brazo por mi abdomen.

Me abraza, necesitando el contacto, y cierra los ojos con cierta angustia. Le acaricio el cabello rubio, quitándole los mechones que le caen sobre la frente.

Sigo acariciándolo por varios minutos, esperando que caiga dormido. Pero no sucede. Su pesada respiración es la prueba de que sigue despierto.

El hecho de que Peeta aún no pueda dormir, significa que esta será una noche complicada.

A veces hay noches así, donde alguno de los dos no consigue conciliar el sueño debido a las terribles pesadillas. Pero siempre estamos ahí para el otro, para protegernos.

Pasamos el resto de la noche abrazados, en una tierra intermediaria entre los sueños y la vigilia. Sin hablar, porque tememos molestar al otro, y con la esperanza de poder acumular algunos preciados minutos de descanso.

Nos enfrentamos a la oscuridad como lo hacíamos en la arena, abrazados, protegiéndonos de los peligros que puedan caer sobre nosotros.

Nos protegemos entre nosotros. Como lo hemos hecho desde aquellas noches en el tren.

Eso es lo que Peeta y yo hacemos, nos protegemos el uno al otro.

° ° °

Me quedo sentada en el pasto, escuchando el sonido de las aves que aletean sobre mí.

Recargo la espalda en el tronco del árbol, sintiendo cómo se forma un terrible vacío dentro de mí.

Bajo la mirada a mis manos, y examino por interminables segundos las delicadas palabras perfectamente escritas que están plasmadas en el sobre blanco.

Volver a vivirHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora