Capítulo 6

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Despierto gritando, con el corazón latiéndome desbocado y con las lágrimas bajando sin control por mis mejillas.

Me cubro el rostro con las manos, y busco desesperadamente la manera de tranquilizarme. Algo que parece verdaderamente imposible, porque acabo de revivir uno de los peores momentos de mi vida.

No puedo dejar de temblar, y la sensación de que no puedo respirar empeora cada vez más. Y por más que lo intento, no consigo detener los sollozos que salen de mi boca ante la terrible y vívida imagen de mi hermana envuelta en llamas.

Han pasado algunas semanas desde el día en que se cumplió un año más de la muerte de Prim. Aún así, esta clase de pesadillas han estado atacándome a menudo.

Y no sé exactamente porqué.

Siento que los brazos de Peeta me rodean, mientras él me dice palabras tranquilizadoras.

—Respira —susurra, y me acaricia la espalda—. Tranquila, sólo fue una pesadilla.

En un reflejo automático, me giro hacia él y lo abrazo con fuerza mientras intento dejar de llorar.

Escondo la cara en su cuello, y cierro los ojos mientras él me sigue acariciando la espalda.

Su respiración relajada consigue calmarme. Y el terror experimentado por la pesadilla se desvanece poco a poco con ayuda de la seguridad que me brinda su abrazo.

Después de un par de minutos, Peeta se separa de mí y me limpia las lágrimas con el pulgar.

—¿Ya estás más tranquila? —murmura.

Sólo asiento con la cabeza. Me llevo la mano al corazón, y la dejo ahí, intentando calmar los acelerados latidos.

—Todo está bien —me asegura—. Sólo ha sido un mal sueño.

Vuelvo a asentir con la cabeza, y me limpio la nariz con el pañuelo de papel que está sobre la mesita de noche.

Peeta vuelve a recostarse, y extiende sus brazos hacia mí. Sin dudarlo, me acurruco con él y dejo que me abrace.

—Hay que intentar dormir, ¿de acuerdo? —murmura sobre mi frente.

—Está bien.

Intento respirar con normalidad y tranquilizarme, pero los acelerados latidos de mi corazón no permiten que me calme.

Cierro los ojos mientras siento que Peeta me acaricia el cabello. Y a pesar de que ya estoy más calmada, siento que más lágrimas se deslizan por mi cara gracias a los recuerdos.

Este tipo de sueños son los peores. Porque no sólo son pesadillas, son cosas que viví en el pasado. Cosas que aún me atormentan por las noches.

Me quedo abrazada a Peeta como si él fuera mi salvavidas. Como si él fuera aquello que necesito para no hundirme.

Minutos más tarde, casi sin darme cuenta, vuelvo a quedarme dormida. Envuelta en el reconfortante calor de su cuerpo.

º º º

Cuando entreabro los ojos, veo que ya entran los rayos de sol a través de la ventana.

Mi cabeza descansa sobre el brazo de Peeta, y siento su cálida respiración chocar contra mi frente.

Abro más los ojos, él ya está despierto.

—Buenos días —me sonríe—. ¿Cómo amaneciste?

—Bien, supongo. 

Sus ojos me recorren la cara, su dedo índice pasa suavemente por mi mandíbula. 

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