Capítulo 9: Desde ahora, tú y yo no somos nada

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                          CAPÍTULO IX

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                          CAPÍTULO IX

Nuestros pasos se detuvieron ante la verja que se extendía ante nosotros. No era una casa muy grande, mas bien se asimilaba a un hogar diminuto, pobre y con deudas por saldar. El lado del cobertizo se mostraba descorchado, con pocas vallas. Las que había, estaban deterioradas y oxidadas por el tiempo. La casa era gris blanquecino, con un pequeño porche que te recibía de manera acogedora en la entrada.

Ladeé la cabeza cuando lo vi introducir la llave en la cerradura. Instintivamente, giré mi cabeza desconfiada hacia él. Esto parecía el principio de un episodio de CSI Las Vegas, justo antes de que se presente el asesinato a los agentes.

—Discúlpame por el recibimiento —sonrió—. Como podrás comprobar no tenemos dinero para nada mejor.

Asentí aún desconfiada cuando empujó el portón y cruzó al interior. Le mandé mi ubicación a mis amigos, a pesar de saber que eran los que posiblemente me mentía. Mateo lo ignoraría, Maya posiblemente ni lo vería por estar con él, Adam estaba en vete tu a saber dónde y Victoria tenía el móvil medio roto. Pero no tenía a nadie más, así que era lo que había.

Pero eso el chico no lo sabía.

—Que sepas que les he mandado mi ubicación a todos mis amigos, si no respondo como siempre vendrán todos a buscarme —mentí—. ¿Comprendes?

El joven asintió y abrió la puerta principal. El olor a incienso inundó mi sistema, seguido de el ruido de la lluvia que comenzaba a repiquetear contra las ventanas en el exterior.

—Genial, lo que me faltaba —susurré.

Nada más entrar la cocina se expandía ante nosotros, y si mirabas hacia la derecha, veías la sala de estar, directamente comunicada con esta última. Al mirar hacia arriba en la misma dirección se veían unas escaleras que llevaban a Dios sabe dónde.

Me observó con interés mientras dejaba las llaves sobre el recipiente de la isla en la cocina.

—Mi hermana tiene su ropa en la planta de arriba, ¿vienes?

—Mejor bájala tú.

Se alzó de hombros y subió él solo. Aún estando sola me sentía incómoda, totalmente fuera de lugar. No se escuchaba a nadie más en la casa, solo estábamos él y yo.

El mensaje de aquel chico que se negaba a darme su nombre resonó en mi pantalla.

—"¿Ya te lanzaron un Avada Kedrava? Es que lo sabía, no se te puede dejar sola".

Sonreí ante el mensaje.

—"Tampoco estabas aquí".

—¿Quién dice que no? Igual te estoy observando desde una ventana.

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