Intenté hacer la forma de la boca, pero no pude. Traté de darle vida a los ojos, pero me fue imposible. Solté el pincel en un suspiro.
El taller de dibujo del instituto estaba vacío a estas horas. Los últimos rayos de sol se colaban por el ventanal, envolviendo todo en una continua danza de tonos dorados.
Kenneth no salía de mi cabeza. Ni el ni las técnicas que me enseñó de pequeña para trazar el lienzo. Pero yo me encontraba completamente bloqueada, perdida.
Escuché como la puerta se abría a mi espalda en un sonoro chirrido. Apreté el pincel entre mis dedos, estresada.
—Las clases han terminado, vuelva en otro momento —escupí.
Al instante me arrepentí de mi tono, pero me enfadé aún mas cuando sentí que la persona no se movía.
—Las clases han terminado, disculpa, vuelva mañana a primera hora antes de que empiecen las lecciones y le podré hacer un hueco en la agenda.
Pero lo único que se escuchaba era aquella respiración agitada, inquieta. La persona contuvo la respiración cuando tomé mi segundo pincel.
Traté de trazar el lienzo, pero la presencia de aquella persona a mi espalda me incomodaba, la sensación de sus ojos en mi nuca.
Solté un bufido y me giré, molesta, preparada para echarla. Pero cuando lo hice, lo único que pude ver fue como la puerta se cerraba de golpe, sacudiéndose como si un misterioso fantasma hubiese salido por ella. Me estremecí al instante.
—¿Se puede pasar?
Aquella voz me hizo girarme como un rayo hacia la puerta. Kenneth frunció el ceño y esbozó una sonrisa traviesa.
—¿Tanto deseabas verme?
Puse los ojos en blanco y volví a mi lienzo. Sentí como Kenneth buscaba algo a mi espalda y lo vi tomar una silla para sentarse a mi lado. Tardó varios minutos en darse cuenta de mi distancia.
—¿Estás bien?
Sonreí de lado.
—Claro que sí.
Pero lo cierto era que no se podía estar tan mal después de enterarte de que el amor de tu vida no te recordaría jamás como la chica tormenta que lo salvó. Nunca más. Ladeé la cabeza cuando hizo el ademán de tomar mi mano.
—Te noto inquieta.
—Siempre estoy así.
—Mentira.
Él observó el lienzo en blanco ante nosotros.
—¿Por qué no dibujas?
Mi corazón se apretó.
—No estoy inspirada.
—Entonces déjame ayudarte.
Me hundí en mi banqueta cuando él comenzó a explicarme como podía hacerlo. Sus explicaciones eran exactamente las mismas que las que yo le hacia enseñado de niña.
Mi mente divagó entre la decisión de contarle la verdad o no mientras su voz se convertía en el viejo olvido de lo que alguna vez llegó a ser para mí. Un faro en la oscuridad. Solo que esta vez, su faro se había apagado, dejándome perdida en las tinieblas.
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Exhala
RomantizmDanielle Evans. Una chica demasiado madura como para considerarse una niña pero demasiado inestable como para ser un adulto. A lo largo de su corta vida ha tenido que soportar tempestades desastrosas, muertes, gritos y dolor. Todo ello la llevó a...
