Danielle Evans. Una chica demasiado madura como para considerarse una niña pero demasiado inestable como para ser un adulto. A lo largo de su corta vida ha tenido que soportar tempestades desastrosas, muertes, gritos y dolor.
Todo ello la llevó a...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
CAPÍTULO I
—Señorita Evans, ¿le parece más interesante ese dibujo que mi clase?
La voz de mi profesor de historia me hizo alzar la cabeza, tomándome por sorpresa. Apreté el lapiz negro en mi mano y alcé la mirada, temerosa. Sostenía su compostura ante mí, crítico, espectante a una explicación, con aquellos regordetes brazos cruzados sobre su pecho en un gesto típico.
Inconscientemente miré a mi alrededor y me arrepentí al instante. El resto de la clase me observaba entre risas y cuchilleos fugitivos. Mis antiguas amigas se sonrieron entre ellas por mi falta y los que me había traicionado murmuraron. Todos esperaban una respuesta.
«Oh no, otra vez no».
Odiaba con todas mis fuerzas ser el centro de atención. Después de lo que había pasado, de que todo se echase a perder, lo único que quería es que me dejasen en paz, que nadie me molestase. "Una última tormenta antes de la calma". No era algo que necesitase.
Miré a ambos lados, en busca de ayuda. ¿Sería tarde para precipitarme por la ventana?
—No, no señor —bajé la cabeza avergonzada.
—¿No hace nada importante? —su voz me daba arcadas. Estaba cargada de un sarcasmo vomitivo, parecido a cuando la gente trata de imitar a mis personajes literarios pero no les funciona en absoluto.
—No.
—Entonces no le importará que lo lea en voz alta, ¿verdad?
Las alarmas se activaron en mi cabeza, gritándome peligro al instante. Quise atrapar mi cuaderno, pero antes de que estirase por completo el brazo, aquel monstruo lo tomó entre sus manos.
Lo evaluó con la mirada seriamente, y al final, dejó escapar una risa de burla ante mis palabras plasmadas en el papel.
—¡Pero si dibuja! —exclamó con sarcasmo, y todos rieron— ¡y también sabe escribir!
—Démelo —susurré aún con la cabeza baja porque sabía las consecuencias.
Pero en vez de dármelo directamente, me miró por unos instantes con aquella repulsiva mirada y se giró hacia los demás con una sonrisa de superioridad.
—Decidme, chicos, ¿queréis escuchar algunas palabras de nuestra escritora?
Cómo no, todos respondieron al unínsulo, salvo los que no se enteraban.
—¡Sí!
Sus afirmaciones lo gratificaron, y tras mirarme una última vez con advertencia y diversión, comenzó a leer.
—Oh, oh, esto no es normal para tu edad. Es demasiado... depresivo.