Danielle Evans. Una chica demasiado madura como para considerarse una niña pero demasiado inestable como para ser un adulto. A lo largo de su corta vida ha tenido que soportar tempestades desastrosas, muertes, gritos y dolor.
Todo ello la llevó a...
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Dos semanas después
Apreté mi frente contra las sábanas. No tenía ganas ni fuerzas para levantarme. Me sentía completamente muerta y plomiza por dentro, tanto que a penas pude gimotear cuando alguien abrió mi ventana, dando paso a la luz que, en ese preciso instante, se había convertido en mi peor enemiga.
—Arriba.
—No... —gimoteé, y la voz de Alejandro llegó a mis oídos.
—No me importa tu opinión.
—Alejandro...
—Que te levantes.
Ni siquiera sabía cómo había entrado en mi casa. Ya me imaginaba a mi padre asesinándolo nada más verlo.
—¿Cómo has entrado?
—¿De verdad quieres saber la respuesta?
Me removí en la cama. Era mejor no saberlo. Quien sabe lo que había decidido hacer para colarse.
Me tapé con las sábanas hasta la cabeza. Todo era horrible. Aquella noche, había salido corriendo hacia lo que mi mente tenía como mi hogar. El bosque. Por lo visto, me había desmayado segundos después por la sobrecarga, ya que Alejandro me había encontrado allí, según él, babeando sobre un árbol.
No había vuelto a salir de casa desde entonces.
Pero que yo no saliera no significaba que la gente no lo hiciera. Mi secreto corría como la pólvora por las calles, seguido del testimonio inventado de unas cuantas personas que ni siquiera se habían encontrado en esa habitación durante el suceso.
Mi ex novio había acabado en urgencias, mientras que mi mejor amiga había estado esparciendo rumores sobre mi y mi supuesto afán a criticar a todo el mundo. Todos se volvían contra mi y yo a penas podia moverme en defensa.
Y en cuanto al chico tormenta... nada. Ni una sola palabra. No había vuelto a saber nada de él en todo este tiempo. Al principio me sumí en una tristeza inmensa, preguntándome si sería mi culpa.
Después, la rabia se apoderó de mi y opté por culparlo de todas mis desgracias. Era un maldito hijo de puta egoísta. Pensé que si me hubiese hablado esa noche yo no habría salido y que nada habría pasado.
Aunque luego lo reflexioné y me di cuenta de que no era su culpa porque aquello sería dependencia emocional.
Pero por lo visto nada de esto le importó a Alejandro, porque no dudó ni un instante antes de arrojarme un balde enorme cargado de agua fría sobre mi cuerpo.
—¡¿PERO QUÉ HACES!? ¿ERES...
Me levanté rápidamente al sentir mi ropa húmeda pegándose a mi cuerpo. Él me sonrió angélicamente desde la puerta.