Capítulo 2: Una luz en la tormenta

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                          CAPÍTULO II

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                          CAPÍTULO II

Las luces de mi "hogar" en la oscuridad captaron mi atención de manera perezosa mientras me encaminaba hacia el foco.

Ya había oscurecido, el viento agitaba mis mejillas y las cogelaba, haciéndome estremecer en el interior de mi abrigo rojo y negro. Metí las manos en mis bolsillos observando la calle ya vacía, ausente de vida y felicidad.

Me recordaba a una ciudad fantasma, esas de los libros en las que transcurrían asesinatos o sucesos paranormales sin explicación que quedaban resueltos por miedo como una broma pesada.

Paré mis pasos frente a la entrada, suspire profundamente, armándome de valor, esbocé mi mejor sonrisa perfecta por ellos y giré la llave en la cerradura.

Los gritos de dos niños pequeños inundaron mis oídos nada más entrar, así que hice una mueca y resistí las ganas de lanzarlos por una ventana mientras cerraba la puerta.

Cuando llegué al comedor después de dejar el abrigo en el perchero, sacudiendo la nieve, y miré con una sonrisa a mi familia, el gesto se me cayó por dentro en picado.

Los hijos de los amigos de mis padres, aquellos molestos niños gemelos, correteaban de lado a lado de la casa entre gritos y llantos, jugando, supongo.

Mis padres se encontraban en la mesa con la familia de la novia de mi hermano, conversando sobre algo que no me importó. En nada me di cuenta de que la novia perfecta del idiota que vivía conmigo me observaba sin disimulo, analizándome, ignorando a sus hermanos, de los cuales uno de ellos cayó al suelo en ese instante, poniéndose a llorar.

Reprimí la risa y la madre se acercó alarmada al niño, murmurando infinidad de palabras hsistericas sin sentido, ignorando todo lo demás.

En cuanto mi madre notó mi presencia y sonrisa, se giró de golpe para mirarme enfadada.

—¡Danielle Evans!

Oh no, otra vez no.

No pude apartar la mirada, pero sentí como todos menos los padres que se preocupaban por su hijo pequeño mimado se giraban para observar la situación.

—¡Me han vuelto a llamar de dirección! Tan solo te metes en problemas, ¿cómo te atreviste a gritar así a un profesor?, ¿a decirle esas barbaridades delante de todos? Debería darte vergüenza, ¡mira en que posición nos has dejado! Ahora todos hablarán del nuevo desastre y bochorno de la familia Evans.

—Oh vamos mamá, a la gente solo le importa criticar y lo sabes, no seas tan exagerada...

—¿Que no sea tan exagerada? —exclamó alucinada, muerta de rabia—. Me ha llamado el jefe de estudios, con un disgusto tremendo, contándome que le habías sacado temas personales de su pasado para debilitarlo y...

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