Capítulo 22 : Recuérdame

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—¿Te vas ya?

Mi madre me observó desde la puerta, cruzada de brazos. Retrocedí sobre mis pasos y esbocé una sonrisa.

    Había estado toda la tarde histérica, nerviosa por saber qué quedaría con el chico tormenta de una vez por todas. Había soñado tanto con ese instante. Con todo lo que sentiría, diría, escucharía... y en cambio, tan solo podía escuchar el latido de mi alocado de corazón.

—Me parece que sí.

Ella caminó hacia mí y me dio la copia de unas llaves. Fruncí el ceño.

—Son una copia de las llaves de casa. Cuando hace dos años nos dijiste que las habíamos perdido no te....hicimos mucho caso, así que ya te hemos comprado una nueva.

—Vaya, eso es.... gracias.

Enrollé rápidamente mis brazos en su cuello y deposité un beso en su mejilla.

    —Gracias, mamá.

    Ella entreabrió sus labios conmocionada por ser la primera vez que la llamaba así de verdad, pero yo salí rápidamente de casa, evitando enfrentarme a su respuesta. Fuera, suspiré pesadamente, cerrando los ojos.

    Lo había hecho. Por primera vez en mucho tiempo lo había hecho. Y no sentía que estaba traicionando a mi madre biológica. Ella habría querido esto para mí. Habría querido que fuese feliz, a pesar de que eso no lo incluyese a ella.

    Y por primera vez en mucho tiempo, me sentía más viva, y tenía la sensación de que estaba pagando aquella deuda enemistas y triste que tenía conmigo misma.

    —Danielle.

    La voz de alguien ante mí me hizo abrir los ojos de nuevo. Lo primero que sentí fue vergüenza porque me encontrase en aquel estado. Lo segundo, molestia e ira.

    Frente a mí, en la línea de aparcamiento, acababa de bajarse de su moto negra un joven de cabello rubio desordenado. Toda su mueca era arrepentimiento. Iván, el chico que me había encerrado en aquel lugar en llamas la noche de la fiesta. El que había desencadenado mis pesadillas.

    —¿Vienes a regodearte de tus juegos?

    Alzó las manos en señal de rendición.    

    —Danielle, escúchame, por favor...

    Pero su mejilla ya estaba marcada por el rastro caliente de mi mano sobre ella. El impacto resonó por toda la calle silenciosa. El joven se tambaleó y acto seguido me miró arrepentido.

    —¿Sabes acaso lo que me hiciste pasar ese día? Y aún peor, ¿sabes todo lo que tuve que soportar durante meses enteros?

    Él bajó la cabeza.

    —Danielle...

    —Eres un maldito hijo de puta, Iván. Lo único que quería era volver a ser como antes, y al verte a ti, pensé: "¿por qué no darle una segunda oportunidad? Todo el mundo merece una" —bufé—. Pero tú no mereces ninguna, porque eres una persona horrible que utiliza los traumas de los demás para divertirte. ¿Os lo pasasteis muy bien Maya y tú? Debió de ser divertido asustar a la pobre huérfana, ¿no?

    —Yo no fui —dijo entonces. Abrí mis labios para soltar una risa seca, alucinada.

    —Ya claro, eres inocente aunque me llevaste tú a la fiesta.

    —Escúchame.

    —Deja de mentir.

    —Tu si que me importas.

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