Capítulo 4

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25/02/2010

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25/02/2010

Ivelisse esperó pacientemente sentada sobre una vieja caja dentro del garaje, la puerta estaba abierta y podía ver la calle a la perfección. En cuanto viera la silueta de Asher aproximarse lo confrontaría, ella lo había llamado decenas de veces y en cada oportunidad la única respuesta fue ser ignorada. También había ido a su casa, pero en las dos ocasiones nadie se hallaba presente o con simpleza no querían verla.

Rayos, sería solo un segundo lo que le tomaría explicarle la situación.

Se había pasado los últimos días repitiendo lo que le diría, trataría de dejar a su prima fuera de su conversación. Ella se arrepentía de haberle mentido, pero no era Erin y no iba a tomar responsabilidad por lo que su prima había hecho.

—Vamos, profesor. ¿Acaso faltaras al trabajo? —dijo ansiosa, mordiéndose las uñas y mirando impaciente su reloj de mano.

Era ella quién iba a llegar tarde. No debería sorprenderse, después de todo, él había dejado de pasar frente a la casa.

—¡Bien, ya entendí! ¡Es estúpido hacer esto! —bramó dispuesta a rendirse.

Se puso de pie con el abatimiento haciéndola pesada, siguió balbuceando maldiciones mientras se colgaba la mochila al hombro con movimientos bruscos y cogió su bicicleta para salir del garaje con la cabeza gacha. El chirrido espantoso de la puerta metálica se cerró a su espalda, el sonido la aturdió durante un momento y la brisa de la mañana se sintió más fría en comparación a otras.

—Piensa, Ivelisse. Se coherente y relájate. Déjalo ser. Tal vez es mejor así. —Subió los hombros e inhaló profundo—. No eres mala al haber mentido por Erin, tú sabes que no había opción... aunque pudiste haber dicho que no. No es como si Nessa te hubiera matado ¿Cierto?

Se detuvo. Levantó la mano hacia su cabeza para rozar una cicatriz bajo su cabello, la textura de la antigua herida le llenó de angustia al revivir el recuerdo de aquel día en que se la había hecho. Su madre aun creía que su hiperactividad infantil había sido la culpable, pero estaba muy equivocada. Sufrió un escalofrío involuntario, pero no duró mucho porque el destello de una bicicleta roja arremetió delante de sus ojos y su cerebro tardó demasiado en asimilar la realidad.

Para cuando quedó libre de su aturdimiento era demasiado tarde.

—¡Asher! —gritó viendo al hombre alejarse. Una oportunidad de oro perdida—¡Mierda!

 Una oportunidad de oro perdida—¡Mierda!

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Tú + Yo= YellowDonde viven las historias. Descúbrelo ahora