El universo y el amor traman planes impensados los 356 días del año, esta prohibido ignorar sus señales.
Asher Davies es un profesor de física que lleva un año saliendo con su novia, Erin, y es hora de conocer a su familia. Sin embargo, lo que meno...
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24/12/2019
Ivelisse se estaba riendo de él con tanta algarabía como para hacerse un ovillo en el suelo de la habitación de invitados de la casa de su madre en Malibú. Asher la observó disgustado, ofendido y acalorado por el maldito disfraz de Santa Claus que tenía puesto.
Su hermana quería inmortalizar un recuerdo navideño sobre la visita del anciano rojo—que sobornaba niños con regalos cada 25 de diciembre—, en las infantiles mentes de sus hijos. Así que recurrió a él por tres razones:
1. Sus sobrinos sospecharían de Clyde.
2. Charles tenía problemas de cadera.
3. Los niños sabían perfectamente que él odiaba los disfraces.
Así que allí se encontraba, sudando bajo un abrigo rojo y sufriendo una endemoniada picazón por la barba falsa que le habían dado. Humillado hasta niveles impensados por su pareja que se retorcía sobre la alfombra mientras lloraba de risa, ella se tapaba los ojos con las palmas y agitaba las piernas como una lunática. El Sr. Malvavisco —quien ya era un canino enorme y aterrador con ojos viscos—, le ladraba oculto tras la dama amarilla por no reconocerlo.
Él se bajó la barba de golpe y el elástico de ésta le azotó el mentón haciéndolo enojar inmediatamente, soltó una maldición en lo que se sentaba en la cama para ponerse las jodidas botas del salvador navideño. No era el Grinch, no odiaba la navidad, pero detestaba llevar ese disfraz y tener almohadas atadas al estómago para simular una ridícula barriga.
—No te enfades conmigo, profesor Claus —dijo O'Neal.
—No me enfadé, pero créeme que no recibirás regalo este año —contestó con sarcasmo aún irritado.
—¿Y si te digo que eres el Santa más sexy que he visto?
—Estoy muy estresado como para seguirte el juego, Ivy —bramó con rencor. Negó arrepentido por su tono y agregó—: Lo siento, quiero terminar con este acto antes de morir por combustión en este traje. ¿A qué hora debíamos ir a casa de Skye?
Ella continuó recostada en el suelo sobre unos cojines con su mascota acurrucada en su estómago, aún no se había vestido y llevaba uno de sus pijamas tras haber dormido todo el día. Temía que estuviera por enfermar, las últimas semanas había estado muy fatigada.
—Tranquilo... —Revisó su móvil con un expresión indescifrable—. Mmnnn... a las diez y nos queda una hora libre aproximadamente.
Chasqueó la lengua enfadado.
—Diablos, tenías razón debería haber esperado para ponerme esta cosa.
Ivelisse no respondió, se mantuvo en silencio con los ojos cerrados y el ceño fruncido. Realmente demostraba no sentirse muy bien, Asher tuvo un ataque de pánico salido de la nada al considerar una de las terribles posibles razones: Moira había vivido enferma toda su vida. ¿Acaso ella habría heredado aquella flaqueza en su sistema inmunológico también? ¿Qué enfermedades había padecido la irlandesa? ¿Cuántas podrían haberse transferido a su hija?
—¿Qué ocurre? ¿Te sientes mal? —preguntó poniéndose de pie y aproximándose a la mujer que vestía los pantalones a cuadros que él usaba al dormir.
—Estoy bien. Fui a una clínica antes de venir a California y me diagnosticaron anemia, tengo que ingerir suplementos de hierro y vitaminas.
La noticia lo descolocó porque no tenía idea de que había ido al doctor, el malestar afloró en su interior reemplazando cualquier otro pensamiento o sentimiento.
—¿Por qué no me dijiste?
—Antes de responder eso, ¿me ayudas a levantarme? —Él se agachó y dejó que ella se colgara de su cuello mientras la levantaba con cuidado. Frotó su espalda deprimido porque se hallará de tal manera—. Si te doy tu regalo de navidad ahora ¿Te pondrás feliz y serás el mejor Santa que el amor por tus sobrinitos te permitan ser?
El Sr. Malvavisco salió de la habitación moviendo su cola y robando un zapato.
—¿Después me explicaras sobre tu anemia secreta?
—Shhh... —Le puso un dedo sobre los labios—¿Confías en mí?
Alzó un ceja confundido y asintió, O' Neal sonrió radiante para dirigirse a una de las valijas que descansaban en un rincón del cuarto; sacó una pequeña caja envuelta en papel de regalo amarillo con un listón blanco. Al dársela le dio espacio para abrirla y se sentó en la cama visiblemente exhausta. Asher la estudió un minuto alarmado por aquella actitud, al verla hacer gestos para que se apresurara volvió a centrarse en el obsequio y rasgó el papel para abrirlo. Cuando apartó la tapa de la pequeña caja introdujo su mano para sacar el objeto, al tenerlo frente a sus ojos palideció y parpadeó severamente aturdido.
Era una prenda diminuta de color amarillo muy claro... la pijama de un bebé.
Se giró hacia ella con el alma en los pies y el corazón estallando en su pecho como una bomba atómica. Ivelisse le sonrió con lágrimas en los ojos, sentada allí, despeinada con los labios resecos y partidos... brillando con las manos en su vientre. Fue la visión más malditamente hermosa que había visto en toda su larga vida.
—Estoy embarazada, me hubiera gustado darte tu obsequio con todos los demás, pero no pude resistir la emoción... más aun cuando no te veías feliz —anunció nerviosa.
Su cerebro tardó en sintonizar la confesión que acababa de soltarle. De hecho, cuando logró asimilarlas, creyó que malentendía la situación y la admiró con incredulidad.
—¿Me repites eso? Creo que no escuché bien...
—Vas a ser papá, profesor.
Él no pudo contenerse, se arrancó el gorro de Santa y la barba de un tirón, avanzó hasta ella a zancadas para abrazarla. Terminaron tumbados en la cama estrechándose fuertemente, buscó su boca de inmediato y la consumió por completo mientras acariciaba su rostro; Ivelisse reía por sus atenciones, pero él no podía dejar de llorar por el subidón de euforia que le dejó con la presión en el subsuelo. Su pecho era un torbellino de emociones, desde el miedo a la felicidad, la confusión a la inesperada sensación de estar rebosado por un terremoto de fuego y estrellas. Hundió la nariz en su cuello, respiró su perfume y se estremeció cuando ella le cogió la mano para colocarla junto a la suya en su vientre; entrelazaron sus dedos sobre aquello que apenas existía.
—¿Estas feliz, Santa? —preguntó la mujer con voz lacrimosa.
—Dios mio ¿Quieres saber si estoy feliz? Maldición, quiero que sea un niño y tenga tus ojos o una niña con tu pelo, buscar los viejos libros que me leía mi madre para leérselos, mostrarle todo lo que conocemos y hacerlo los tres. Contarle con bromas como fue que verte y hablarte por primera vez, lo imbéciles que fuimos para hacernos caso. Decirle que es los más bonito que nos ha pasado. Así es como estoy ¿Qué te parece?
Ivelisse sonrió y lo besó ahogada en risas.
—Me parece que serás el Santa más alegre esta navidad.