10. Desde Buenos Aires con amor

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Elizabeth jamás había oído hablar de 'La Guardia Vieja'. Por eso fue que no supo a qué atenerse cuando, después de unos eternos días de silencio, Vittorio se puso en contacto con ella y le informó de que iban a ir a dicho local para disfrutar de la compañía de Juliano y Dorothy.

Los iniciales y evidentes nervios al pensar que iba a tener que reencontrarse con aquella desagradable pareja, a pesar de que ya les había visto en más de una ocasión pasando el rato en El Gorrión, fueron equilibrados al ver la inusual amabilidad con la que madame Molly le dio la noche libre. Ya iban varias, y su presencia era cada vez menos habitual en el escenario, pero el nombre de don Vittorio Puzo pesaba lo suficiente como para que Elizabeth se convirtiese en la niña mimada del lugar, y en consecuencia, despertase las envidias de sus compañeras. Allí dentro se sentía cada vez más sola, pero intentaba no darle demasiada importancia. Tenía un objetivo que cumplir.

—¿Hoy vuelves a escaquearte del trabajo, Lisa?—preguntó Elvira, una corista que tenía la lengua tan afilada como la de una serpiente.

—No creo que me eches mucho de menos en el escenario.

—¿Por qué dices eso? Qué cosas tienes—Elvira sonrió, con sorna—. Tan solo me preguntaba a dónde te habrá invitado esta vez tu nuevo novio.

Elizabeth miró a Elvira, enrojeciendo levemente.

—No es mi...—suspiró, sacudiendo la cabeza—. Tampoco creo que te interese.

—Me interesa tu bienestar—replicó, sin abandonar el tono burlón de sus palabras—. Ninguna chica termina bien cuando anda juntándose con hombres como el tuyo. Y menos aún, si es tan pánfila como tú.

Elizabeth esperó con impaciencia la hora de la recogida. Tomó un baño rápido, se perfumó, peinó y maquilló con esmero. Aún no se acostumbraba a verse tan recargada, con esos vestidos de brillos, flecos y los labios pintados de rojo putón, como le hubiese dicho su madre. Suspiró pesadamente al pensar en ella y en la ristra de mentiras que le contaba cada sábado desde la cabina telefónica. Su vida era pura actuación, las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, incluso cuando charlaba con su familia en la distancia. No había consuelo, ni apoyo, tan solo se tenía a sí misma y a su diario, donde anotaba pensamientos, reflexiones y pequeños relatos sobre sus experiencias en Nueva York. El grueso de los escritos aumentó considerablemente al conocer al hombre que le había cambiado la vida por completo.

Mientras se aplicaba el colorete pensó en él con tanta fuerza que pudo verlo reflejado en el espejo. Su firme presencia, las manos cruzadas por la espalda, el rostro perfectamente afeitado y su inseparable corbata, esa de la que una vez tiró para ver más de cerca su profunda y melancólica mirada. En su cuerpo comenzaron a notarse los estragos provocados por el pensamiento de ese hombre. De todos los miles que vivían en Nueva York... ¿Por qué él? Su mente decía 'no', pero su corazón latía con fuerza con cada recuerdo, gesto y palabra. Lisa fue la excusa, el empujón que le faltaba a Elizabeth para acercarse a él y olvidarse de toda razón, valor y moral. Eso y el alcohol, que junto a la adrenalina del momento, apenas le dejaron recuerdos de los detalles más importantes de la noche que lo cambió todo, pero que al mismo tiempo, no cambió nada. Él no le dio importancia, y ella decidió que tampoco se la daría.

¿Pero hasta que punto es posible decidir algo así cuando los sentimientos no quieren someterse a la tiranía de la razón?

El discreto reloj de muñeca marcó las nueve menos cinco. A en punto ya estaba en la calle. No tuvo que esperar, ya que Leonard ya estaba allí, apoyado en el capó del reluciente vehículo con el que la llevaría a su destino. Éste, al ver a Elizabeth, se reincorporó y sonrió de oreja a oreja.

ÉxtasisHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora