Gritos, golpes y risas desquiciadas, ese era el sonido ambiental del área de pacientes psiquiátricos del Hospital Metropolitano. Vittorio caminaba por los impersonales pasillos de aspecto estéril y lúgubre mientras pensaba en las palabras de Elizabeth sobre lo que vio cuando se infiltró en el hospital. Posiblemente desde entonces las instalaciones estaban más limpias, pero no las tenía todas consigo respecto al trato hacia las pacientes, al menos, las más graves.
Afortunadamente, su hermana no era una de ellas.
Stella podía vestir su ropa de calle, escuchar música, pasear por el jardín y mantenía una dieta correcta y sana. Vittorio se había asegurado de que todo ello se cumpliese tal y como había sido estipulado. A cambio, estaba desembolsando una buena cantidad de dinero, con el fin de que ella tuviese todas las atenciones necesarias por parte de las enfermeras y el personal médico. Para que pudiese curarse.
—Buenos días, caballero—dijo una enfermera, al mismo tiempo que intentaba, de manera disimulada, bloquearle la puerta de entrada a la sala de tiempo libre de las pacientes—. ¿Le ha dejado pasar mi compañera del control?
—Evidentemente. Si no, no estaría aquí.
—Claro—la enfermera rió con nerviosismo. Por su vocecita y actitud, parecía una recién llegada—. ¿A quién viene a ver?
—A mi hermana, Stella Puzo.
La enfermera sonrió ampliamente.
—¡Ah! ¿Es usted su hermano? Es un placer conocerle, señor Puzo.
—Igualmente ¿señorita...?
—Agnes. Suelo encargarme de darle la medicación a Stella.
—Muy bien—contestó Vittorio, intentando mantener la calma—. ¿Me permite entrar a verla, señorita Agnes?
La enfermera asintió.
—Ahora mismo está en el jardín—dijo, caminando hacia delante. Vittorio la siguió—. Ya verá, está muy tranquila y despierta.
Ambos salieron al jardín interno del hospital. No era especialmente bello, pero se podía respirar el aire fresco y tomar la luz del sol. Entre los setos y los bancos paseaban varias pacientes. Algunas charlaban en parejas, y otras seguían un camino errático, como si sus cuerpos se movieran por inercia y no habitase la razón dentro de ellos. En uno de esos bancos de piedra estaba Stella, sentada mientras leía un libro de hojas amarillentas. Vittorio no le quitó el ojo de encima hasta que llegó a su vera.
—Stella—dijo Agnes—. Ha venido alguien muy especial a visitarte.
Stella levantó la mirada hacia la enfermera y en seguida reconoció al hombre que la acompañaba. La muchacha sonrió ampliamente, dejando el libro sobre el banco y se acercó a él, quien le devolvió la sonrisa y se adelantó para abrazarla primero.
—¡Vitto!—exclamó, aún entre sus brazos—. ¡Por fin!
Vittorio acarició la espalda de Stella, y luego le dio un cariñoso y efusivo beso en la mejilla.
—¿Cómo estás, hermana?—preguntó Vittorio, volviendo a sonreírle. Mientras esperaba su respuesta, comprobó que la enfermera les había dejado solos.
—Aburrida, estoy deseando que me saques de aquí.
Vittorio ladeó la cabeza, pellizcando las mejillas de su hermana pequeña con cariño.
—Aún queda un poco para eso, tienes que tener paciencia.
El semblante de Stella cambió por completo al escuchar esas palabras. La alegría de sus ojos se convirtió en una mirada con tintes sombríos.
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Éxtasis
RomansaPoder, estatus, dinero. Con medio Nueva York a sus pies, don Vittorio lo poseía todo para disfrutar de la buena vida. Sin embargo, el joven jefe de la familia Puzo tenía el alma rota. Quizá por eso no sintió ni un ápice de culpa después de enviar a...
