Nueva York no era solo rascacielos y modernidad. En el interior de la Gran Manzana se escondían barrios familiares, donde los vecinos se conocían y aún podía respirarse el clásico ambiente de pueblo. Ese por el que estaba paseando Elizabeth olía a pan recién horneado y a fruta fresca, vendida a gritos en los puestos del mercado callejero. El inglés se entremezclaba con el italiano, y casi sin quererlo se contagió de la alegría de vivir de los transeúntes con los que se cruzó. Su paseo se detuvo cuando vio un elegante rótulo, de fondo negro y letras doradas, adosado a la fachada de un edificio de ladrillos rojos.
«Constanza Co., importaciones al por mayor, desde 1915.»
Antes de entrar, Elizabeth se ajustó el sombrero y se aseguró de que el lazo que remataba el cuello de su vestido estuviese bien colocado. Para ello se ayudó del reflejo que le ofreció el escaparate de una confitería que había al lado. El pulso le temblaba un poco, así que respiró profundamente para relajarse y pensó por última vez en qué es lo que iba a decir, y cómo iba a hacerlo.
Al atravesar la puerta de cristal, Elizabeth se topó con una coqueta recepción, decorada con madera caoba y algunos carteles de publicidad, referentes a los productos que la empresa se encargaba de importar desde Italia. Además había dos banderas, también enmarcadas y adosadas a la pared: una era la italiana, y otra de color rojo y amarillo, que tenía en el centro una figura consistente en tres piernas flexionadas, otras tres espigas de trigo y la cabeza de una mujer. Elizabeth no supo qué era lo que representaba, pero supuso que se trataría de la bandera de la Sicilia natal de los Puzo. A parte de eso, también había unos estantes con una selección de productos, quesos y aceite de oliva, que estaban de venta al público.
—Disculpe ¿Puedo ayudarle en algo?
La voz de una mujer despertó a Elizabeth de su ensimismamiento. Así, la joven se acercó al amplio mostrador que había a un lado de la pequeña tienda. Una chica con un corte bob, de pelo castaño oscuro, le observaba al otro lado.
—Sí, buenos días... ¿Se encuentran aquí las oficinas de Constanza Co?
La chica asintió. A Elizabeth le pareció una auténtica belleza mediterránea, pero más que las facciones angulosas de su rostro, lo que le impresionó fueron sus grandes ojos almendrados y su intenso mirar.
—Claro, esta es la recepción—ladeó la cabeza y sonrió con amabilidad—. ¿Qué es lo que desea?
—Me preguntaba si es posible visitar al señor Puzo.
—¿Con qué motivo?
—Soy una conocida suya, redactora del periódico Gotham Times, y necesito hablar con él un par de asuntos.
La recepcionista frunció levemente el ceño mientras le observaba en silencio, lo que hizo que la periodista se sintiese muy incómoda. Sin mediar palabra, abrió un libro marrón que tenía a su costado y comenzó a pasar algunas páginas. A Elizabeth le costó reprimirse para no ponerse a caminar de un lado a otro.
—Hoy es imposible, desde luego—comentó la chica, sin apartar la mirada del libro—. Y me temo que la semana la tiene completa...
—Solo necesito hablar con él cinco minutos, no me voy a demorar más tiempo.
La chica alzó la mirada hacia ella.
—Le acabo de decir que es imposible, señorita... ¿cuál es su nombre?
—Elizabeth Colvin.
La expresión de la recepcionista cambió, aunque de manera casi imperceptible, al escuchar ese nombre. De igual manera, Elizabeth notó que la chica le empezó a mirar de una forma distinta, curiosa y analítica a partes iguales.
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Éxtasis
RomancePoder, estatus, dinero. Con medio Nueva York a sus pies, don Vittorio lo poseía todo para disfrutar de la buena vida. Sin embargo, el joven jefe de la familia Puzo tenía el alma rota. Quizá por eso no sintió ni un ápice de culpa después de enviar a...
