CAPÍTULO 1

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Blanca

El ruido de la alarma del despertador sonó en mi habitación, alejándome de una forma muy desagradable de mis sueños que a cada segundo se volvían más y más borrosos. Golpeé la pequeña máquina con la intención de apagar aquel ruido incesante que me estaba destrozando los oídos a las siete de la madrugada, pero solo conseguí hacerme daño en la mano y, por un momento, imaginar la risa del despertador, que estaba burlándose de mí por ser tan inútil.

Finalmente, después de pasarme unos minutos escuchando el ruido de la alarma, cuando ya no era tan insoportable como antes y mis doloridas orejas ya se habían acostumbrado, abrí los ojos. Observar de nuevo mi habitación no me alegró el día ni mucho menos, sino todo lo contrario; el sol golpeó mis ojos todavía medio dormidos y consiguió aturdirme más de lo que ya estaba. Sus rayos entraban a través de la enorme ventana de la pared de mi derecha e iluminaban la habitación más de lo que sería normal un día a las siete de la mañana. Pero estábamos en verano, era lo que había.

Me froté los ojos todavía acostada y estiré los brazos y las piernas hasta sentir que ya estaba preparada para levantarme. Con un movimiento rápido, me senté en la cama y me incorporé de un salto, sabiendo que, de no hacerlo así, podría tardar horas al levantarme. Me puse los zapatos de ir por casa mientras un bostezo salía de mis labios y hacía que mis ojos se volvieran llorosos. Anduve hacia el baño y observé mi reflejo en el espejo mientras me lavaba la cara para aclararme un poco. Mis cabellos oscuros se encontraban despeinados, así que cogí el cepillo del pelo y me los arreglé un poco para acabar haciéndome una coleta que apenas me pasaba de los hombros.

La pequeña cocina me recibió proporcionándome leche y café, todo lo que necesitaba para hacer algo que no fuera bostezar y frotarme los ojos por el sueño que todavía no había abandonado mi cuerpo. Me preparé el café y mis pies anduvieron hacia el comedor. Me senté en la mesa y encendí la televisión, esperando poder ver algo que me entretuviera mientras devoraba mi desayuno. Quedé sorprendida y muy feliz de saber que estaban poniendo Modern Family, así que vi eso hasta que acabé de desayunar. Al llevar la taza a la cocina, casi me caigo y la rompo en mil trocitos por culpa de la pata de una silla que no había visto. Culpa mía, en realidad. Pero conseguí mantener el equilibrio y salvar mi taza favorita de su perdición.

Ahora tocaba volver a mi habitación para cambiarme de ropa y ponerme el uniforme del trabajo, pero algo me dijo que debía de hacerlo, así que me paré un segundo a mirar el reloj de la cocina para comprobar la hora. Cuando mis ojos chocaron con las agujas del reloj, mi expresión no tenía precio. Eran las 7:50 y yo tenía que estar allí a las ocho en punto!

"Mierda. Mierda. Mierda".

Supuse que había tardado más de lo que pensaba en levantarme y me maldije a mí misma mientras, literalmente, corría hacia mi habitación. Odiaba los lunes. Cogí el uniforme, que simplemente eran una camiseta y unos pantalones negros, del cajón superior de mi cómoda y me vestí a toda prisa mientras intentaba ponerme los zapatos a la vez. No pude y tuve que hacerlo por separado.

Antes de salir de mi habitación me miré una última vez al espejo. Los cabellos que antes había peinado tranquilamente se habían vuelto a deshacer, la goma que había utilizado se había perdido por algún lugar y no tenía tiempo ni ganas de empezar de nuevo, así que me recogí el pelo en una coleta alta, cogí el móvil y las llaves y me dirigí a la entrada rápidamente.

Sabía perfectamente que llegaba tarde, pero mis ojos no pudieron evitar pararse unos pocos segundos en el cuadro que estaba colgado junto a la puerta, esa que tenía que abrir muy rápidamente para evitar los gritos del hombre que me había contratado.

Pero no lo hice. Mi mirada se quedó atrapada en una foto de mis padres sonrientes bajo el sol de París, cuando eran jóvenes. Una sensación de tristeza y felicidad a la vez recorrió mi cuerpo, pero no me extrañé, pues era una cosa habitual cuando miraba aquel cuadro. Tristeza al recordar a mi padre, al cual echaba mucho de menos desde que murió; y felicidad al verlos ahí de pie, con una sonrisa dibujada en los labios, en la ciudad que, según ellos, era la más bonita del mundo.

Bajo las Luces de ParísHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora