Áxel
El otoño empezaba a hacer acto de presencia y mi apartamento lo notó rápidamente. El sol ya no brillaba con tanta intensidad, el viento se había vuelto ligeramente más frío y la temperatura había bajado varios grados a lo largo de las semanas.
Por esa razón, Blanca se encontraba acurrucada a mi lado, con una sudadera con el grosor de un muro y con la cabeza apoyado en mi hombro. Al observarla recogerse el pecho entre los brazos, le propuse llevarle una manta, pero como ella siempre me tiene que discutir las cosas, me dijo que estaba bien y que no hacía falta. Sabía que mentía por no obligarme a levantarme, aunque no entendía porqué tenía tanto frío; habían bajado un poco las temperaturas, pero yo me encontraba perfectamente con manga corta y pantalones largos.
"Exagerada", pensé.
Cuando se lo dije, me dio una palmada que ni siquiera noté y se rio. Pero, la verdad, yo no iba a discutirle nada. Estaba tan cómodo sentado en el sofá, mirando la penúltima película de Harry Potter con el calor que el cuerpo de Blanca transmitía al mío y el contacto de su pelo en mi piel, que era incapaz de mover un solo pelo si eso tenía la más remota posibilidad de alterar aquella perfecta situación.
Hacía semanas que habíamos empezado a ver la saga y cada vez que tenía la oportunidad le preguntaba si le apetecía ver la siguiente película. Mi argumento para responder a la cuestión de "¿tanto te ha gustado?", que Blanca siempre formulaba después de soltar una pequeña carcajada, era que no estaba mal pero que si proponía la idea de ver otra era por ella, no por mí. Los dos, tanto Blanca como yo, sabíamos que no engañaba a nadie. Estaba claro que me habían encantado las películas de Harry Potter, pero no iba a decirlo en voz alta. No iba a admitir que me había equivocado respecto a eso, claro está, mi orgullo no me lo permitía.
En cambio, dentro de mi cabeza llena de contradicciones, me había enganchado por completo a esa historia. Pensaba que el aburrimiento que sentiría al ver la primera película me proporcionaría tal nivel de sueño que acabaría con los ojos cerrados y la respiración tranquila durante horas. Pero no fue así en absoluto.
El recuerdo que tenía de las borrosas imágenes pasando delante de mis ojos a las cuales yo había rechazado con unos cuantos bostezos y, poco después, durmiéndome, no tenían ni punto de comparación con las que había visto hacía unas semanas. Eran exactamente las mismas, pero parece que el niño de ocho años que las observó por primera vez no las percibió de la misma forma en que lo había hecho yo años después.
Me había gustado tanto que, cuando no tenía nada que hacer, mi cabeza imaginaba inconscientemente lo que pasaría en la película siguiente, atrapándome así en una divertida incertidumbre que me moría para finalizar.
La pantalla reproducida en la tela blanca había terminado de mostrar la séptima película, puesto que acababa de finalizar. Yo, con la adrenalina por las nubes y las ganas de saber qué pasaría a continuación demasiado presentes, cogí el mando y puse la siguiente, y la última, sin ni siquiera preguntarle a Blanca. Sabía que no tendría ningún problema.
Cuando empezó, como no había dicho nada y para asegurarme de que también quería ver otra, dirigí la mirada hacia Blanca, todavía con la cabeza apoyada en mi hombro. Me llevé una gran sorpresa al observar sus párpados cerrados. Le pasé la mano rápidamente un par a veces por delante de la cara para comprobar que estaba dormida, y no hizo ni un movimiento.
Entendía perfectamente por qué el cansancio la había vencido, puesto que a mí me faltaba poco para rendirme en sus pies. Nos habíamos levantado pronto, por petición suya, ya que si fuera por mí no me levantaría antes de las diez ni muerto; para ir al supermercado. Hacía tiempo que no íbamos a comprar y la nevera se encontraba completamente vacía. Como esto me afectaba, y mucho, decidí acompañarla, no sin un par de quejas por la hora de salida, y comprar unas pocas cosas que me apetecían. Ella me dijo que no hacía falta que la acompañara, que estas cosas tenía que hacerlas ella, pero yo suspiré, le pregunté la hora y, por la mañana, para su sorpresa, estaba levantado y preparado para hacer la compra. Me gustaba hacer las cosas que ella decía que no quería que hiciera y me gustaba acompañarla a todos lados. Y sabía que a ella también.
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Bajo las Luces de París
Romance¿Aceptarías la invitación a tu ciudad de ensueño del desconocido al que acabas de intoxicar, aún sabiendo que puede haber segundas intenciones? El camino de Blanca, una camarera de Barcelona, y Áxel, un cantante famoso y arrogante, se cruzan debido...
