CAPÍTULO 4

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Blanca

No tenía ni idea de lo que estaba pensando aquel chico, pero la forma en que me miraba hizo que mis mejillas adoptaron un ligero color rojo. No decía nada, solo me miraba con una expresión que no conseguía comprender del todo bien.

Quizás no me hubiera escuchado, así que se lo volví a repetir:

—¿Quieres algo?

Esta vez, el chico reaccionó moviendo la cabeza, como si estuviera obligándose a concentrarse, y me sonrió.

—Mmm... sí. ¿Qué tenéis?

Me giré un segundo para coger la carta y se la puse encima de la mesa.

—Volveré cuando lo hayas decidido —dije, y di la vuelta para irme, pero él habló antes:

—No será necesario —respondió con una sonrisa—, ya sé lo que quiero.

Saqué la libreta y el bolígrafo que hacía unos instantes me había metido en el bolsillo de los pantalones y esperé a que me contestara.

—Una tarta de queso y un vaso de agua.

—De acuerdo.

Lo apunté rápidamente y me alejé dirigiéndome a la barra, segura de que mi único cliente no había apartado la mirada de encima de mí ni por un segundo.

La verdad, aquel chico me resultaba familiar, como si lo hubiera visto antes en otro sitio, pero no sabía dónde. Lo único que tenía claro era que me resultaba muy atractivo.

Tenía el pelo castaño, largo por arriba y un poco más corto por los lados. Lo llevaba despeinado, pero como si se los hubiera hecho de esa forma a propósito, ya que le quedaba muy bien. Sus ojos eran preciosos, de un azul oscuro que, inevitablemente, me recordó al mar en una tormenta. En su rostro destacaban los pómulos marcados, la nariz recta y los labios finos. Llevaba una fina barba de tres días, del mismo color castaño que su cabello. No lo podía saber seguro, pues lo había visto sentado, pero parecía bastante alto. Gracias a su camiseta de manga corta pude apreciar los músculos de sus brazos, y deduje que su abdomen estaría igualmente marcado.

Era realmente atractivo.

Aparté esos pensamientos de mi cabeza y cogí la tarta de queso y el vaso de agua que me había pedido. Me acerqué con mucho cuidado de no tropezar con mis propios pies y no hacer el ridículo, y, por suerte, lo conseguí.

—Aquí tienes —dije mientras le dejaba la comida en la mesa.

Él asintió y yo me dirigí de nuevo detrás de la barra, pero, otra vez, habló y me obligó a girarme para mirarlo.

—¿Por qué no te sientas?

No me había fijado antes, pero tenía una voz preciosa.

Pensé durante unos segundos qué debería de responder. No se nos estaba permitido descansar en horas de trabajo, ni mucho menos con un cliente, pero eran las dos y pico de la mañana, no había nadie para decirme que no podía hacerlo y, antes de que él llegara, mi aburrimiento estaba a punto de matarme.

Es más, de no ser por los dos cafés que me había bebido unas horas antes, probablemente me habría dormir de pie. Así que no importaba mucho si decidía sentarme con aquel atractivo desconocido porque mi compañero de trabajo estaba en la cocina arreglando no sé qué, no había más clientes a los que atender y estaba harta de observar las paredes amarillas en busca de alguna clase de entretenimiento. Además, no quedaba ni media hora para cerrar, no podía perder nada.

—Mmm... vale.

Me siguió con la mirada cuando me senté en frente de él y le dio la primera cucharada a su pastel.

Bajo las Luces de ParísHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora