CAPÍTULO 11

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Áxel

—Ey, ¿ya te has perdido? Tendré que pensarme eso de dejarte a solas si después...

—Áxel, necesito... tu ayuda. —Hablaba rápido y tenía la voz rota y la respiración acelerada—. Tienes que... venir en la plaza de Tertre lo... más rápido que puedas... Por favor.

—¿Pero qué...?

—¡Es urgente!

Y colgó.

"¿Qué acaba de pasar?"

Estaba sentado en el sofá, en la misma posición desde que había llegado a casa. No tenía sueño y quería esperar la llegada de Blanca, por eso me había quedado despierto mirando la televisión. Pero en cuanto se cortó la llamada, me levanté de un salto, cogí las llaves del coche y me fui.

No tenía ni idea de lo que esa corta conversación entre nosotros había significado, pero me daba igual, iba a hacerle caso. Me había dado la impresión de que lo estaba pasando mal, y, para mi sorpresa, estaba preocupado por ella. ¿Qué le habría pasado? ¿Estaría bien? ¿Para qué necesitaría mi ayuda? Suponía que no sabría la respuesta a ninguna de esas preguntas hasta llegar al destino que me había indicado, pero la segunda se repetía en bucle en mi cabeza y me sentía mareado solo de pensar que la respuesta fuera negativa.

Parecía que estuviera llorando, y eso consiguió preocuparme más de lo que nunca habría creído posible. También tenía la respiración acelerada y se escuchaba ruido de viento por el fondo, lo que me hizo llegar a la conclusión de que probablemente estuviera corriendo. Y tenía prisa. Esa no podía ser una buena combinación.

"¡Joder!¡Joder!¡Joder!"

El pánico estaba apoderándose de mí y no sabía cómo reaccionar hacia ese sentimiento que nunca antes había sentido tan presente.

Blanca tenía que estar bien, tenía que estarlo. No podía pasarle nada. No a ella.

Decidí que tenía que reaccionar rápidamente, tal y como ella me había pedido. Cuando antes estuviera en aquella plaza, antes podría ayudarla en lo que fuera que le pasara. Me dirigí a la cochera y cogí uno de los cuatro coches que había. No tenía ni idea de cual había elegido, solo sabía que era rojo y ni eso ni nada me importaba en este momento. Puse la llave en su lugar y arranqué el coche. Después, salí disparado.

La plaza de Tertre no se encontraba demasiado lejos de mi apartamento, solo a unos diez minutos en coche, pero yo me encargaría de hacer el recorrido en cinco. Mi coche se movía por las vacías calles de París a toda velocidad, superando por mucho los límites que las señales imponían. Pero la verdad es que eso me daba exactamente igual. Pensé que, cuando Felipe y Enrique se enteraran de que había cogido el vehículo sin su permiso, iba a caerme una buena reprimenda, pero tampoco me importaba. De hecho, ese pensamiento solo duró un par de segundos en mi cabeza y la preocupación por Blanca volvió a ocupar cada uno de mis sentidos.

Al cabo de cinco minutos, tal y como había previsto, me encontraba en la plaza. Era extraño, nunca la había visto vacía. Allí era donde la mayoría de artistas y cantantes de calle se reunían un día tras otro para entretener en su público a cambio de unas cuantas monedas. Gracias a ellos, este lugar se había convertido en una de las plazas más turísticas de toda París. El ambiente que solía reinar era perfecto para presenciar el sentimiento cosmopolita y extraordinario que caracterizaba esta ciudad.

Recordé que, un par de días atrás, Blanca y yo habíamos ido a visitarla. Ella se quedó boquiabierta observando las pinturas expuestas y escuchando la preciosa pieza de violín que sonaba en aquel momento. Pasamos horas allí porque Blanca no tenía ganas de irse y quería comprar algún cuadro pero era demasiado indecisa para elegir uno. Yo le metí prisas y me quejé de que llevábamos una infinidad de tiempo allí, pero en realidad me lo estaba pasando realmente bien.

Bajo las Luces de ParísDonde viven las historias. Descúbrelo ahora