Esta es una historia donde Izuku es un omega y la protagonista, un alfa dominante.
_____ Yoshimura es una alfa dominante, dueña de una gran fortuna y reconocida en el mundo de la moda por su versatilidad como diseñadora. Obsesionada con el trabajo...
Para el joven omega, despertar contigo ya no era una novedad, sino una rutina deliciosa que su cuerpo y alma habían adoptado sin resistencia. Habías dormido en su casa tantas veces que ya reconocía el ritmo de tu respiración dormida, la forma en que se enredaba tu cabello al dormir del lado derecho, e incluso la cantidad exacta de lunares que decoraban tu espalda: seis, como estrellas dispersas sobre el cielo cálido de tu piel.
No hacían el amor en esas noches, y tampoco hacía falta. La razón de tu espalda desnuda era simplemente comodidad: te despojabas del uniforme y dejabas que la frescura de las sábanas acariciaran tu piel. Habías dejado de tomar somníferos desde que dormías con él, porque su presencia, sus abrazos tibios y su respiración tranquila eran mejores que cualquier medicina.
Él también tenía sus propios rituales para ti. Últimamente, buscaba en línea la pijama perfecta: no demasiado calurosa, pero lo bastante suave como para que quisieras usarla cada vez que te quedaras. Secretamente, tú estabas planeando cómo convencerlo de mudarse a tu apartamento. La idea de compartir un espacio no era una urgencia... era una fantasía dulce que empezaba a germinar en ambos corazones.
Una mañana de fin de semana, tu teléfono sonó, vibrando contra la mesita de noche. Apenas entreabriste los ojos para ver el nombre que iluminaba la pantalla: Iida Tenya, el abogado de tu familia. Volviste a cerrar los ojos sin ganas, acomodándote más cerca del calor de Midoriya.
—Deberías contestar —murmuró él, su voz ronca por el sueño—. Podría ser importante.
—Mmm... qué fastidio... —susurraste, pero al final obedeciste.
La voz firme de Iida te despertó del todo al otro lado de la línea.
—¿Estás en casa, Yoshimura?
—Iré en unos minutos —respondiste, mirando la hora en tu reloj de muñeca con un suspiro.
—Necesito hablar contigo. Es un asunto importante.
—¿De qué trata? —preguntaste mientras buscabas tu camisa. Midoriya ya la tenía preparada, colgada con cuidado en una percha en el clóset. Te la entregó sin decir palabra, como si supiera exactamente lo que necesitabas.
—No es el momento adecuado para contarte por teléfono —añadió Iida, cortante, pero sin mala intención.
No insististe. Por su tono, sabías que no conseguirías más respuestas.
Mientras hablabas, Midoriya se acercó y con una dulzura que te desarmó, comenzó a abotonarte la camisa, uno por uno, como si fuera un ritual secreto solo entre ustedes dos. Tus dedos se quedaron quietos sobre el teléfono mientras él trabajaba en silencio, bajando la mirada con una ternura casi reverente.
En ese instante, mientras sentías sus manos en tu pecho, ayudándote sin pedir nada, tuviste una idea: llevarlo contigo.
¿Por qué no?
Parecía lo más natural del mundo. Él era tu lugar seguro. Tu hogar, incluso si no vivían bajo el mismo techo aún. Y quizás, solo quizás, era hora de que alguien como Iida —y el mundo— supieran que Midoriya ya era una parte importante de tu vida.
Parecía idóneo.
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