Capítulo 3

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Te despertaste con la peor resaca del mundo, la cabeza te martillaba con cada latido, y tu estómago no parecía estar mucho mejor. El peso de la noche pasada se hacía sentir en cada músculo de tu cuerpo. Habías bebido demasiado, y ahora el precio por esa indulgencia era doloroso. En el silencio de tu habitación, el sonido de pasos suaves se acercó a tu puerta.

—Buenos días, señorita Yoshimura —la voz de Nancy resonó con calma, como siempre, sin importar lo que fuera que tú estuvieras atravesando. Abrió la puerta con una bandeja metálica en las manos, sobre la cual descansaba un vaso de agua cristalina y un par de aspirinas, una cura básica para lo que solo podría describirse como el peor dolor de cabeza del mundo.

Te estiraste en la cama con un gruñido, la sensación de tu cabeza pesando más de lo que debería ser posible. Nancy, como si fuera parte de su rutina, dejó la bandeja sobre la mesa de noche y te dio un pequeño suspiro.

—¿Cómo se siente, señorita? —preguntó, sus ojos mirando hacia ti con una mezcla de preocupación y rutina.

Tomaste las aspirinas, con la esperanza de que al menos algo ayudara. Al tragar el agua, sentiste un ligero alivio en la garganta, pero sabías que el dolor no desaparecería tan rápido.

Después de unos momentos, te levantaste de la cama, usando toda tu fuerza de voluntad para no dejar que el dolor te venciera. Te pusiste tu traje de trabajo con movimientos pesados, como si tu cuerpo se negara a moverse rápido. Cuando bajaste al comedor, el aroma del desayuno te envolvió en la calidez de la casa, y, por un breve instante, te sentiste más humana de nuevo. Pero la resaca seguía allí, latente, detrás de cada pensamiento.

—¿Desea un té? —Nancy te lo ofreció de nuevo, su tono suave pero firme. Era la quinta vez que preguntaba, y tú ya sabías que ella no se cansaría de hacerlo hasta que recibiera una respuesta.

—Sí, sí, disculpa... estaba distraída —te apresuraste a responder, casi olvidando lo que estaba a tu alrededor mientras tu mente seguía atrapada en los recuerdos de la noche anterior. Izuku, su rostro, su voz, todo parecía estar flotando en tu mente como una burbuja que no podías romper. Habías encontrado a alguien que te había cautivado sin siquiera intentarlo.

Nancy, al ver que te habías reincorporado, fue a la cocina a prepararte el té. Pasaron unos minutos, y ella regresó con la taza en las manos. La entregó con una sonrisa tranquila mientras recogía los platos sucios.

—Voy a dejar que se prepare para su día, señorita —dijo mientras se retiraba con la bandeja vacía. Pero antes de irse, te lanzó una última mirada llena de comprensión. Sabía que algo estaba ocupando tu mente, y estaba casi segura de qué se trataba.

Tomaste la taza de té entre tus manos, agradecida por el gesto. El calor de la bebida te reconfortó un poco, pero el vacío que sentías por no saber más de Izuku seguía allí, persistente. Finalmente, después de unos momentos de silencio, sentiste que ya no podías seguir en casa. Necesitabas ir a trabajar, aunque no estuvieras completamente lista.

Saliste al garaje, y el sonido de las puertas del coche al abrirse y cerrarse llenó el aire. El trayecto al trabajo fue largo, pero ni el tráfico ni las luces del sol sobre tu rostro pudieron despejar la niebla en tu mente. Pensaste en él una y otra vez. ¿Lo verías hoy? ¿Sería tan fácil como regresar al restaurante?

Cuando llegaste al rascacielos, estacionaste el coche con una precisión que no sabías que todavía poseías, considerando el estado en el que te encontrabas. Al cruzar las puertas de cristal polarizadas, la recepcionista te saludó con una sonrisa amable, como si no hubiera pasado nada fuera de lo normal.

A tu lado, Tamaki caminaba sin decir mucho. Él, siempre tan tranquilo, no parecía notarte tan perdida en tus pensamientos. Pero de alguna manera, sabías que algo le pasaba. La manera en que caminaba, la manera en que sus ojos se deslizaban por el entorno, te decía que algo estaba ocupando su mente también.

𝐄𝐋 𝐎𝐌𝐄𝐆𝐀 𝐏𝐄𝐑𝐅𝐄𝐂𝐓𝐎 𝐂𝐎𝐍 𝐋𝐀 𝐀𝐋𝐅𝐀 𝐈𝐃𝐄𝐀𝐋Donde viven las historias. Descúbrelo ahora