Las horas se arrastraron una tras otra sin concederle el alivio del sueño. Rosalin se mordía las uñas con una ansiedad enfermiza, hasta que cedieron, una por una, desgarradas, irregulares.
No sintió dolor.
O quizá sí, pero era insignificante comparado con el peso que le oprimía el pecho.
Su respiración se volvía inestable sin motivo aparente. Las lágrimas aparecían sin pedir permiso y terminaban deslizándose por su rostro, calientes, humillantes.
No entendía cuándo había empezado.
Solo sabía que estaba ocurriendo.
¿Lo había empezado a querer?
La idea la asqueó y la aterrorizó al mismo tiempo.
¿Cómo no hacerlo, cuando él la colmaba de flores a diario, cuando la miraba como si no existiera nadie más, cuando había mandado construir un invernadero solo para ella, plantando rosas como si su afecto pudiera echar raíces?
Rosalin apretó los dientes.
El labio inferior le tembló.
Qué estúpida.
Hundió el rostro contra la almohada, abrazándola como si fuera lo único que impedía que se rompiera en pedazos. Estaba exhausta, pero su mente no se callaba. Cada pensamiento regresaba al mismo punto, una y otra vez, como un castigo.
Giró el rostro y miró la luna a través de la ventana. Fría. Distante. Inalcanzable.
Tal vez era lo único que no le mentía.
Cerró los ojos.
El sueño no llegó.
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Al amanecer, su humor era tan gris como el cielo que no había visto salir. Las sombras bajo sus ojos lilas eran profundas, casi violentas. No había dormido. Y nadie podría hacerlo después de ver a su esposo con otra mujer.
Se incorporó con pesadez.
No tenía opción: debía mostrarse en el desayuno.
Permitió que las doncellas la bañaran y vistieran sin oponer resistencia. Manos ajenas la movían, la acomodaban, la decoraban. Una muñeca elegante. Vacía.
Bajó las escaleras con pasos automáticos, sin sentir realmente el suelo bajo sus pies.
Se sentó en el extremo más lejano de la mesa. Contó los asientos que los separaban: siete.
Insuficientes.
Apoyó el codo, sosteniendo el rostro, como si así pudiera mantenerlo entero.
El duque llegó tarde.
Rosalin ya había avanzado en su comida cuando él entró apresuradamente... y se detuvo al verla tan lejos.
Suspiró.
Tenía ojeras tan marcadas como las de ella. Los ojos enrojecidos. Cansancio. Culpa.
—Ros... —intentó.
—No —lo cortó ella, sin levantar la voz, pero con una frialdad que helaba—. No quiero escuchar nada.
Tomó la servilleta y limpió sus labios con lentitud calculada. Se levantó sin haber terminado de comer.
—Espero que, a partir de ahora, el duque y yo tengamos horarios distintos para las comidas.
Su voz vaciló apenas un segundo. Apenas.
Luego apretó los puños y salió del salón sin mirar atrás.
Para el mundo, Rosalin era una joven dócil, delicada, fácil de quebrar.
Pero él sabía la verdad.
Lion se presionó las sienes con los dedos, como si pudiera aplastar el dolor de cabeza. Maldijo no haber cerrado su estudio con llave. Aquella mujer había entrado donde no debía.
Clavó el cuchillo en la carne con brutalidad.
Demasiado rápido.
Demasiado limpio.
Matarla de un solo golpe había sido un acto de piedad que no merecía.
Se levantó sin probar bocado.
El mayordomo observó el plato intacto y negó con pesar. Desde que desayunaba con la señora, el duque había comenzado a comer con regularidad. Ahora... volvería a lo mismo. Días enteros sin alimento. Castigándose en silencio.
Lo siguió hasta el despacho.
🥀🌹🥀🌹🥀🌹🥀
Rosalin estaba en el jardín delantero, observando las flores sin verlas realmente. Desde su llegada, apenas había recorrido una fracción de la mansión. Aquel lugar era enorme. Asfixiante.
Cuatro jardines.
El del este, con el invernadero... su espacio.
El del oeste, cubierto de rosas doradas y lilas, donde el duque solía permanecer.
Acarició distraídamente los pétalos de la rosa que sostenía. El jardín del norte daba hacia la entrada principal, cercado por una valla metálica alta y fría.
Apoyó los dedos en la reja. El metal heló su piel.
Más allá solo había caminos y prados.
¿A dónde podría ir si se marchaba?
¿Su padre la aceptaría de nuevo?
La respuesta era evidente.
El jardín del sur seguía siendo un misterio. Prohibido. Vedado. Y, por ello, imposible de ignorar. ¿Qué se ocultaba allí?
Entonces, las rejas se abrieron.
El sonido metálico la sacó de sus pensamientos.
Rosalin giró el rostro.
Una mujer entró con paso elegante, segura, como si aquel lugar le perteneciera.
Rosalin no pudo apartar la mirada.
Era ella.
La protagonista.
¿Venía por él?
Su pecho se contrajo con violencia. Sentía algo por esa mujer... y aun así, él la había traicionado. Dos heridas abiertas al mismo tiempo.
Un dolor punzante en el dedo la hizo reaccionar. Había apretado la rosa hasta clavarse la espina. La sangre manchó su piel.
No se movió.
¿Qué debía hacer?
Miró a las doncellas. Todas hipnotizadas por la recién llegada.
Rosalin se mordió el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre.
Fue suficiente.
Giró sobre sus talones, corrió hasta su habitación y cerró la puerta tras de sí, como si el mundo entero intentara entrar.
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KILIG
RomanceLisa una mujer independiente nunca espero que después de tener un "supuesto" sueño con un hombre que tocaba tiernamente sus labios iba a terminar así. Este no era ni su cuarto ni su cuerpo ¿Que rayos había ocurrido? Acompaña a esta chica a descubr...
