Los meses se deslizaron unos sobre otros, y el tiempo empezó a sentirse irreal, como si se evaporara entre los dedos.
Rosalin observó las flores recién llegadas antes de acomodarlas otra vez en el florero. Ya no sabía cuántas eran. Había dejado de contar hacía mucho. El duque enviaba flores todos los días, siempre acompañadas de poemas cuidadosamente escritos.
Al principio las arrojaba sin siquiera leerlos. Sin rabia, sin ceremonia. Simplemente las desechaba.
Pero él no se detuvo.
Así que empezó a guardarlas.
Poco a poco, la habitación que antes parecía muerta se llenó de colores, de aromas persistentes, casi sofocantes. Las flores no desaparecían; se acumulaban.
Una sonrisa leve —casi involuntaria— se dibujó en su rostro al contemplarlas. Ya ni siquiera recordaba cuánto tiempo llevaba encerrada en aquella rutina.
Descalza, salió del cuarto y se dirigió al lugar que más le calmaba la mente: el invernadero. Allí se sentó sobre el césped, dejando que sus dedos recorrieran los pétalos de las rosas con una devoción silenciosa, como si solo allí pudiera existir sin ser observada.
Pero sí lo estaba.
A cierta distancia, un hombre la miraba. Sonreía con suavidad, conteniéndose. Sabía que, si ella lo veía, se alejaría sin dudarlo.
Se llevó dos dedos a las sienes. El dolor punzante no lo abandonaba desde hacía meses. Desvió la mirada hacia el mayordomo a su lado.
—La señorita ha desarrollado interés por la pintura —informó el mayordomo, leyendo las notas de las doncellas—. Últimamente solo pinta flores. Dice que es lo único que puede reproducir sin equivocarse.
Lion observó cómo Rosalin acariciaba los pétalos.
—Compra todo lo que necesite —ordenó—. Y construye un estudio para ella.
No apartó la vista.
—También ha pedido aprender a tocar instrumentos —añadió el mayordomo, tensando los papeles entre los dedos. Sabía que aquello implicaba permitir la entrada de alguien más. Algo que el duque detestaba.
—Que se le conceda todo —respondió Lion, sin emoción aparente.
Se giró para marcharse, pero se detuvo.
—Lleva al estudio la mercancía de la bodega.
El mayordomo alzó la vista, sorprendido. El duque casi nunca bebía. Y cuando lo hacía... las consecuencias eran impredecibles. Tragó saliva y obedeció sin cuestionar.
🌹🥀🌹🥀🌹🥀
Al día siguiente, Rosalin descubrió su nuevo estudio y conoció a la mujer que le enseñaría a tocar el piano. La emoción la desbordó; sentía el pecho ligero, como si por fin pudiera respirar.
Se entregó al aprendizaje con fervor, aferrándose a cada nota como a una cuerda de salvación. Al final de la semana, la señorita Luna la elogió: sus manos eran hábiles, sensibles, hechas para el instrumento.
Rosalin sonrió, ruborizada, y le entregó un pequeño obsequio: un pañuelo bordado por ella misma, decorado con una flor de loto cálida y viva.
La mujer lo aceptó con una sonrisa sincera. Habían congeniado con facilidad. No había mucha diferencia de edad y, sin darse cuenta, comenzaron a forjar algo parecido a una amistad.
Rosalin estaba feliz.
Era la primera amiga que tenía en ese lugar.
Salió del cuarto de música con el corazón liviano, avanzando hacia su estudio, ya pensando en un nuevo cuadro. No llegó.
Unos brazos fuertes la rodearon de repente, inmovilizándola.
El pánico la atravesó... hasta que reconoció el olor. Alcohol. Vino. Y aquel perfume que conocía demasiado bien.
—Duque... —susurró, sobresaltada.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que lo había visto que le pareció irreal. ¿Un año? ¿Más?
—Rossi... —su voz era áspera, rota—. Yo... dime... ¿por qué no puedo estar contigo?
El agarre se volvió más fuerte.
Rosalin jadeó al sentir la presión sobre sus hombros frágiles.
—¡Suéltame! —exigió, con rabia.
Él no respondió. O no quiso hacerlo.
La giró sin cuidado y la empujó contra la pared. El miedo le abrió los ojos de par en par cuando lo vio inclinarse hacia ella... y entonces sus labios chocaron.
Intentó resistirse, pero el calor de su aliento y el contacto inesperado la desarmaron. Su mente se volvió confusa, pesada.
El beso no fue torpe. Fue lento. Insistente.
Insuficiente.
Mordió su labio inferior con una suavidad cruel, arrancándole un quejido involuntario que le permitió profundizar el beso.
Rosalin tembló. El aire le faltaba. Su cuerpo reaccionó antes que su voluntad. La lengua se le volvió torpe, inútil.
Las lágrimas se acumularon en sus ojos mientras un ardor recorría su rostro y un fuego traicionero se encendía en su interior.
Finalmente, él se apartó al notar su respiración errática.
—Mi Rosi... —murmuró, acariciando su mejilla húmeda—. ¿Por qué nunca puedo hacerte feliz?
Besó su rostro una última vez y se alejó, caminando de un lado a otro, descompuesto.
Rosalin se llevó los dedos a los labios. El sabor del vino seguía allí. Dulce. Amargo.
Estaba borracho.
La ira surgió de inmediato... seguida de una confusión cálida, peligrosa.
Sonrió, avergonzada de sí misma, y volvió a tocarse los labios. Luego se pellizcó la mejilla con fuerza.
Él la había engañado.
Entonces, ¿por qué la mansión estaba cubierta de rosas?
¿Por qué tantas tenían el color de su cabello... de sus ojos?
Exhaló con lentitud.
Tal vez pensaba demasiado.
Tal vez era arrogante al creer que todo giraba en torno a ella.
Sacudió la cabeza y continuó su camino.
Pero sus pasos, esta vez, no eran firmes.
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KILIG
RomansaLisa una mujer independiente nunca espero que después de tener un "supuesto" sueño con un hombre que tocaba tiernamente sus labios iba a terminar así. Este no era ni su cuarto ni su cuerpo ¿Que rayos había ocurrido? Acompaña a esta chica a descubr...
