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Narra Mía.

Primera semana completa de universidad. Para ser la primera semana, no ha ido tan mal. Me esperaba algo peor, pero no ha sido así. Hemos conocido a los profesores; algunos mucho más buenos que otros, como en todos lados. Las asignaturas son bastante interesantes y deseo que en todas me vaya bien.

Y la clase... bueno, no está mal del todo, salvo las tres pesadas de turno que no hacen otra cosa que molestar e ir maquilladas como si llevaran tres kilos de maquillaje encima solo para venir a la universidad.

En los descansos he empezado a socializar con otras personas. Nos juntamos Bea, dos chicas y un chico más: Alejandra, Patricia y Marc.
Los tres son mayores que nosotras, y es por eso van por el segundo año de carrera.
Alejandra es una chica rubia, con el pelo cortito y muy risueña; está prácticamente todo el día riéndose.
Patricia es morena, con el pelo rizado. Es algo más tímida, pero cuando coge confianza, es un torbellino.
Y Marc es un chico alto, guapo y moreno, vamos, que es un bombón. Tiene a varias chicas detrás, pero a él le van más los chicos.

Ayer, Dama me avisó de que, cuando terminara las clases, fuera a su casa, que íbamos a almorzar allí. No le pregunté mucho y solo le dije que estaría allí cuando acabará.

Terminamos las clases, y como se nota que es viernes, todo el mundo empieza a salir en estampida. Después de unos pequeños empujones de por medio, conseguimos salir.

- Nos vemos mañana - le digo a mis amigos.

- Hasta mañana, Mía - dicen a coro.

Bajo justo enfrente de la calle donde vive Dama, me aseguro que no pasa ningún coche y cruzo. La calle está llena de coches aparcados, algo un poco raro, porque casi nunca suele haber tantos por esta zona.

Llamo al timbre y espero a que Dama abra. Pero la boca casi se me cae al suelo al ver que la persona que abre la puerta no es ella, sino Gavi.
Miro a todos lados, perpleja, por si me he equivocado de casa.

- Vamos, Dama te está esperando - me dice.

Entro corriendo a la casa y suelto la mochila. Veo a Dama cocinando y voy a darle un abrazo.

- Mi niña bonita - dice dándome un abrazo y un beso en la mejilla.

Dama termina de preparar la comida mientras Gavi y yo ponemos todos los cubiertos de la mesa. Eso sí, sin intercambiar ni una sola palabra.

- A comer, jóvenes - nos llama Dama.

Se sienta a mi lado y enfrente tengo a Gavi.

- Comed ya, que la comida se enfría - nos dice, y asentimos con la cabeza.

Mientras deboramos nuestro plato de samfaina, (un sofrito de berenjena y calabacín sobre una base de ajo, cebolla y tomate rallado, con aceite de oliva, pimiento rojo y verde, y romero), no hablamos. Estamos demasiado concentrados en lo delicioso que está.

- ¿Por qué ha venido? - preguntamos los dos a la vez, con cara de asco.

- No copies lo que digo.

- Niñata, te crees el centro del mundo y no lo eres. Solo molestas con tu presencia.

- No sabes nada de mi vida, niño.

Mis ojos se llenan de lágrimas. Me levanto corriendo de la silla y me encierro en la primera habitación que pillo. Me deslizo por la pared hasta que caigo al suelo y lloro, cubriéndome con las rodillas.

Escucho a Dama decirle que se ha pasado. Y tanto que se ha pasado. No me conoce de nada para tratarme así. Vale que no le caiga bien, pero no tiene sentido que me hable de esa forma.

Intento tranquilizarme, cuento hasta diez y respiro.

A los cinco minutos, llaman a la puerta.

- Pasa - digo, creyendo que es Dama. Pero no, es él - Vete - le digo al verlo.

- No me voy a ir - responde.

- He dicho que te vayas - repito, sin todavía mirarlo.

Escucho sus pasos y noto cómo se sienta en el suelo. Me aparta las rodillas y me obliga a levantar la mirada. Lo tengo justo delante. Parece preocupado, se le nota en la cara. Pero esto lo ha provocado él.

- Lo siento - dice, y yo asiento con la cabeza.

- ¿Me lo tengo que creer?

- De verdad que lo siento, me he pasado.

- Bastante - recalco.

Hace una mueca que me resulta hasta divertida, pero no me voy a reír... todavía.

- ¿Empezamos de nuevo? - pregunta. Yo me limito a encogerme de hombros.

Podría poner de mi parte, sí, pero me lo estoy pasando bien haciéndome la dura.

- Encantado, soy Gavi - dice, dándome dos besos.

- Soy Mía - respondo, seria.

- Venga, anda, ríete un poco.

- ¿De qué quieres que me ría? Si no sé ni porqué estás haciendo esto.

- Porque quiero llevarme bien contigo.

- Está bien.

- Venga, no seas tan enfadica - dice, tirando de mí para abrazarme.

La verdad que el abrazo se siente bastante sincero.

- ¿Amigos? - pregunto.

- Amigos, feita - dice, sacándome la lengua.

- Pesado - le imito el gesto.

Salimos de la habitación y volvemos al salón, donde Dama nos espera. Al vernos, se le instala una sonrisa en la cara: parece el gato de Alicia en el país de las maravillas.

-Hora de ver una peli, chicos - dice.

Nos sentamos en el sofá y buscamos una película. Al final, ponemos El Rey León, mi favorita.

- No llores más - dice Gavi, acariciándome el pelo.

Estoy llorando. Siempre que veo esta película, lloro. Me remueve demasiado.

Le sonrío y él me devuelve la sonrisa.

Después de ver la película, merendamos los tres juntos y luego Dama nos lleva a nuestras respectivas casas, ya que empieza su turno en el hospital.

- Adiós, Mía - se despide Gavi, desde la parte de atrás del coche.

- Adiós, Gavi - respondo.

- Nos vemos mañana, bonita - dice Dama dándome un abrazo.

- mañana nos vemos.

CúrameDonde viven las historias. Descúbrelo ahora