Capítulo 4

59 8 69
                                        

Me abandono al cansancio, aunque intento resistirme hasta que él vuelva. Necesito que me explique tantas cosas... Necesito las respuestas a todas mis preguntas. Pero el sueño me vence, por lo que sin darme cuenta acabo envuelta en una neblina oscura en la que no existen los sueños, solo el descanso. Necesito dormir para que desaparezcan todos los dolores que me aquejan. Un rato más tarde, noto algo cálido y húmedo sobre mi frente. No sé exactamente cuánto tiempo ha pasado cuando comienzo a abrir los ojos con lentamente, así descubro un rostro sobre el mío. Lo reconozco. Es él. Cyril. Me intento incorporar, pero él pone sus manos en mis hombros para impedírmelo.

—Quieta —dice con tranquilidad—. Tienes fiebre.

Hace años que no me pongo enferma. Mis defensas son fuertes, juraría que las mejores del mundo. Pero la tos que emito lo desmiente mientras me resigno a quedarme postrada en la cama. Con una gasa comienza a quitarme la suciedad de la cara mientras dice con la seriedad que lo caracteriza:

—Es peligroso. No puedo decirte qué es lo que te pasa. Qué eres.

Escucho sus palabras a través de la nube de estupor que me anula el sentido al tiempo que comienzo a fruncir el ceño.

—¿Y entonces? —logro decir con una voz enfermiza que no me pertenece.

Se queda mirando mi brazo que ahora esta limpiando con sumo cuidado. El agua está fría pero sus manos calientes, me hace tiritar.

—Cállate y escucha, ¿bien? —asiento y él sigue—: Posees una especie de anomalía o algo así, no debes saber de que se trata si quieres estar a salvo.

Abro mucho los ojos, sorprendida. Sabía que algo en mí era extraño. Soy rara. Ahora está confirmado. Antes solo lo sospechaba, por eso no tenía amigos y los chicos me rehuían. Por eso todos se burlaban de mí. Y ahora ya sé por lo qué es. Pero dudo que ellos supiesen que tengo una anomalía. Termina de limpiar mi brazo que ahora ha quedado en su color natural y se dispone a curar algunos rasguños. Escuece, así que aprieto los dientes. Son pequeños, pero traicioneros.

—Exagerada —masculla—. El caso eso fue lo que te salvó de una muerte segura y nadie debe saber que has sobrevivido, porque te buscan. Quieren utilizarte.

Deja que asimile sus palabras y espera alguna reacción por mi parte, que conteste, que diga algo. Me limito a asentir. No tengo palabras.

—Y no debemos dejar que lo hagan porque tendría muy malas consecuencias.

Me remuevo mientras coge una gasa limpia, la introduce en el agua helada para limpiarme el otro brazo, inclinándose sobre mi cuerpo, aplastándome, me hace la respiración más difícil. Una sola persona no puede causar tantos estragos. Por muy poderosa que sea. Y yo no soy muy poderosa, a pesar de haber sobrevivido a un accidente aéreo.

—¿Hay más como yo? —digo con la respiración entrecortada.

Él vacila, evitando mi mirada. Creo que va a mentirme.

—No —dice muy seguro de sí mismo; aunque no logra convencerme del todo. Vuelve a mirarme a los ojos con intensidad. Está muy cerca de mí y no me gusta—. Y por eso vamos a realizarte unas pruebas. Durarán diez días. No te haremos daño.

Entiendo que quieran ver de dónde procede mi singularidad. Pero tengo miedo. Nunca me han gustado los médicos, ni las pruebas, ni nada que tenga que ver con ello. Y esto suena demasiado a eso. Trago saliva intentando mezclarla con mis miedos, después asiento vacilando.

—Empezaremos mañana si ya te encuentras mejor, ¿vale? —me responde acariciando mi mejilla con el dorso de su mano.

Asiento estremeciéndome. Es un tipo extraño, con demasiados secretos ocultos bajo una especie de capa de inmunidad. Todo un peligro. No entiendo sus frecuentes cambios de humor creo que me está ocultando algo. Aunque quiero confiar plenamente en él porque se supone que me está ayudando. Da por concluida nuestra conversación, así que sigue limpiándome y curando mis arañazos. Necesito una ducha. Además de comer algo. Pero yo no quiero dar por concluida nuestra conversación, aún tengo preguntas.

INTO THE ABYSSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora