Capítulo 22

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Una mujer de pelo negro como el azabache, profundos ojos marrones, labios vestidos de rojo carmín, envuelta en una bata blanca, se gira para mirarnos. Sus ojos nos analizan con minuciosidad. Odio que me observen así. La fulmino con la mirada mientras siento mi corazón palpitar con fuerza. Intuyo que estamos en la boca del lobo. La conozco. Ya la he visto antes. He visto antes esa sonrisa retorcida, que ha esbozado en cuanto nos ha puesto sus ojos en nosotros. He visto antes sus calculadores y fieros ojos. Sí. En la televisión, en los periódicos, en las revistas. Allí estaba ella, con los demás dirigentes del mundo. Ahora, está frente a mí, relamiéndose. Rickse Lingedon.

—Vaya, vaya, vaya, pero ¿qué tenemos aquí? —dice sonriendo mientras se acerca a nosotros.

Azul la apunta con su arma, yo hago lo mismo. Ambos al mismo tiempo colocamos una bala en la recámara, bajo la mirada sorprendida de nuestra enemiga. Alza las palmas de las manos indicándonos calma.

—Tranquilos, no hay por qué recurrir a la violencia.

Azul finge una risa, después resopla. Alzo las cejas mientras la miro incrédula, apretando con más fuerza el arma. No puedo creer que haya dicho eso en serio.

—¡Qué bien que seas precisamente tú la que diga eso! ¡Asesina! —le suelta Azul.

Me muerdo la lengua. No debería haberle dicho eso, pero tiene mucha razón. A mí también me dan ganas de soltarle cualquier barbaridad. ¿Y a quién le importa que pase después? Somos dos contra una. No la necesitamos viva.

—¿Hacía falta recurrir a la muerte de cientos de inocentes cuando derribasteis mi avión? ¿Hacía falta recurrir a los atentados contra miles de inocentes por encontrarnos a nosotros y volver a matar? Yo te respondo: no —suelto las palabras con toda la rabia que soy capaz—. Vosotros no tenéis derecho a decidir quién vive y quién no.

Ahora quien arquea las cejas es ella, luego se ríe. Debería disparar ya, dejarme de tonterías. Ella y sus secuaces mataron a mi familia.

—No sabes de lo que hablas —responde con un tono cortante—. Eres solo una niña, no sabes nada. No tienes forma de saberlo.

Aprieto los dientes, pero me encantaría apretar el gatillo. ¿Por qué la edad importa tanto? Soy más fuerte que ella, estoy segura. Soy más capaz que ella, y que muchos.

—Soy una ineluctable de nivel diez de dieciséis años, no me subestimes —respondo con voz dura.

Ahora sus ojos vuelven a posarse en mí, esta vez me analiza, como si fuera un trofeo en su vitrina. Un trofeo que quiere en su vitrina.

—No la mires así. No podrás ponerle las manos encima, ¿me oyes? —le dice Azul.

Se acerca a ella poniendo directamente el cañón de su arma en el corazón de la mujer, que jadea un instante, suelta una risita histérica, que pretende disimular.

—Estáis en mi casa, no saldréis de aquí vivos —dice—. Bueno, dejémoslo en que no saldréis.

Deseo que Azul dispare ya. Pero sé que no puede hacerlo, que debemos hacer algo antes.

—Cállate y dame los datos sobre vuestro plan de exterminio —le dice.

Ella vuelve a reírse e intenta retroceder, pero se da con el panel de control.

—Ni hablar.

Azul ladea la cabeza encogiéndose de hombros. Apunto a su cabeza guiñando un ojo para que el margen de error sea el mínimo. Aunque sé que acertaré.

—Como quieras —responde Azul.

Se oye un disparo con el Rickse cae al suelo, quejándose, con una mano ensangrentada en el pecho, y los ojos vacíos. Suspiro aliviada. Aunque me hubiera gustado haberlo hecho a mí. Hubiera sido mi pequeña venganza. Un escalofrío me recorre cuando este pensamiento llega a mi cabeza. Me he vuelto tan despiadada como ellos y no me gusta nada.

INTO THE ABYSSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora