No soy consciente de todo lo que se cierne a mi alrededor. Estoy paralizada, congelada. Las palabras de Ce han sido muy fuertes. Ahora que ya sé lo que va a pasar con el mundo, no puedo permitir que suceda. Por mucho que me duela, tengo que emplearme a fondo en esa misión. Es la única opción, somos la última solución. Tal vez sea mentira, y utilice la estrategia para distraernos, pero no le conviene.
Todos los miembros del campamento nos hemos reunido en el comedor: ha llegado la hora de actuar. Han adelantado el día de la misión. Iba a ser dentro de dos días, pero en cuanto Ce ha hablado, Azul no ha querido perder ni un instante más. Cada segundo cuenta. Se oye un gran barullo, pero no escucho a nadie. No me interesa nada de lo que tengan que decir, solo quiero hacerlo bien, no volver a fallar. Espero no volver a perder a nadie, porque no me lo perdonaría. Creo que tratan de trazar entre todos un plan, pero sin muy buenos resultados. Es lo normal. Estoy ausente aún, con la vista clavada en la mesa de madera. Con miles de sentimientos contradictorios en mi pecho. Miedo y valentía. Seguridad e inseguridad. Fortaleza y debilidad.
No sé si el agujero de mi estómago se hace más pequeño o más grande con cada minuto que pasa. Ahora, soy más consciente que nunca que el mundo está cambiando y no debe cambiar. No de la manera que está haciéndolo. Debemos guiarlo por el buen camino. Solo nosotros podemos. Es frustrante. Quiero gritar hasta que mis pulmones no puedan más, hasta que alguien me escuche. Noto movimiento a mi alrededor, salgo de mi estado ausente para ver como todos se dirigen hacia la puerta, se abalanzan contra ella. Gritan eufóricos, dan saltos por encima de las mesas, corren y empujan. Suspiro mientras noto un nudo en la garganta. No sé si de verdad quiero hacer esto. Estoy confundida. Entonces, siento una mano sobre mi hombro, que me aprieta.
—Vamos, Mil Seiscientos Diez, ha llegado la hora —dice.
Me giro, veo que el comedor ya está vacío, que solo quedamos él y yo. Asiento intentando asumir mi responsabilidad. Debo hacerlo, por muy difícil que me sea. Desliza su mano por mi brazo con lentitud, no hay prisa por irse, no hay prisa por que deje de rozarme. Su piel sobre la mía hace que sienta como ardo como un árbol en un incendio forestal. Lenta, pero intensamente. El contacto con él me produce pequeñas descargas eléctricas allí donde roza. Me hace grande, me hace sentirme segura y fuerte. Entonces sé que puedo. Con él sé que puedo. Soy fuerte, soy indestructible; soy ineluctable. Sus dedos se entrelazan con los míos, es una perfecta unión. No debe ser así, nada de esto puede ocurrir. Debería sentir repulsión. Debería odiarlo. Yo lo odio, o eso me he obligado a creer. Empieza a andar hacia la puerta, casi me arrastra hacia ella. Me dejo llevar. Me conduce por lugares en los que ya he estado cien veces. Pero esta vez no vamos a un sitio en el que ya haya estado. Vamos a explorar lo inexplorado. ¿Y si no vuelvo? ¿Y si él no lo hace?
Parece que se ha dado cuenta de mis pensamientos. Se detiene para girarse a mirarme con la intensidad que fluye de sus ojos verdes, y se propaga hasta mi corazón, dándome pequeños pinchazos. Pero no son dolorosos, aunque pueden llegar a serlos. Vacila un instante, luego lleva su mano libre hasta mi cuello, me echa el pelo a un lado. Vuelve a vacilar, pero finalmente me rodea con sus brazos, me deja esconderme en su pecho para aspirar su aroma a hierba, a jabón. Ahora quema más. Sigo ardiendo, ardiendo con más intensidad.
—Volveremos. No dejaré que te pase nada, Mil Seiscientos Diez —susurra en mi oído.
Aunque no sean las mejores palabras del mundo, ni las más románticas, a mí me parecen perfectas. No sé qué me está ocurriendo. ¿Me he ablandado? Yo odio a Azul. O al menos así era antes de..., antes de que se volviera así conmigo. Pero temo que esto es pasajero. Unos segundos más, en los que parece que el tiempo se ha congelado, sin que me importe demasiado, sin que sepa lo que ocurre a mi alrededor, me suelta, aclarándose la garganta, no vuelve a rozarme. Esto no debería ser así. Unos metros más allá, entre los árboles están concentrados todos los ineluctables del Campamento de Adiestramiento, o al menos eso me parece. Caminamos hasta reunirnos con la multitud congregada alrededor de algunos helicópteros. Esta gente tiene de todo. Me pregunto de dónde sacarán tantas cosas. Me encantaría saber toda la historia que alberga este valle. Azul va unos metros por delante de mí, así que llega antes que yo. Ya siento la responsabilidad de protegerlo. No me perdonaría si volviera a perder a alguien por mi culpa.
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INTO THE ABYSS
Science Fiction«El mundo está cambiando. Y solo yo puedo arreglarlo. Tengo una difícil misión a mi espalda. Y no solo yo, mis compañeros también. Será difícil, pero hemos de conseguirlo. No podemos permitir que suceda lo que está a punto de pasar. El mundo está ca...
