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Jeno

Mientras Home de Edith Whiskers sonaba de fondo en el camino de regreso a casa, mi mente no podía sacar de mis pensamientos al muchacho escuálido que me había amarrado a su corazón. Jaemin era una constante en mis pensamientos, no había forma de liberarme de aquel bello rostro, y tampoco estaba demasiado reacio a la idea. 

El tiempo que había transcurrido solo había afianzado los sentimientos que teníamos el uno por el otro, nada fuera de lo sabido. Lo nuevo ahora era actuar acorde a eso. Al principio era bastante extraño y más a un con Jaemin, porque lucia como un cachorro asustado. Uno que había sido abandonado una vez y en el existía el temor de que aquello volviera a ocurrir.

Pero ¿Cómo podría yo dejarlo? Lo seguiría por el parque, la jungla e incluso la oscuridad, solo para no perderlo. Seria así hasta que el me dejara, porque era más probable que Jaemin sea el que me abandonara a que yo lo dejara a él. Y ambos éramos conscientes de ello, pero lo amaba demasiado. Y algo muy dentro de mi me lo decía, aseguraba que lo nuestro perduraría por la eternidad y estaba muy seguro de eso. 

No dejaría de amarlo, ni aunque él me odie, ni aunque me destroce el corazón lo haría.   

— ¿En qué piensas? — pregunto su madre mientras mantenía la vista en la carretera. Voltee a verla, era tan hermosa como una mujer en su edad podría serlo. Igual de radiante que su hijo. — Tienes la mirada de un muchacho enamorado.

En ese instante mi corazón dejo de bombear sangre un segundo. Rei incomodo e inmediatamente lo negué:— Tengo la mirada de alguien que necesita descansar, cargar todas esas bolsas agotaron estos pobres músculos.

Bromee en un intento de desviar el tema, pero sabia que no lo había logrado cuando giro su cabeza y me sonrió con complicidad. La piel bronceada por el sol brillo y los ojos cafés brillaron escondiendo un secreto. Algo que solamente una madre podría notar, ver los detalles donde nadie más los ve, los gestos, las miradas e incluso los silencios. 

Por supuesto que lo sabia.

— No lo lastimes, ¿Si? — pidió mientras volvía la mirada al camino, su cabello bailó con la brisa y el sentimiento de paz que me transmitió luego de aquello me devolvió la calma. — Se nota que se quieren de una manera muy especial, los delata la forma en la que se miran. 

Una pequeña risa se escapó de sus labios. Desde el momento en que había pisado esa isla, no la había visto de esa manera. Ese día lucía radiante, como si la vitalidad se le hubiera sido devuelta. Tal y como debía verse.

— ¿Cómo? — pregunte mirándola atentamente. Quería que me lo dijera, todo lo que ella había visto.

— Con el mismo cariño con el que yo solía ver al padre de Nana. De esa manera preocupada pero a la vez asombrada, con tanto amor que emana de los ojos. — dijo. Una sonrisa melancólica se posó en sus labios y comprendí porque habló en pasado.

— Nana es alguien muy importante para mi, lo ultimo que quiero es lastimarlo señora. — y esa fue la primera vez que me dirigí a ella de manera tan poco fraternal. 

— Claro que lo se cariño, puedo verlo en tus ojos. — murmuro. — Pero aunque no queramos, aunque no fuera nuestra intención, podemos lastimar de igual manera.

Era algo obvio que por supuesto sabia, pero que hasta que otra persona no te lo dice, no mides lo que conlleva eso. Hablar con ella me recordaba a las charlas con mamá, su ser en general me recordaba a mi madre. Me gusta pensar que hubieran sido buenas amigas si por circunstancias de la vida ambas se hubieran conocido. Desgraciadamente me queda solo imaginar algo que nunca ocurrirá.

El silencio invadió el auto por unos minutos, mirando por la ventana hacia la costa que se alzaba a mi costado, la sensación de felicidad latía dentro de mi. Todo estaba en orden, todo parecía marchar bien y por primera vez luego de largo tiempo podía decir que era feliz. Una calma risueña que alegraba mi corazón se extendía por mi vida y lo amaba.

— Que su padre no se entere. — dijo la señora Na luego de varios minutos en silencio, rompiendo la burbuja de alegría en la cual estaba. 

La miré, inquieto, esperando que agregara algo más. 

— Él no lo entendería Jeno, creció en un lugar y en un contexto diferente al mío. Así que intenten ser lo menos cariñosos posible cuando este cerca y de actuar normal, ¿Si cariño?

Asentí, volviendo la vista al paisaje mientras disfrutaba del camino hasta llegar.

Lo que no me esperaba era el desastre que era la casa cuando atravesamos la puerta. Parecía que un tornado había arrasado todo a su paso: los portarretratos en el suelo, las sillas tumbadas, los adornos hechos añicos contra el piso y más cosas que pasaron a segundo plano cuando vi a Jaemin llorando sentado en los primeros escalones de la escalera.

Deje caer las bolsas y corrí hacia él con la señora Na detrás de mi.

Estaba hecho un ovillo abrazándose a si mismo mientras escondía su rostro en sus piernas. La imagen me rompió el corazón. 

— Papá se fue. — balbuceo entre sollozos Nana.

Pero a su madre pareció no sorprenderle y la duda de si situaciones como esta habían ocurrido en el pasado se instauró en mi. Cuando intenté acercarme a él, con un suave empujón la señora Na me aparto del camino y envolvió entre sus brazos a su hijo.

Jaemin tenía los ojos rojos y la nariz sonrojada, las lágrimas no dejaban de caer por sus mejillas coloradas de tanto llorar y escuchar como le costaba respirar por el llanto me hizo querer encerrarlo en una cajita de cristal y protegerlo de todo mal.

Su madre no pregunto que ocurrió para que en la casa pareciera que se haya desatado una tormenta y, por el momento, yo preferí cerrar la boca.

— Llévalo a la habitación, Jeno. — ordenó mientras dejaba un beso en la frente de su hijo y lo alejaba de ella. — Mientras tanto limpiare este caos.

Asentí y me limite a ayudar a parar a un Nana desecho, lucia tan destrozado que me aterro el hecho de no saber que había ocurrido. Y sus ojos, oh por dios, sus ojos. Esos ojitos de bambi que desde un principio me habían cautivado, en sus ojos no había nada más que una angustia abrumadora. La desolación se reflejaba en el iris y transmitía tanto dolor que por un momento pensé en llorar con él.

Porque si pudiera, si tan solo pudiera cargar su dolor para que así no sufriera, definitivamente lo haría.

Una vez dentro de la habitación, Jaemin me arrastro de la mano a la cama y se recostó junto conmigo a su lado, aferrándose a mi pecho. Había dejado de llorar y ahora respiraba con más calma, pero el miedo seguía allí.

Luego de un rato busco mis labios para besarme, respondí gustoso, no podía negarle nada a Jaemin. Me besó como si hubieramos estados separados hace siglos, como si fuéramos dos almas que volvieron a estar juntas pero a su vez, con temor. Le temblaban las manos mientras me acariciaba, parecía tan inseguro al mover sus labios sobre los míos y yo me dejé hacer.

Esa noche fue él quien guió, me movió a su antojo y yo no puse resistencia porque tenía miedo de asustarlo, de hacer algo que no fuera de su agrado. Así que fue Jaemin quien tomó las riendas de esa noche y cuando sus manos bajaron al cierre de mi pantalón me deje usar cómo a él le plazca.

The Beach [Nomin]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora