Capítulo 2

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Tres horas. Tres horas, veinte minutos y cuarenta y dos segundos es el tiempo que tuve para dormir esa noche, porque el artículo que tenía entre manos —No el de las mujeres, sino otro — me mantuvo demasiado ocupada.

Estaba de camino a la universidad en el coche de Finn, y no podía evitar estar un pelín alegre. Sí, sé que no tenía motivos ya que mi vida era un completo desastre, pero esa tarde venía Blake a buscarme a la facultad para tomar algo juntos, y no podía estar más ilusionada.

Respecto a mi amigo, él no estaba demasiado contento. Bueno, Suki estaba segura de que los motivos eran nada más y nada menos que sus tres años de sequía sexual, pero yo le aseguraba que eso no tenía nada que ver. Además, Finn era un partidazo.

Era educado, divertido, a veces un poco distraído, buena persona, atractivo... ¡Y era alto! y te llevaba en coche la a facultad. Sí, mi amigote era un partidazo y las chicas no sabían contemplarlo. ¿Quién se resiste a su melena castaña clara que casi le tapa los ojos?

—Estoy seguro de que te va a ir genial la presentación —me tranquilizó de camino a nuestro aula.

Pero, ¿Te digo una cosa? soy un manojo de nervios. Soy una bomba de relojería que ni incluso la persona más tranquila del mundo era capaz de parar.

—Está claro que a ti te va a salir muchísimo mejor que a mí, por no hablar de Beatrice y su séquito formado por las dos lame culos más idiotas del mundo.

Finn torció su mirada hacia mí, e intenté esbozar una sonrisa angelical.

—Pero yo por ti me alegro, por ellas obviamente no —Lo agarré del brazo como de costumbre y entramos a la clase —. Yo no voy a poder, pero tú... machácalas con tu don de galán.

Vale. Eso sí que le chocó.

—Live, ¿Acabas de llamarme galán? —Carcajeó sarcásticamente —. ¿A mí? ¿A tu amigo que lleva sin mojar dos años?

Eran tres, pero no se lo iba a tener en cuenta. Tomamos asiento y suspiré.

—¡Ni que follar fuese la primera necesidad del ser humano! —Le solté.

Más bien, grité. En voz alta. Delante de todos. Incluso de Beatrice y sus esbirros. Incluso del profesor. Y, para colmo, todos estaban en silencio. Quiero decir que, todos me escucharon. Incluso de las pijas de clase. Incluso el profesor.

El señor Walters se colocó las gafas y aclaró su garganta. Y yo... oh, joder. Yo me hundí en mi silla y deseé con todas mis fuerzas convertirme en alguien invisible. En un tomatito invisible, porque estaba rojísima.

—Bien, señorita Foster, ya que le vemos con ganas de hablar... ¿Por qué no empieza usted?

No. Jamás. Jamás de los jamases podría empezar yo. Ni hablar. Nunca. Es un completo suicidio ser el primero en mi clase en exponer, porque... ¡Es una locura!

Siempre era la segunda. Siempre. Y Beatrice la primera. Siempre había sido así y siempre debía serlo.

Porque yo me ponía muy nerviosa. Se me retorcían las tripas y se me ocurrían mil maneras de potarles a los de primera fila, de trabarme o de incluso desmayarme. Pero después del primero, no sé por qué lo veía todo con mucha más claridad.

SIZIGIA ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora